# perdiendo.org/museodemetralla

entraron en mi cabeza (201) | libros (20) | me lo llevo puesto (7) | pelis (2) | Renta básica (9) | series (6) | escasez (2) | frikeando (94) | arduino (1) | autoreferencial (11) | bici (1) | esperanto (4) | eve online (3) | git (2) | GNU/linux (4) | markdown (7) | nexus7 (2) | python (7) | raspberry pi (3) | vim (1) | wordpress (1) | zatchtronics (3) | hago (770) | canciones (161) | borradores (7) | cover (44) | el extremo inútil de la escoba (2) | elec (1) | GRACO (2) | guitarlele (11) | ruiditos (11) | Solenoide (1) | fotos (37) | nanowrimo (3) | novela (26) | criaturas del pantano (5) | el año que no follamos (12) | huim (5) | rehab (4) | poemas (362) | Anclajes (15) | andando (3) | B.A.R (7) | Canción de cuna para un borracho (38) | Cercos vacíos (37) | Cien puentes en la cabeza (7) | Conejo azul (6) | Contenido del juego (5) | De tiendas (3) | del pantano (3) | Destrozos (2) | Epilogo (4) | Fuegos de artificio (5) | Imposible rescate (15) | Jugando a rojo (7) | Libro del desencuentro (2) | Lo que sé de Marte (11) | Los cuentos (21) | Montaje del juego (5) | Orden de salida (4) | palitos (31) | Piernas abiertas (7) | Poemas medianos (12) | Privado de sueño (7) | rasguemas (5) | Tanto para nada (17) | Todo a 100 (2) | Uno (4) | relatos (97) | anatemas (9) | orbital (2) | prompts (8) | vindicaciones (103) | perdiendo (1.716) | atranques (1) |

cuando una novela empieza

Cuando empieza, una novela es lo peor que te puede pasar en la vida. Tienes una historia que contar, o quizá no la tienes. Quizá tienes sólo una idea, algo general. Algo así como que la humanidad se limita a hacerse la vida dura. Algo así como que cuando todo va bien hay un montón de personas interesadas en que empeore, por los más variopintos motivos.

Y en realidad no tienes nada. ¿Quiénes son los personajes? Pues unos cuantos. ¿Cómo van a hacer lo que tienen que hacer? Pues no tengo ni idea. ¿Y cómo van a hacer que todo resulte interesante? Pues mucho menos.

Tengo una idea.

La idea es lo importante, pero no es más que el principio. Lo demás es pura pereza. ¿Ya ha sido contado?, ¿merece la pena meterse en esto ahora?

No hay tanto diferente. Lo diferente es la gente. Las historias se empecinan una y otra vez en ser las mismas. Y ahí te preguntas cosas. ¿Quiero que la gente se divierta?, ¿eso es todo? ¿Quiero que se escandalice?

Una novela cuando empieza es sólo un montón de preguntas. Sabes que vas a estar ahí metido durante un montón de meses, y no terminas de concretar el primer párrafo. Pero quieres terminarlo, quieres hacerlo porque sabes que vas a reescribirlo un par de decenas de veces. Si es así no es importante. Pero como todavía no estás ahí para ti es importante esta vez. Esta vez es importante.

Apremia decir justo lo que quieres decir, pero quizá todavía no quieres decir nada. Eso es mentira. Quieres decir algo pero sabes que mañana vas a querer decir otra cosa. Quieres encontrar el camino definitivo, pero el camino se abrirá mañana y no hoy.

Un repositorio git reconstruye tus archivos en un momento determinado. Puedes volver a lo que querías decir ayer, o hace un mes. No hace demasiado que puedo manejarlo, pero me sigo preguntando qué hice el resto de mi vida sin él. Necesito volver a lo que era ayer, sin ambages: simplemente lo que era ayer, sin interpretaciones actuales. Hoy no importa.

Y tú sigues con tu rollo, que no tiene nada que ver con la novela. Caminar bien, la bici bien, he perdido algo más de medio kilo esta semana. Y todo eso no tiene nada que ver. En el curro bien. Y no tiene nada de nada de nada de nada que ver, pero se imbrica en lo que escribes. Todo lo que eres es la novela. Todo lo que quieres ser y has sido es la novela. Todo lo que esperas de ti en el futuro está de algún modo relacionado con lo que vas a hacer con la novela. Una novela no es un poema, eso me costó aprenderlo. Un poema es una eyeccion puntual, es el ahora. Una novela no es una canción, por lo mismo. En la novela vas a estar escribiendo meses, y en ella va a caber mucho más que la historia. Va a entrar tu visión del mundo, por mucho que te empeñes en que sólo entre la de tu personaje. La suya es la tuya, corras a favor de la corriente o en contra.

¿Tendré la visión suficiente para que no se pierda el camino?

¿Qué camino?

Qué camino.

El protagonista va a decir mucho de sí mismo, pero va a decir mucho más aún de ti, así que escribes. El día uno. El día dos. El día tres. Borras, reescribes. Y aún así te sigue faltando algo, que no es sino el para qué. La historia, de nuevo, no importa. Historias sólo hay decenas. Te preguntas para qué, y en eso sí que es bien diferente de un poema o una canción. No es el ahora, es el para qué. El mañana qué.

Cuando me levante y me ponga los calcetines antes de ir al curro después de un fin de semana aprobado por los pelos. Ese momento en concreto seguido de todos los demás. ¿Y después qué? Así que escribes. Todo lo demás está por ahí, pero por debajo y al mismo tiempo sobre todo está el saber que te vas a morir. Que todos se van a morir. Y tú quieres hacer algo con eso, escribirte mientras vas escribiendo algo que no tiene nada que ver contigo. Y te preguntas dónde está la mentira que está encubriendo la verdad que te ocultas a ti mismo.

La novela es una excusa. Los personajes también. La historia más de lo mismo. Quieres contar algo que no quieres contar en absoluto, pero que al mismo tiempo lucha por salir de ti. Si nos vamos a morir para qué. Para qué todo lo demás. Podemos entretenernos un rato, pero eso no es importante más allá del segundo presente (en el que compones una canción, escribes un poema).

Así que, ¿por dónde íbamos? Quién es el personaje principal, cuáles son sus motivaciones, a dónde va. A donde vamos todos. ¿Qué estás haciendo? Nada de nada.

Nada de nada.

Pero, sin embargo, ese nada de nada se convierte en lo más importante del mundo. La vida es un hueso vacío que, sin embargo, no lo es. Pero lo sigue siendo. Cuando escribes no puedes evitar hablar de ti mismo todo el tiempo, pero de un modo tal que no lo parece. Así que, hablando de eso, ¿cómo va ese principio? Un tipo entra, un tipo sale, un tipo tiene cosas que contar. No hay nada definido. ¿Por qué entra, por qué sale?

El tipo está rabiosamente esforzándose por contar algo.

¿Vas a seguirle?

Eso depende, me pregunto. ¿A dónde lleva la madriguera de conejo? ¿Cual es el sentido y la importancia de emperrarse en esto durante el siguiente medio año, del siguiente año? Si el tipo va a algún sitio, que vaya. No sé por qué tiene que contar conmigo, o yo contar con él.

Tal, variopinto. Hay ciertas palabras que deben estar pero que, sin embargo, te revuelven el estómago. ¿Estoy haciendo lo mismo que todo el mundo? Por supuesto que sí, pero no sé por qué tengo que verlo ahora. Todos vamos a dejar de estar en un momento dado.

La edad de la tierra es 4.543 millones de años. A mí me han tocado, de momento, 43. Me quedan unos 20 o 30 más, con suerte.

Pongamos un paréntesis ahí, en esos setenta u ochenta años. Ahora superpongamos esa capa sobre los 4.543 millones de años. Abruma.

Puedes pensar que esos 4.543 millones de años no están contando mientras intentas narrar la historia de un tipo que se ha enamorado y por ello va a dejar de lado su plan inicial de unirse a un grupo concreto en el que va a vivir una historia intensa.

Pero lo hacen.

Así que… ¿de qué va esto? ¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Por qué me empeño en esto? ¿Por qué es esto más importante que la miríada de cosas que podría estar haciendo ahora? ¿Por qué no puedo dejar de escribir, al mismo tiempo que no lo estoy haciendo? Así que…

¿Tendré la visión suficiente para que no se pierda el camino?

¿Qué camino?

Qué camino.

Una y otra vez sobre lo mismo. ¿Quiero entretener? ¿Quiero decir lo mismo que ya está dicho? Y yo qué sé, me pregunto. Sólo sé que un tipo, que no sabe lo que se le viene encima, se ha enamorado. Y por ello tendrá que pagar un precio que para muchos será pequeño. Pero para él lo será todo. ¿Es eso importante? No lo sé.

No tengo ni la más remota idea.

Pero me está taladrando por encima de mis mañanas caminando, por encima de la devolución de la declaración de la renta. Me taladra mientras estoy cagando tranquilamente en el baño. Estoy sentado deposicionando lo que tiene que caer y no puedo dejar de sentirme como el tipo. Ese tipo todavía no tiene una personalidad definida, que yo sepa. Pero está ahí.

Y cada vez que el pregunta, por mucho que me resista a responder, lo hago. Una novela es lo peor que te puede pasar en la vida. Eso suponiendo que tienes claro lo que es la vida. Y lo que es pasar.

Y lo que es poder.

Aniquilación y Lost in the Drama

Iba a hacer un artículo realmente largo y pormenorizado sobre Aniquilación, que se quedará en mi cafetera-tostadora con !#++ hasta el fin de su disco duro y el advenimiento de la nueva era SSD. Será para bien.

1. Aniquilación

Después de leer los tres libros estoy severamente convencido de que la primera novela es demasiado tramposa, la segunda demasiado de paso y la tercera arrepentida pero poquito, ya que mientras dice aclarar algunas cosas emborrona todo lo demás, usando las tres la falta de datos interesantes como motor de explosión para que todo siga, aunque renqueando, en marcha hacia delante. Para tener que sacar mis propias conclusiones desde casi el vacío, en una especie de sandbox literario, mejor me monto yo mi propia novela. No sé si es mucho más divertido pero, al final, sacia más. En el primer libro suceden cosas que tiran de ti por el instinto natural de enlazar los puntos. Durante la lectura la sensación no es mala, pero cuando se termina te sientes engañado, y tienes razón y lo sabes pero, bueno, quedan dos más. En el segundo se dan muchísimas explicaciones sobre cosas que no importan en absoluto, y la novela existe, básicamente, porque si no no habría una tercera. No sabe qué hacer consigo misma y pone una lupa enorme sobre un manojo de personajes y situaciones que bueno, pues vale, pues me alegro. En el tercero se habla mucho de muchas cosas y no se dice nada sobre ninguna que importe. No sabrás qué conecta lo que ha sucedido, pero tendras un exceso de información sobre las motivaciones de las motivaciones de las motivaciones de las motivaciones.

No es que se tengan que desmenuzar los acontecimientos de la historia hasta que pasen por el ojo de una aguja, pero al terminar la lectura uno debería tener aunque sea una leve sospecha de que el autor, al menos él, sabe qué es lo que ha sucedido y por qué. Cientos de flecos que no se quedan abiertos por descuido, sino porque es la propia esencia de la forma que se ha elegido para narrar. Es posible que el autor quisiera hablar del desconocimiento desde el desconocimiento mismo, mostrar la imposibilidad de amarrar el hilo del sentido en el día a día. Si es así, lo ha hecho perfecto.

La película ha gustado a quien le ha gustado porque acostumbrados al calco de los guiones al uso todo lo que no lo sea nos parece un océano de profundidad y significados. Pero el guión no es tanto y el último tercio de la película no es más que el artificio del mago de oz reloaded. En Jot Down pretenden sacar una perla de un erial, y el resultado es un poquillo de vergüenza ajena mezclado con cierta incredulidad. No sé qué puedo añadir a ese respecto. Todavía no me he parado de reír del último párrafo, y eso que hace semanas que terminé de leerlo. El largo e inacabable estómago que la humanidad reserva a cosas como Lost. Dale un puzzle a un humano y morirá antes de darse cuenta de que las piezas no encajan. Ni siquiera son del mismo puzzle. Muchas de ellas no son ni siquiera piezas: hay un par de colillas, algunas chapas y piedras. Muchas piedras.

2. Lost in Space

Bff. Dura pornografía emocional, cero nutrientes. No he visto ni leído nada, juraría, en toda mi vida, con tal calibre de DRAMA sin venir a cuento. Ya lo he dicho, pornografía. Se nota la pasta en los decorados. En todo demás no. Sesudo comentario, lo sé. Pero es que no da para más.

criaturas del pantano, 1

No ha sido demasiado complicado, mantenía el mismo número de teléfono. Ha sido llamarle y quedar en esta especie de franquicia gallega en la que registraremos la carta como si fuera la declaración de la renta para encontrar los platos más baratos y que más puedan llenar la barriga, mientras saltamos la banca de cerveza en la medida de nuestras posibilidades económicas. Siempre fue más o menos lo mismo, así que no importa demasiado que haga cuatro o cinco años que no nos hemos visto el pelo. Uno siempre reconoce a los viejos camaradas, y disfruta de reunirse con ellos mientras sigan jurando fidelidad al mismo ideal. Somos la misma carne, la misma mierda, básicamente los mismos. Con unas cervezas delante las canas dignifican y las carnes de más no están tan mal, son un derecho adquirido. Una prueba de solvencia. Cuando le conocí era bastante vergonzoso, pero tenía un par de cosas que le hacían bastante atractivo en ese momento: tenía algo de pasta que dilapidar y un montón de ganas de hacerlo. Con el tiempo fue espabilando y perdiendo esas ganas tontas de impresionar, lo que hizo que me sintiera mucho mejor conmigo mismo cuando le sableaba día tras día para encontrar esa cerveza especial que nunca termina de llegar cuando tienes sed. Siempre tienes que seguir buscando en la siguiente para ver si. Y después en la siguiente. Habíamos tocado juntos en un par de esos grupos que se tienen con una perspectiva dual: al mismo tiempo que eres consciente de que no vas a llegar a ninguna parte con esa gente, consuelas tus noches pensando que estás en el camino de salir de toda esta estupidez. Quizá estoy siendo algo cruel, pero en el fondo, pienso ahora, es cierto. Te juntas con otros cuatro tíos en un local que es de alguien que conoces y te lo deja gratis, berreas un rato aporreando la guitarra sintiéndote en la cima del mundo (a partir de aquí todo sera cuesta abajo, eres capaz de sentirlo), das un par de conciertos en los que te dan barra libre, te abrazas y con suerte conoces a alguna tipa que piense que tú, que no eres capaz de salvarte ni a ti mismo, la vas a salvar de todo lo que la rodea, y al día siguiente vuelves al ensayo con las mismas perspectivas y ni un palmo de terreno ganado. Y para cuando los cinco sois conscientes se disuelve el grupo y se empieza en otro proyecto con la capacidad de mantenerte calentito una temporada. Una perspectiva triste, pues quizá. Pero también una vía de escape inocua para esa cosa genérica y terraformadora que llamamos la sociedad, si me da por ser grandilocuente sin saber realmente serlo.

El caso es que no ha sido demasiado complicado, y eso está bien. Nunca sabes en qué estado mental van a estar tus compañeros de combate una vez que la guerra ha terminado y la paz reina. Deglutimos unas cuantas cervezas y vamos entrando en calor, empezando a notar el hilo tenue de la posibilidad colgando tímidamente del techo. Hacemos algunas migas con el camarero que tiene asignada nuestra mesa, que es gallego y ha venido sólo para trabajar aquí cincuenta o sesenta horas a la semana y morirse del asco el resto del tiempo. El tipo realmente agradece poder hablar con alguien, y nosotros, intuyendo algún tipo de descuento, le dejamos hacer. Una vez agustito Gordo me pregunta que a qué ha venido todo esto, después de tanto tiempo, y yo se lo suelto como viene.

—Quiero montar un garito.
—¿Dices?
—Quiero montar un garito. Nada serio, algo tranquilo. Conciertos, cervezas, ese tipo de cosas. Ya es hora.
—Estás de coña.
—No, tío. No lo estoy.
—¿Vas a montarte un puto negocio ahora?
—Cuándo si no, hombre. No quiero esperar mucho más.
—Estás zumbado.
—No, tío. Estoy sonado. Pero es lo que tengo que hacer. Tengo que hacer algo o volverme loco del todo.
—Demasiadas cervezas.
—No. Esto es cosa de Hyde.
—Peor me lo pones.
—Espero que no.
—¿Lo dices en serio?

Claro que en serio. A ver qué si no. El gallego terminó el turno y se acercó con unas jarras enormes de cerveza de medio litro, y nos pusimos a ello. Después de un par de rondas más fuimos por ahí, rompimos un par de cosas. Me caí sobre uno de los vasos que habíamos sacado del restaurante y me jodí una costilla para el resto de mi vida. No conocimos a nadie pero tampoco hizo demasiada falta, simplemente nos emborrachamos hasta perder consciencia de lo que nos rodeaba. Ni bien ni mal, ni perfecto ni terrible. Un día normal. Acompañamos al gallego a coger el autobús cuando llegó su hora y nos sentamos en un parque con un par de litros en vasos de plástico. Nos pusimos a ver cómo la noche golpeaba por todas partes. Gordo dijo que no teníamos ya edad para eso. Yo respondí que no la habíamos tenido nunca y jamás nos había importado demasiado.

Y se apuntó, por supuesto que lo hizo. No tenía tampoco más remedio que hacerlo. Me preguntó un par de cosas sensatas, pero le dije que era demasiado pronto, que aún tenía que ultimar los detalles. Eso está bien, me respondió. Lo dejé tumbado en el césped y me fui para casa, donde me esperaba el último litro y una cama. Abrí la ventana del salón, abrí la cerveza y me encendí un cigarro. Mirando a la pared me sentí bien por primera vez en mucho tiempo. No era algo que fuera a durar, pero había conseguido, al menos, conciliar los dos mundos un rato. Quizá mis dos protagonistas psicóticos iban a estar de acuerdo en tomar el mismo camino por una vez. Quizá incluso se ayudaran un poco el uno al otro. Quizá incluso se cayeran finalmente bien, quién sabe. Aplasté el cigarro contra el cenicero, cerré la ventana y suspiré un poco, lo justo para igualar presiones. Eché una larga meada bastante placentera y me metí entre las sábanas sintiendo que ya era hora de acelerar el tiempo hasta mañana.