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descartes

Es curioso como el sistema nos iguala haciendo que los criterios relevantes para cribar la sociedad sean, con respecto a la mayoría de la gente, productividad y eficacia. Es decir, de todo lo que puede aportar la humanidad se seleccionan solamente unos pocos valores. Eso nos cosifica, por supuesto. Y en los descartes se va lo mejor de nosotros mismos.

Y, al mismo tiempo cuanto más y más hicapie se hace en lo privado frente a lo público se crean fronteras que nos separan. Básicamente, lo que cada uno puede pagar.

Es decir, se nos iguala en lo que se nos exige y se nos diferencia según a lo que podemos acceder. Después hay múltiples modos de legitimar la desigualdad, usualmente culpando al excluido de su propia exclusión.

Esto ya es una lucha abierta. Se han retirado las máscaras. La humanidad se revuelca en el barro e intenta sacarse mutuamente los ojos para ser el único que se quede con los despojos.

Vista así, tiene muy poco de humanidad, muy poco de grande, muy poco de bondad. Lo único que es nuestro es nuestra consciencia de nosotros mismos, nuestro carácter finito y experiencial y las infinitas líneas que eso genera. Empeñarnos en limitarnos e igualarnos en lo que somos es un desperdicio. El desperdicio definitivo.

Desigualdad en lo que somos, igualdad en lo que merecemos.

Todo lo que estamos dejando de descubrir por acabar con nosotros mismos, con un egoísmo y una brutalidad propia sólo de alguien que es meridianamente consciente del daño que puede hacer, es algo profundamente equivocado. Nos estamos centrando en lo que no importa.

Realmente, nos estamos quedando con los descartes.

ok

1.

Unas bragas rosas minúsculas sulfurando encima de una silla.

Un despertador que suena
desde algún lugar indeterminado
por ahí abajo.

La luz del sol que entra por la ventana y
hace supurar vida por todas partes,
suturando heridas
y cubriéndolas de vendas.

Quién sabe qué se podría haber dicho
o qué no,
en vez de
“ahh, pensé que te habías largado anoche”
como un extraño y educado
“¿has dormido bien?”
pero de una forma mucho más distante.

Porque la distancia es el signo de los nuevos tiempos.
Que no sé si son nuevos, de todos modos.
Que no sé si son los mismos pero menos confiados.

Protege su cuello con la sábana
y deja entrever las piernas.
Las piernas son mucho menos vitales,
de algún modo.
En el cuello está la carótida, por ejemplo.
En la pierna la femoral.
Su cuello le preocupa, las piernas no.

“Cuando te dormiste decidí quedarme”.
“Todo un caballero”.
“Tenía sueño”.
Y así.

Así, de este modo, se juega el juego.
A los treinta y últimos los naipes están ya repartidos
y el mazo se ha vuelto a barajar.
Todas las bazas que vas a recibir son aquellas
que ya descartaste en algún momento.
Aunque parezca esquizofrénico,
todos lo saben.

Todos aquellos con los que te encuentras
de forma inevitable
por todas partes.
Comprando el pan, o la carne, o rellenando algo
en hacienda.
Todos lo saben.
Si les miras a los ojos
podrás ver que todo el mundo es consciente.

No hay nadie que lo ignore.

Pero, del mismo modo, pocos que lo comprendan.

“Querrás desayunar, ¿no?”
“Es posible, pero si me dejas ducharme
podemos ir a tomar algo en una cafetería”.
“Sí, será mejor”.

Será bastante.

2.

Ruinas personales que se tambalean
sin objetivo
en medio de la deshumanización
ubicua.

Criaturas de pantano. En medio de la tierra
podrida que se licua en limo
fangoso sobre la capa de arcilla.
Tenemos ojos y sabemos utilizarlos,
pero de un modo distinto.
Todo lo que nos habían dicho que
componía el mundo se ha desintegrado,
y estamos de vuelta de la capa
de maquillaje preciosista que era
lo que solía ser todo.

Usamos los ojos, pero de forma distinta.
No hemos aprendido a mirar de nuevo.
O sí. O no lo sé.
Creo más bien que dejamos de creer en el cuento.
Creo que es algo así.

Dejamos de pensar que todo era eso.

O sólo eso.

O simplemente eso.

Usamos los ojos, pero vemos otras cosas
que nunca vimos.
Mundos nuevos.
Realidades que ahora nos parece que siempre
estuvieron ahí, invisibles, en la sombra.

Reclamando su porción de realidad cuando nadie
podía verlas.

Era hermosa la vida cuando era mentira.

Ahora también lo es, pero tenemos que
aprender
a descubrirlo.

O lo que sea.

Tan diferente y llena de cosas, de vibraciones,
de matices, de enfermedades que crean,
de soledades bien interpretadas
que descubren límites que no habían estado allí antes
y marcas nuevas.

Usamos los ojos, creo.
Creo que antes no lo hacíamos.
No del todo, en cualquier caso.

Solo si no fuera porque ahora
de puro escaldados
derivamos a la defensiva,
nos volveríamos grandes.

3.

La cafetería es asquerosa, de otra época, de otro ritmo, de cuando el tiempo era otro tipo de tiempo. No sé cómo han conseguido detenerlo todo, qué esfuerzo titánico ha conseguido detener el fluir en este sitio con la fuerza de la pura convicción, pero al fin y al cabo lo que sí sé es que este sitio ha sido arrancado de otro mundo. Se han tomado mucho esfuerzo en detener la entropía y el cambio y la metamorfosis de significados y ahora estamos en medio de este mundo como si nunca nos hubiéramos movido de mucho tiempo atrás, con un café con leche y unas porras y un cigarro mañanero destroza resacas. Y una cara al otro lado que me mira intrigada sin saber muy bien lo que esperar, y eso sí que es algo en lo que me puedo llegar a sentir cómodo porque yo tampoco sé muy bien qué esperar, ni de mí ni de ella ni de todo. Voceamos nuestros miedos a gritos hablando de todo y de nada e intentando no hablar demasiado de nosotros mismos. A veces lo mejor para ganar es aparentar que lo estás haciendo. Lo demás viene rodado.

Son otros tiempos, creo, y estamos bien escaldados y ahora lo importante es no revelarse mucho mientras no se permite que el silencio hable. Así rellenamos todos los huecos con cháchara intrascendente, bromas y gracias que no tienen sentido pero que nos hacen pensar a ambos que al fin y al cabo no está tan mal y que aún somos capaces.

Me muerdo las manos de ganas de salir corriendo. Mucho mejor borrachos, donde va a parar. Mucho mejor cuando las tonterías son realmente tonterías y no vacío mal cubierto. Me gustaría volver a estar aquí borracho con una ella borracha. Si no fuera porque temo que se escandalice o algo le pediría que empezáramos otra vez con la corriente de tercios. Sería seguro algo más que esta colección de naderías. Esta intrascendente defensa de lo que somos. Lo que somos lo mantenemos protegido dentro de nosotros mismos. Nos ha costado tanto que ninguno quiere morir aplastado.

Al despedirnos nos damos dos besos. El tiempo ha pasado justo al salir de la cafetería, donde estaba detenido. Bajo las escaleras de la estación de metro y como en una estúpida metáfora veo como desaparecen sus pies, luego sus rodillas, después su caderas y paulatinamente todo lo demás.

Lo último que veo y veré es el nacimiento del pelo sobre su frente, justo antes de bajar un escalón más y morderme las manos de ganas de volver atrás

e intentarlo de nuevo, pedir los tercios. Entrar de nuevo en la cafetería que huele a mollejas y entresijos donde el tiempo no fluía.

Pero sigo bajando, deprisa.
Corriendo al final.
Paso los torniquetes con un largo suspiro que huele a victoria. O quiere oler.

Ok. Zero killed.

reflexiones tontas

No tiene mucho sentido reflexionar una vez llegado a un punto, más que para contrastar que no te falta nada. Que lo llevas todo. Que aunque tienes hueco sigues necesitando sólo las mismas cuatro o cinco cosas, o que ha cambiado alguna y tienes que alterar lo que contienen tus bolsillos para adaptarte a las circunstancias. Es complicado verlo en un mundo en el que la competición lo es todo —y en el combate vale todo, enchufes mezclados a batiburrillo con estudios varios y club de conocidos y suerte en el camino.

A mí me gusta la competición. En el juego. En todo lo demás me pudre por dentro.

El otro día un tipo trabajador de banca, hijo de la señora que compartía la habitación con mi abuela en La Paz, empezó a decir que la gente tenía la cabeza sólo para adornar porque se pidieron créditos estratosféricos. Lo cuentan como si uno llegara al banco, dijera «póngame cien millones» y se fuera con ellos por la puerta. Como si nadie tuviera que aprobar eso. Como si nadie lo hubiera aprobado. Como si no fuera parte de un timo-estrategia en el que ellos ganaban diez veces más que lo que tú te llevabas. Más lo que ibas devolviendo después.

Como si nos hubieran estado haciendo un favor y ahora, desagradecidos, les hacemos un feo no pagando.

Lo que es seguro es que los tipos que tienen la cabeza para adornar son todos y cada uno de los que aprobaron los criterios de riesgo en cada uno de los bancos. Los que decidían de verdad, no los pringados.

La estratagema sale bien porque todos y cada uno nos sentimos pringados privilegiados. Todos pensamos que los males van a ir a los demás. No sentimos a los demás como si fueran nosotros mismos. No pensamos que cada vez que un tipo se queda en la calle nos quedamos nosotros también, por ejemplo. No, eso sólo le pasa a los demás pringados.

Ellos son pringados del montón, nosotros —pensamos— somos pringados privilegiados. Supongo que eso mismo debían pensar en un campo de concentración cada vez que veían que no formaban parte de la hilera camino de las duchas.

Creo en la humanidad, firmemente. Pero también creo que la humanidad que se concreta en cada individuo saca lo peor de si cuando su subsistencia no está asegurada, y esto lo digo sin ánimo de generalizar. Hay tipos grandes y altruistas por el mundo pero no son la norma general, sino más bien la excepción. Los demás convivimos como podemos con nuestros pequeños y grandes egoísmos.

Quiero pensar que lo único que hace posible esta realidad de mierda en el que cada uno intenta acaparar todo lo posible sin importarle las consecuencias para los demás, en el que somos accesibles a las grandes empresas porque ellas son las que nos hacen sentir los más privilegiados de todos los pringados (trabajando para ellas, dejándose sobornar por ellas en el caso de un político corrupto o sucumbiendo a sus irresistibles ofertas como consumidores que no se preocupan de dónde vienen las cosas que les ofrecen), este mundo de mierda, digo, cambiaría razonablemente si todos tuviéramos lo básico cubierto: comida, techo, educación, justicia, democracia y cuidados en la vejez y en la enfermedad.

Eso es lo básico. A partir de ahí empieza la humanidad.

Mientras tanto la competición, única regulación real que entiende el capitalismo del liberalismo económico, hace que nos ostiemos los unos a los otros intentando acumular por si en algún momento vienen mal dadas. Porque sabemos que cuando no podamos competir estaremos muertos. Nadie cuidará de nosotros cuando no tengamos dónde caernos muertos. Y cada vez menos.

De vez en cuando alguien dice que las reglas se han pervertido, pero me pregunto cómo si el fin siempre fue repartir bienes en función de criterios competitivos en vez de la simple pertenencia a la especie. Más dinero, mejor sangre, más relaciones, más lo que sea.

Desigualdad.

Más mierda. Más qué. ¿Quién sienta los criterios? ¿Qué es lo mejor? Yo no tengo ni idea, pero aventuro: lo mejor es lo que cada uno puede aportar siendo él mismo, lo que cada uno es y sólo él es.

Lo demás es terrorífico, parcial, interesado y asqueroso de facto.