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en tierra

Llueve. Escucho «nube negra», porque gracias a mi gran organización no encontré «ea».

Doy tumbos, llevo un par de platos sucios a la cocina, leo a Paniker, recojo algo de ropa tirada del suelo, limpio el baño… doy tumbos. Hoy vuelvo al curro y llueve, así, en mitad de agosto.

Doy tumbos también emocionalmente. Me acuerdo de la carrera (se acerca septiembre), pienso en la novela (deshinchada), pienso en el curro (el orden externo que detiene el esfuerzo de Atlas unas horas).

En cualquier caso, un stand by muy largo, ¿no?

Sí.

Fumo y huele a tierra mojada. A asfalto mojado, más bien. Por un lado es triste, por otro lado es como si se estuviera cociendo algo. Algo para ya mismo. No me fío de mis percepciones, porque suelen acertar.

Recupero la lección de ayer: déjate llevar. No es sencillo, porque el tiempo hace preguntas y quiere respuestas (en realidad es un vano en la cabeza el que hace preguntas, el que quiere respuestas, el que fuerza al mismo Tiempo a que se sienta culpable por no suceder. Allí donde el Tiempo no sucede el agua se estanca y las cascadas congelan su movimiento, lo único que permanece idéntico es la leve entropía de las cosas, que se agostan y caen como una flor que se marchita y acelera su conversión en tierra).

pasitos cortos, desarrollos largos

Comiendo con mis padres (la calma), tocando con Jara (la conexión), viendo una peli con él y con Cristina (la calma bendita), volviendo a casa en bici, de noche (el aire en la cara y el olor a tierra mojada).

Tocando con Fer (jara) siempre tengo la sensación de que conectamos en la guitarra. Ahí nos es mucho más fácil que en cualquier otra parte, simplemente hablamos el mismo lenguaje, aunque en dialectos particulares y personales.

Eso relaja. Relaja mucho.

No es importante nada en absoluto, el tiempo deviene y los días se suceden en ellos mismos, a su modo. La incongruencia, el dolor, el llanto sucede cuando les violentamos con nuestras pretensiones difusas. Confusas, al menos. Si te limitas a vivir, a ir viviendo lo que sucede, el resultado es la calma, la tranquilidad…

La tranquilidad de (ya lo dije) la leve terapia del vivir.

Vivir es sencillo, aunque parezca lo contrario. Sólo hay que dejarse llevar por lo que va sucediendo, mecerse en ello, no resistirse… Hay pocas idioteces tan macabras como pedir respuestas a la nada. Llegados ya a un punto insolvente, no hay mayor desastre que posicionarse de forma errónea.

Y sin embargo, de otro modo, la misma vida abre las puertas. Qué cosas.

Dejar de remolonear, que no importa… dejar de percibir las horas como engaño, los minutos como carencia de ser… lo que es evidentemente absurdo, porque si sentimos la carencia de ser, si podemos sentirla, es precisamente porque somos. En la bici el contacto con el suelo, con el aire y con la noche es sobrecogedor. Se hacen patentes y me estremezco. Son tan reales que es difícil preguntarse nada. Es más, es impensable.

Es absurdo.

El aire en la cara y en las cuestas cada vez un desarrollo más largo, otro más largo aún… para que se note el esfuerzo, las piernas se desentumezcan.

¿Y después qué? (oigo dentro de mi cabeza opaca). Nada, la cama, el sueño, desaparecer algunas horas, entroncar con lo que no somos cuando dormimos, ¿y después qué…? Calla, tonto, calla y duerme…