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tocones, boyas, círculos, espirales

Porque todo es igual y tú lo sabes,
has llegado a tu casa, y has cerrado la puerta
con ese mismo gesto con que se tira un día,
con que se quita la hoja atrasada del calendario
cuando todo da igual y tú lo sabes.

Luís Rosales.

Este blog es circular, y estos versos de Luís Rosales no aparecen por primera vez ahora. Mi vida es circular. La vida, en general, no es circular, es una linea sin sentido aparente, al menos si uno es humano, en otros casos no lo sé. La vida es un asunto tan semejante al caos que es difícil concretar nada. Por eso, cada uno escoge o se ve obligado a escoger sus tocones, sus boyas, los lugares comunes que concentran el significado. Y eso empieza a constituir los círculos.

Mi primera novela se llamaba «Las espirales y el aire». La vida (en general, o las cosas) era el aire, las espirales eran siempre y sólo la vida de cada uno. Y qué sucede cuando se intenta armonizar dos espirales para hacer una convivencia: el resultado objetivamente más consecuente es el desastre. En la segunda, «Siempre las cosas», éramos conscientemente incapaces de gobernar nada fuera de las espirales. En la última, «Hablando sobre Bakunin«, ya ni siquiera había espirales, nos limitábamos a caer con las caras desencajadas por la velocidad del aire: la nuestra propia.

«Pero… estamos a dos centímetros». Sí, claro que sí. En el aire. Pero estamos a doscientas vueltas de espiral, y en espirales distintas. Mis tocones en conflicto con los tuyos (diccionarios personales de Kundera, recuerdo ahora), significaciones disyuntas que sólo comparten, con la mejor de las suertes, el espacio.

Un lugar común era el «Rape me», de Nirvana, como podía haber sido cualquier otra cosa. Y ni siquiera era común (a vueltas con las espirales) pero nos mantenía concentrados en una sola cosa durante un tiempo, dos minutos y cincuenta segundos para ser precisos.

El espacio no es suficiente. Es necesario, pero no suficiente.

El espacio no es nada sin ordenadas y abscisas. El espacio no es nada sin una trayectoria que le de sentido.

Una trayectoria, en bici, a 45 kilómetros por hora cuesta abajo cuando todo puede fallar. Las tuercas de los pedales se pueden partir. El leve cable de acero de los frenos. Ja, la tija del sillín, dando paso a una violación insoportable a esa velocidad. Cualquier cosa. Nada falla, y no puedo reprimir un gemidito de alivio y placer cuando llego abajo y tomo el camino de la izquierda. Lo divertido de todo esto es precisamente que podría no ser tan divertido. El sentimiento raro y ralo de haber superado algo, de haber conseguido mantenerse sobre la cuerda un rato más sin perder el equilibrio.

No es casualidad que la figura del funambulista siempre me haya subyugado completamente.

Nada da igual, eso es precisamente lo que sé. Que nada da igual. Quizá tire los días con ese mismo gesto con el que se arranca la hoja atrasada de un calendario, pero no precisamente por que nada importe, sino porque hoy no ha sido el día. Ha sido un día más. No he sabido o no he podido o no había manera de hacerle un día grande. Pero podía haber sido un día grande. No sé cómo, ni de qué modo, pero sé reconocerles cuando vienen. Todo importa, lo concentrado en los tocones de significado y lo que se limita a pasar levemente y sin hacer ruído ni dejar huella. «Y nada tiene que ver con tu boca, que hecha para besar hay veces que muerde». Precisamente no tiene nada que ver. Ni siquiera con la mía. No es una boca la que hará el día grande o la mañana perfecta. O no sé, «your mouth was so dirty».

(Parece que las bocas aquí, de repente, no tienen nada que ver, pero lo tienen todo. Las bocas son la comunión más intensa porque la boca es cerebro al igual que los ojos son cerebro, y, claro, en este espacio tan reducido me acojo al dogma de fé para justificarlo. Todo viene a decir más o menos que la comunión, incluso la más intensa, no guarda la semilla del significado, y no digo más de momento, que aún debo tomar unas cervezas con ello para despojarme de prejuicios, en el sentido más aséptico del término y en los demás, pero sobre todo en el primero).

Por supuesto, ni siquiera con la mía. Lo que viene a ser con mi contacto. Tipos duros como el acero partidos por la mitad por una racha de viento: un tocón. Lo he visto muchas veces. ¿Qué sentido tiene una vida dedicada a unos ideales aunque todo vaya naufragando paulatina y constantemente por ello?, ¿la honestidad? Yo no lo sé, y no me parece algo más que meramente hermoso. Y sólo me parece hermoso por lo que contiene de trágico, y me niego a pensar que el sentido de la vida consiste en su carácter trágico. Es más, soy más bestia aún, me niego a pensar que lo trágico pueda ser uno de los modos en los que la vida se torna plena, o significante (jajajajja, ¡mucho menos significativa!). No, no es en la boca donde está, nada tiene que ver con tu boca, ni con la mía. Tocones. No sé si cambian. Van cambiando. No sé si eso está mal. En realidad no cambian, se van… completando (lejos del sentido de la completud, que no existe más que en recetarios). Se van complicando. Eso es más cierto.

En algún sentido, es como en la ruleta. Las apuestas están hechas. Esperemos a ver dónde cae la bola. Además la bola no cae. Esperando en un rescate imposible: la espera es la misma vida.

para esto

No, no, no, no, nunca sabes. Nunca estás demasiado cerca. Olisqueas, das un rodeo, piensas en las cosas que han sucedido, pero nunca estás demasiado cerca. Recompones tus pedazos en un solar inventado en el que puedes recrear escenarios.

Tomas la mano de quien te dio de comer y no es suficiente. Te disculpas con un «gracias» medio destemplado, abres una cerveza, te acuestas, enciendes el ventilador. La vida es una ostia en la cara, en medio de la cara, un golpe brusco hacia atrás que duele de pronto, de repente. Todos los warning dicen dolor y comprendes que es porque jamás te has preguntado demasiado: te has pasado el tiempo mirando y reaccionando según las cosas iban viniendo. Hasta ahí comprendes, hasta ahí puedes leer. Y si has hecho bien o mal no es una pregunta comprensible, porque jamás te tomaste la molestia de tomarte en cuenta y, por lo tanto, no tienes datos suficientes.

«Has incendiado tus libros
en la quietud del amanecer
y hay un gozo nuevo en tu mirada:
comienzas el regreso a casa.»

Decía Carlos Martín. Y yo estoy de acuerdo, Pero qué casa. Pero qué idea tienes sobre ello. Pero a dónde vas, dónde te esperan, dónde vas a encontrarte.

Amigo mío, la lección final es que no hay casa. Te desprendiste de las hojas, pero no hay corazón, no existe centro. Hay que inventarlo. Me dejaron en mi portal hoy y me fui de bares porque era temprano. Había gente supurando vida y careciendo de autoconsciencia. No es un problema, porque nunca lo es. El bar estaba repleto. De gente. Supurando vida. Es fácil. Supurando vida. Me tomé unas cervezas con ellos. Después no. Después no pude. Después era tarde. Me di cuenta.

Se acabó el juego. Tremendo. Se acabo el invento. Llegué a casa, me enfundé un litro, miré al suelo. Todo lo que fue promesa no dejó de serlo, pero sí aquí.

Las sábanas no tenían respuestas, como nunca las tuvieron. Tontas, mudas. La noche se cierra cuando amanece. El día se abre. Tomo mis propias palabras y me digo que así es porque está escrito. Mientras tanto, las sábanas me dan la mano y enjuagan futiles e imposibles lágrimas en esto:

calor, ventilador, cigarro, humo, cerveza, desaparecer. Total para qué. Total para esto.