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entreverado

El tiempo tiene la concición de ser tajante. Escribe sus relatos en trazos rápidos, cortados, entremezclados. No hay quien le discuta. Entremezcla, revienta, lustra, une, golpea. Y los demás le miran.

Eso es relativamente refrescante. No depende de. No depende nunca de.

Mañana es el psyco-concierto, o el comienzo de una nueva época. O yo que sé. Qué pasa.

payasos multiplicados

No importa lo que se diga, cualquier acto termina siendo siempre un acto de odio. Te multiplicas en páginas, en relatos, en letras, en músicas, te triplicas, te vuelves infinito en un crisol de espejos forzados en los que pintas un retrato tras otro, una y otra vez lo mismo. Un acto de amor, parece. Te deseas tanto que quieres verte en todas partes. La deseas tanto que quieres verla en todas partes. Y es mentira.

No lo soportas, te niegas reafirmándote (¿?). Cuanto más te cuentas a ti mismo más y más te laceras. Soportas la vergüenza en base a hacerla cotidiana, constante, un zumbido en tu gilipollez interior. Consigues las fotos, los besos, los encuentros, te justificas en todo ello, en tus payasos multiplicados, con ojos de trapo, con frente de escarcha sobre la acera. Es un puro acto de odio, justamente porque el amor se desprende de todo, sólo necesita de sí mismo. El anverso del amor es el odio, y te das cuenta de lo diametralmente lúcido que supura este llanto forjado de risas, este dolor plagado de placeres o, sumariamente, este amor forjado en odio, revestido de odio, machacado por el odio.

Cientos de espejos deformados de azogue podrido. Es sencillo echarle la culpa al reflejo, imperfecta recreación de una realidad perfecta. Pero no es el espejo, amigo mío. No lo es en absoluto.

El maestro cantor. Orson Scott Card.

Orson Scott Card.
El maestro cantor.

© 1978, 1979, 1980 y 1987 by Orson Scott Card.
© Ediciones B, S.A, 1992,
Bailén, 84 – 08009 Barcelona, España.
Traducción: Rafael Marín Techera.
Songmaster.

Soy Miguel. Nací hace 29 años. A veces tengo la sensación de ser muy viejo ya. Otras tengo la sensación de ser muy niño aún. Suelo parecerme viejo cuando me relaciono, cuando interpreto y actúo sobre lo que veo en los otros; ahí es donde nace y desde donde habla el bufón, que siempre intenta dar a cada cual lo que cada cual pide, pese a que lo haga de un modo u otro. Suelo parecerme niño cuando las cosas suceden. Porque hace tiempo que comprendí que nada, absolutamente nada de lo que sucede, es normal. Todo fluye recubierto de una pátina de habitualidad que no me cuesta traspasar limpiamente, sin daños, cuando son los demás los que hablan desde su aparente realidad conocida. Son otras mentes, se protegen; el conocimiento es poder y, habitualmente, heridas futuras. Pero es muy diferente cuando las cosas suceden. Las cosas no se protegen, y ahí la muselina es algo propio y fácilmente se desprende del cuerpo de lo desconocido. Ahí me siento aún muy niño. Porque para el niño todo es nuevo y es incapaz de racionalizar nada en absoluto más que ad hoc, según los acontecimientos transcurren. Y ve la enorme diversidad en la que está metido.

El niño y el viejo se han visto sorprendidos al mismo tiempo. No esperaba encontrar similitud con ellos en ninguna parte, más que quizá en alguna conversación perdida, etilica y nocturna, en el salón que todo lo acoge y que a todos se pliega. Pero está aquí.

Y me doy cuenta de lo fácil que hubiera sido no percibirlo en el libro. De que la cuestión temporal pudiera haber conseguido que no reparara en nada de ello, sólo con haber topado con el maestro cantor hace un año. O hace seis meses. Y me pregunto, sinceramente, qué vendrá después que aún no soy capaz de ver. Nadie aguanta en el reverso tenebroso eternamente, o eso me gusta pensar. Al final me arrodillo ante la diversidad, renuncio al juego de las significaciones, en toda medida en la que eso es posible. No sé por qué estamos aqui, pero poco a poco se abre paso en mi mente la belleza que supone que efectivamente así sea, de todo lo que pueden dar unas manos, una mirada, una conversación.

Y de lo fácil que es no reparar en nada de ello.

Y aquí sitúo un tocón, un punto de recuerdo. Quizá sea un libro más. Es posible. Quizá no sea más que mi mirada, en este punto concreto, que percibe lo que yo quiero ver en cualquier dirección en que miro. No puedo decirlo. Pero sí que quizá sea el libro más bello (o consciente, lo que es exactamente lo mismo) que he leído jamás. Las últimas páginas turbias por la humedad de mis propias lágrimas sobre los cristales de las gafas, sobre la tinta, son simplemente la manifestación de la alegría. No está escrito para emocionar. O no sólo. O no desde.

Es un libro consciente (o bello, o sabio, lo cual es exactamente, punto por punto, precisamente lo mismo).

Tendría unas ganas terribles de abrirme, de contarlo todo, de narrarme entero, si ello fuera posible ahora mismo. De quedarme efectivamente vacío (o pleno, lo que es exactamente lo mismo), si ello fuera posible ahora mismo. En este mismo momento.