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Interruptus

«Era un animal con ojos. Los ojos, muertos y transformados en piedra, estaban mirándole en ese mismo instante. Se trataba de uno de los crustáceos primitivos llamados trilobites.»

Un par de ojos azules. Thomas Hardy.

Ya digo,
ojos, pies cansados, cabeza cansada,
luz de almohada sobre la madrugada cuando,
exhausto,
me detengo.

Busco el pulsador del timbre
para llamar a la enfermera. Detengo el tiempo en ello.

Espero un segundo, luego otro,
después abro los ojos.

Sobre la mesa encuentro una baraja de cartas,
un paquete de tabaco, un cenicero, el móvil, la solapa
torcida de un libro abandonado,
no sé quién va a reír el último en todo esto.

El que fui, el que aún no soy,
el que está aunque no le dejo salir,
el que habla, el que gana alguna vez y pierde otras tantas.

A veces son demasiados.

Es demasiado tarde.
No hay enfermera alguna.
Hace demasiado frío aquí dentro.
Tengo poco tiempo para dormir.

Busco el silencio en mi cabeza.
Lo encuentro.
Me duermo.

Luisa, Manuel

La camisa está colgada en una percha del tirador de la puerta del baño, húmeda en el pecho pero perfectamente limpia, y Luisa realiza eficientemente su trabajo diario entre las piernas de Manuel, que está sentado en su silla y piensa “maldita sea, lo único que le falta a este despacho es una tele y un vídeo, sería estupendo tener ahora delante una buena película porno”. De su boca salen gorgoritos roncos cada vez que Luisa rompe en las rocas decrépitas y encanecidas de su vello púbico con movimientos rítmicos. “Una película porno en la que una tía buenísima de dieciséis años es dada por todos los agujeros posibles con no buena intención por diez o doce tíos. Oh, sí…”

“¡Luisa, coño, aparta, que te voy a poner perdida!”

“¡Joder, Manuel!, ¿no vas a aprender nunca a coger un cleenex?”

Y el semen de Manuel rompe el aire y fecunda de nuevo la alfombra, exactamente igual y del mismo modo que en los últimos veinte años, aunque con menos fuerza, sin alcanzar la prodigiosa distancia de las manchas más distantes, las de su formidable vigor de los treinta años. Yace extenuado en la silla mientras mira a Luisa peinarse rutinariamente y piensa, justo antes de dormirse, “maldita sea, tengo que arreglar lo de la tele y el vídeo, lástima de película porno…”

Él

Él era un buen tipo.

No del modo usual, supongo, ni del modo normal.

Pero usual y normal no suelen significar mucho para casi nadie.

O eso quiero creer.

Me dio las herramientas que después mitifiqué sobre él.

Me llevó sobre sus hombros mucho tiempo, sin darle
importancia.

No sé si le dio importancia.

Mitifiqué bastante.

Pero se podrían quitar todas las muselinas y el resultado
seguiría siendo igual de sorprendente.

Nunca tuvo mucha suerte.

Eso lo he heredado.

Supongo que por voluntad propia al 50% sobre la carga genética.

(¿Se puede meter un “%” en un poema?).

[Eso nos retrotrae a… ¿es esto un poema?, pero la pregunta es
capciosa y sujeta a interpretaciones desenfocadas].

Esto es un rodeo, lo sé.

Tenía ojos inteligentes bajo unas cejas pobladas.
Las manos arrugadas y pobladas de pecas. Un corazón
como un puño.

(Este poema no funciona, si es que es un poema).

Este poema es un rodeo.

El día qué, el día qué.
Yo estaba tomando unas cervezas en otra parte, supurando
autocompasión por todos los poros de mi piel.
El día que yo estaba en otra parte, supurando autocompasión por
todos los poros de mi piel,
me llamaron por teléfono y me lo dijeron.

Y fue como si todo lo que siempre había sucedido
hubiera dejado de suceder. Milimétricamente así.
Fui corriendo al lugar donde estaban los hechos, y me lo encontré lleno
de gente.

Vacío, por otro lado, de lo que debía haber estado lleno.

(Tópicos, lugares comunes).

Después de los llantos y los lugares comunes volví a casa.
Encendí una cerveza, abrí un cigarro.

Con la estúpida pretensión de que todo fuera lo mismo
que siempre había sido.