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Oxygen not included

No tengo tiempo para esto porque no quiero tener tiempo para esto.

Sábado, diez de la mañana. Tres tipos que aparecen en medio de la tierra, con una especie de imprenta de gente a la derecha, una caja con algo de comida y ya está. Así empieza el juego. Tienes que pelearte con el oxígeno, que no es suficiente, con el dióxido de carbono, que pesa, con el hidrógeno, que vuela, con el cloro, el vacío… con el estrés de los tipos, con las bacterias que los polucionan. Tienes que ponerle un nombre a cada uno de ellos, porque el pasar de los acontecimientos genera historias que te dejarán roto en la silla y querrás recordar quién es cada uno. Durante un rato largo me despisté con la comida y, para cuando quise reaccionar, había perdido a catorce de ellos, los vi morir de hambre lentamente uno a uno. Construí unas lápidas en las que ellos mismos iban metiendo a sus muertos cuando terminaban las actividades necesarias para mantenerse vivos —puedes priorizarlo todo—. Después no tenía gente suficiente para supervisar los sistemas de generación de energía que habían construido en el pasado, así que tuvieron que confiar sus vidas en que los ya muertos hubieran hecho un buen trabajo con ello. Tiempos oscuros en los que no podían más que cultivar comida y esperar a que la impresora terminase sus tiempos de recarga, levantar de nuevo la colonia, volver a aprender lo olvidado…

Fue algo absolutamente épico. Brutal, intenso, doloroso y épico.

Sábado, once de la noche. Desinstalado. No haría otra cosa si no lo hiciera. Lo recomiendo. Mucho. Y todavía en acceso anticipado.

estar dentro

Ya hace un mes que no publico, y me prometí no dejar pasar tanto tiempo este año. Pero los días vuelan.

Estamos intentando poner en marcha de nuevo Palabra de Bob, aprovechando que he vuelto de forma más o menos oficial al juego. No estoy por allí tanto como debería, pero han pasado cosas interesantes.

Me he hecho una cuenta de tuitah para escribir en inglés, pero tengo mucho jaleo como para dedicarle mucho tiempo de momento. Moscas prostéticas, prosthetic flies. La foto del perfil es de Henry Worsley y la historia en el New Yorker alucinante. Como la vida no tiene sentido alguno es fascinante lo que nos puede hacer sentir vivos.

Terminé con el Manifiesto Redneck, o más bien no. Sigo atragantado con ese final en el que empieza a hablar de sí mismo y a lloriquear sobre si le van a malinterpretar o no. El resto, bien. Ideas curiosas, pero no nuevas. El libro tampoco lo es. Puede ser pasto de malinterpretaciones tendenciosas, incluso del propio autor una y otra vez, pero lo que está escrito es lo que está escrito. La idea central sobre que la clase dominante es la culpable de lo mal que lo pasa la de abajo, correcta. Unirse según la clase y no según el color de la piel, estupendo. La descripción del ansia del que no tiene nada por llenar la vida con algo, sublime. La idea de la culpa, cómo funciona y porque puede salirle rentable a alguien extenderla para diluir su responsabilidad en el asunto, clarificadora. Lo recomiendo. Le sobran notas, aún así, como le decía Salieri en la película, aunque no en el mismo sentido. A este le sobran de verdad.

Y sigo con la novela, me queda una semana para terminarla a tiempo. No sé si lo lograré. A veces releo un capítulo y me hundo en la mierda: es horrible. Otras veces leo otro y me siento desplazado de realidad. Pulo, leo y releo. Corto, doy puntos. Hago un zurcido. Cuando me siento dentro imagino lo que sentía Worlsey en medio de la Antártida, mientras con un agujero en los intestinos intentaba hacer la primera travesía en solitario y sin apoyos. Me refiero a estar donde debo, nada más. Ningún parecido más allá de eso.

la vegetariana

"la vegetariana"

La edición de :RATA_ es estupenda en lo visual, aunque a veces salpimentan comas sin sentido, sobre todo en las primeras páginas. Estoy metido en la segunda lectura del tirón, así que quizá tendría que haber dejado esto para más adelante, pero necesitaba escribir un poco sobre ello.

La vegetariana es una historia de violencia. La violencia que ejercemos unos contra otros en la sociedad en la que vivimos y que se nutre de nuestras respuestas igualmente violentas, la violencia que ejercemos contra los demás seres vivos, la violencia dentro del matrimonio, la violencia en la relación entre padres e hijos, la violencia contra uno mismo. Lo que salta de las páginas y te agarra para que no puedas evitar soltar el libro es ese ejercicio normalizado de la violencia visto desde la perspectiva de los que rodean a quien está en proceso de abandonarla.

Porque no sucede nada que sea especialmente violento en el sentido de sobrepasar, o siquiera alcanzar el mismo nivel, de cualquier cosa que podamos ver cada día en un telediario, una película, o una novela. Un tortazo, una violación dentro del matrimonio, forzar a comer a quien no quiere hacerlo. Momentos puntuales, hechos discretos, de andar por casa. Tremendos pero pequeños en dimensiones, aunque desde luego no en el horror que encierran. La violencia está por todas partes en todo lo que sucede, pero de un modo tan integrado en la realidad, tan aparentemente cercano, que espeluzna. Porque si algo es es un retrato fiel de cómo la normalizamos. «La vegetariana» destaca ciertos aspectos de lo cotidiano para que puedas enajenarlos de esa misma normalidad y llegar a atisbar su verdadero significado, o al menos a ponerlos bajo sospecha. La pelea del marido por el tema del sujetador, por ejemplo, es la coacción de un puño de hierro sobre todos los que quieren vivir junto a los demás. El pesado cepo de la normalidad accionando sobre tu libertad como si tal cosa.

Una mujer con una vida como la de cualquiera, casada, con familia, siente tanta repulsión por lo que la rodea que su mente teje un artificio para escapar de todo ello. No parece saber muy bien lo que quiere o a dónde va, pero si tiene claro lo que no quiere. Nuestra mente no nos sirve para percibir la realidad, sino para interpretarla, y en esa tarea puede llevarnos a muchos sitios. La historia de su viaje de escape no la cuenta ella, quizá no nos explicaría tanto el relato de la que se marcha como el de los que se quedan. La escritora nos muestra cómo perciben los demás el camino a través de tres miembros de su familia: su marido, su cuñado y su hermana.

Su marido es un hijo de su tiempo, si es que eso significa algo, que necesita una esposa como necesita un coche que le lleve al trabajo. Algo funcional, útil, que cumpla su propósito sin molestar demasiado. No le interesa lo que ella pueda ser o dejar de ser, sólo que haga lo que tiene que hacer. Y como uno prescinde de un bolígrafo que ya no pinta una vez que se convence de que ya no le sirve la abandona.

Su cuñado es un tipo que hace piezas de video como forma de arte que vé en ella la rebeldía e intenta plasmarla. Le pinta flores en en el cuerpo y la hace tener sexo con un compañero mientras graba. Cuando este se niega a realizar ciertas posturas él le sustituye. No termino de comprender lo que mueve a Yeonghye en ese punto, a participar en ello, aunque quiero pensar que la curiosidad sin más, las flores que la hacen sentirse más cerca del objetivo. Todo lo demás viene, y ella lo acepta como aceptaría llover. Una vez que su mujer les descubre el artista se larga y no vuelve a querer saber de su cuñada, ni siquiera en las ocasiones en las que habla con su mujer. Ha roto el juguete, o quizá está ya en otro juego.

La hermana es una mujer de éxito en los negocios, tiene una tienda de cosmética y se ocupa de la casa y del hijo que tiene con su marido, el artista. De los tres es la única que puede llegar a acercarse a entender lo que le pasa por la cabeza a Yeonghye. Es la única que al menos intenta mirarla. Si la comprende o no es algo que depende de lo que interprete cada uno, pero es muy honesto que la busque sólo a ella. Y que comprenda que el hilo que nos mantiene enfrascados en lo que hacemos no siempre es tan robusto como queremos pensar. Aceptamos que nos normalicen, pero eso no quiere decir que lo disfrutemos. Pagamos el precio, o somos como debemos o la propia sociedad hará que nos muramos abandonados mientras todo sigue su ritmo.

Cada uno con su guerra personal, y todos en medio de todas ellas. La adaptación a la ideología del trabajo en la sociedad del liberalismo actual, la búsqueda de uno mismo y el sentido desde la perspectiva de la reinterpretación de la realidad, el cariño y el cuidado de la familia. Ninguno de los tres, en realidad, se acerca a comprender nada. Porque inevitablemente cada uno la ve como es quien la mira.

Yo quiero creer que Yeonghye no quiere morir, que simplemente ha elegido ser otra cosa y morir no es más que algo que puede suceder entre tanto. Pero ella no quiere hablar, así que hay que intentar llegar a su mente a través de los demás, de lo que hace, de los sueños que cuenta, de las escasas líneas de diálogo. ¿Quién no se ha visto sobrepasado alguna vez por lo que podemos hacernos los unos a los otros y a todo lo demás? Pero después, como dice la hermana, todo el mundo continua con sus vidas, como si sobrevivir fuera el único centro sobre el que orbita y debe orbitar todo lo demás. Y quizá lo es, no voy a entrar ni salir en eso aquí, pero Yeonghye ha excentrado su trayectoria y ya está muy muy lejos. Inalcanzable para cualquiera.