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especulaciones

El de la inmobiliaria me ha dicho que le denuncie, yo, que soy de naturaleza crédula, pues he decidido que no hay mejor forma de empezar la semana, así que el lunes me paso por la comisaría o el juzgado, según me levante con el izquierdo o el derecho, respectivamente.

Acabé el curso de delegado sindical motivado como rambo después de seis meses sin dieta de vietcongs, así que me encuentro capacitado moral y físicamente para liarme a garrotazos y gorrazos con el menos pintado. Sigo en un estado de arrobamiento y tontuna mental producido, seguramente, por el hecho indudable de estar enamorado y me atiborro de horas y horas y horas de sueño hasta el punto de no saber si alguna vez me levanto de la cama o si, por el contrario, sólo sueño que lo hago.

Madre mía.

las cosas II

«Y si tu culo es el que invita yo me quito la camisa
y te espero aquí, en mi almohada, para una fiestecita».

Uno desearía que las cosas fueran más sencillas. Uno le gustaría tener la retórica (en el buen sentido) suficiente como para saber transmitir la idea. La que está ahí. La que no molesta. La que aclara. La que deja bien brunida la armadura, condenada en la armería.

Pero no son así las cosas, las gentes no somos así. Damos tumbos, guerra de trincheras, guerra fría de las emociones pasadas mal digeridas. Cuantas ganas, a veces, de mandar todo a la mierda de una vez y para siempre. Que fácil pasan las frases en la lectura: guerra fría de emociones pasadas mal digeridas, atascadas el píloro, en la boca, en el esfinter anal, recordándonos no sé qué terribles cosas. No sé qué cosas terribles que sólo dicen: «despacio». Prefería «deslizate». Es más sabio.

Como un gato hidráulico atenazando la boca, el ano, todos los buzones corporales que son esfínteres y se cierran, se protegen de las invasiones que siempre parecen venir de fuera.

Pero surgen de dentro. Sería mejor abrir y evacuar, vaciar, limpiar, redención mental.

Un gato hidráulico sobre los ojos, presionando las cejas. Relajando el sexo, reventando el tabique nasal, deformando las mejillas, idiotizando labios rojos labios temblorosos. Me estoy haciendo entero, y lo estoy haciendo mal, terriblemente mal. Me estoy deformando. Me estoy generando deformado. Me estoy creando pensando que lo hago de una nada absoluta, pero es mentira. Todo suma y sigue. Para mí la perra chica. Y a ver de qué coño me sirve la certeza, si no es aplicable en este el mejor de los mundos posibles.

Si dios existe, tiene un sentido del humor complejo hasta el denuedo.

La ropa me estorba porque me dibuja. No quiero lineas sobre mi cuerpo, no me dicen nada, no te dicen nada. Están diciendo cosas erróneas, de hecho. Creo que es evidente. A tomar por culo. Abramos un par de cervezas y a llorar. ¿Por qué? Porque es lo que toca y toca ahora. Lo que toca ahora es esto y reír, después, ebrios, enteros, redimidos, plenos de algo que es todo y nada y lo único que hay, lo único que es. Que le den por el culo al «despacio» y le doy mis abrazos al «deslízate». Y que vengan luego a tocarme las narices con el dolor y los daños y la pérdida y el abandono, y que vengan luego a tocarme las narices y me cuenten cómo coño van a ser capaces de quitarme esto. No quiero más que la rabia diluida en la piel suave y derramada en la risa, y fuera de lugar, y fuera de todo tiempo. Y las sábanas, que también participan, y los vasos y la ceniza y el sentir que estoy transido de ti transiéndote al mismo tiempo y trascendiéndome en ti al mismo tiempo que tú en mí y todo en nosotros justificando el mundo. No es un puto trabalenguas, joder, es la retórica que me falta la que hace que todo parezca un galimatías sin sentido. Pero te juro que es claro, sencillo, liviano. No hay otra porque no hay otra cosa que sea, desde luego no los desayunos y los concesionarios y la tele y el periódico cada mañana o de cuando en cuando. No, desde luego nada de todo lo demás. Esto es lo único que hay, y encima tenemos la puta desgracia de que lo frecuente es lo otro, lo que no es en absoluto. Así que lloremos por todo ello. Después, redimidos, ya sera otra cosa.

las cosas

«Pasa la noche. Y lentamente vuelve a hacerse de día.
Estoy cubierto de nieve. No me muevo.
Llega una señora joven, con un niño.
El niño me ve primero, aplaude, grita:
– ¡Mira, mami! ¡Un muñeco de nieve!
La madre me mira. Abre mucho los ojos.
Me observa aterrada. Chilla:
– ¡En nombre del cielo!
Tira del pequeño. La oigo gritar:
– ¡Socorro! ¡Socorro!
Vuelven. Y con ellos, alguien más. Un policía.
Se inclina hacia mí. Me observa atentamente.
– Sí -opina-. Sin duda alguna se ha congelado. No hay nada que hacer…
La madre no se atreve a mirar hacia aca, pero el niño apenas puede separarse de mí. Se vuelve una y otra vez. Me mira con sus redondos ojos llenos de curiosidad.
¡Vamos, mira! ¡Mira!
Hay un muñeco de nieve sentado en el banco. Un soldado.
Y tú… Tú te harás mayor y no le olvidarás.
¿O sí?
¡No le olvides! ¡No le olvides!
Porque dio su brazo por una mierda.
Y cuando seas mayor, tal vez los tiempos sean otros y tus hijos te digan que aquel soldado no era más que un vulgar asesino… Entonces no me insultes tú también.
Piénsalo. No pudo hacer otra cosa. No fue más que un hijo de su tiempo.»

Ödön Von Horváth. Un hijo de nuestro tiempo.