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noche de paz

La nochebuena yo andaba dando aldabonazos en la puerta de mi suegro cuando ella patinó en el hielo, cayó al suelo y dejó de respirar. Me acerqué a su lado y vi que me miraba tremendamente asustada, haciendo terribles esfuerzos por volver a verter aire en los pulmones, expresando confusión y miedo, un miedo horrible. Yo no supe que hacer excepto pensar no, no, no todo el tiempo, y lo pensé tanto y tan fuerte que acabé gritándolo con todas mis fuerzas y fue algo así como:

– ¡¡¡¡¡¡NOOOOOOOO!!!!!

Y eso pareció ser suficiente, porque inspiró. No quería dejarla allí tumbada, en el frío del suelo helado, así que la levanté y la cogí entre mis brazos mientras lágrimas como puños corrían de mis lagrimales hasta su cuello. La puerta se abrió, entretanto, y a mi suegra le dio por pensar que ya veníamos borrachos, así que entornó la puerta tras de sí (hay cosas que los invitados no deben oír) y empezó un amago de gran bronca navideña. No se tranquilizó ni cuando yo empecé a explicar lo sucedido, así que hubo un par de minutos cruzados, ella llamándonos borrachos y yo diciendo «que casi la pierdo, que no es eso, que casi se acaba todo…», «podéis emborracharos con vuestros amigos de mierda, imbéciles, pero no hoy, ¿tenéis alguna idea de quién ha venido a la cena?, ahora mismo vais a la cocina sin pasar por el salón y os preparo mucho café y no os movéis hasta que no os despejéis un poco», «que no, que se ha caído, que no hemos bebido nada de nada, joder, que sólo ha patinado en el hielo de la mierda de chalet residencial de lujo a tomar por culo del calor del aglutinamiento humano…»

Y al final lo entendió, y en un segundo cambió su cara a modo dolor intenso, y sin acercarse siquiera a ella se dio media vuelta y entró en casa gritando «¡ayuda, por Dios, que la niña se ha caído, ayuda, por Dios». Y yo me quedé allí, con ella, odiándolos a todos no por lo que parecen sino por lo que son. Vinieron algunas docenas de brazos que me la arrebataron de las manos y la metieron dentro, y cuando por fin entré en aquella casa me encontré un círculo de mujeres en el salón, emperifolladas y portadoras de un par de buenos kilos de laca, consolando a la pobre suegra, desvanecida en el sofá y feliz por ser el centro de atención en una noche tan señalada.

nocturnos

Ahora mismo me pregunto, medio borracho, si hank debía saber que no había expiación para nada. Y me lo pregunto porque hace un rato me he preguntado si había algún camino bien cimentado, y me he dado cuenta de que no hay expiación sin camino, porque no hay forma alguna de lograrla sin él. Le veo en los videos de BARBET SCHROEDER y le voy mal traduciendo, mal trayendo, la voz tomada y el tiempo cano. Así puedo llegar a entender los palos de ciego y el abandono, el me desentiendo de todo. La vida es bonita, vaya si lo es, pero no tengo duda alguna de que carece absolutamente de sentido corpóreo, tangible, plausible. Primero viendo a Moore y después a hank es difícil no percibir el absurdo en el que estamos embarcados.

Y no importa mandar a alguna ex- a freir espárragos, ni que el vecino me haya denunciado otra vez porque leo poemas demasiado alto, ni que en el curro me este descuajeringando para nada, ni que el alquiler venza y no tenga dónde caerme muerto, ni que la cerveza malcubra el agujero en el que estoy sentado confrontando agujero con agujero (el ano contra el existencialismo). El caso es que no se está del todo mal tomando unas cervezas y viendo a hank un rato, fumando un cigarro reventado contra el respaldo de la silla. Y me pregunto qué expiación es posible cuando no hay camino. Y me pregunto por qué todo el mundo está empeñado en encontrarla, de uno u otro modo. Y me pregunto, en cualquier caso, por qué he de presenciarlo quiera o no. Decía el jugador de Dostoievski: «¡No hay nada más estúpido que la moral en estos trances! ¡Oh, los individuos satisfechos de sí mismos! ¿Con qué orgullosa ufanía están siempre dispuestos esos charlatanes a endilgarles sus sentencias al prójimo!». Y lo importante viene después, pero habrá que leerlo. El tema es que quien comprende lo abyecto es únicamente quien está metido de lleno en ello, y sólo él es capaz de ver que no hay camino, y como corolario tampoco hay expiación posible más que pasar el rato, tomar unas cervezas, profundizar en los otros lo que se pueda y echar unas risas, tocar la guitarra y hacer el amor después, ébrio y vacunado. Hacer el amor con una mujer realmente hermosa, más alla de trasuntos físicos, es una de las mejores cosas que hay sobre la faz de la tierra y que habrá jamás. Y escribir una novela o ganar una guerra o ser un genio son asuntos bastante secundarios, bien mirado. Y ser un buen profesional y saber cambiar un enchufe y arreglar las cañerías son asuntos secundarios que se hacen porque la propia entropía del vivir, de la labor en cuanto trabajo, lo requieren. Y si el mundo se levanta o se hunde es cosa suya, porque a mí nadie me ha preguntado nada.