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factoría de cosas dolientes

Pic01074.jpg

Cena con Rodrigo, grabamos un xp para su maltrecho ordenador, la actualización crítica, un disco de arranque del gran w98.

En el límite de la extenuación física y mental, en el estricto límite, me sirvo un ron y me preparo para escribir esto acompañado de un cigarro de golden virginia. Había pensado… guardar lo que quedó del ron el viernes, comprar un par de latas de coca-cola y meterlo en el fondo de la alacena para la próxima vez que vinieras. Sé cuánto te gusta el cacique cuando no hay maite (santa teresa). Pero luego he pensado que era un error, y le ofrecí ron a rodrigo. Bueno, no quiso, así que ahí quedó, quedará.

Estoy agotado. Lo sé porque empiezo a tener someras alucinaciones. Las distingo porque de repente empiezan a parecerte sumamente interesantes una gran colección de tonterías. Cómo cuelga la ropa del tendedero, por ejemplo, esa camiseta…

Y mañana me levanto a las siete, curro de mañana. Y luego a casa de goyete a acabar con su bicho. Y luego a revisar la segunda novela para el premio (se me acaba el plazo). Después tengo que preparar los exámenes, con suerte terminaré sobre las cuatro o las cinco de la mañana. Cuatro horas de sueño. Después en marcha, limpiar esto, prepararme mentalmente para seguir respirando inopinadamente, sin tener que pensar en ello. Después el trabajo, más novela, más exámenes. Después será jueves. Ya será jueves. Comenzará todo.

Empiezo a escuchar los tambores. Booom. Boooommm. Booom-boooom. Se preparan los torreones, los arietes. Golpéan las sienes los gritos de autoconfianza de los bersekers.

Ahora la botella molesta. Quiera o no quiera, se ha convertido en un recuerdo doliente. De algo que no será, supongo. De algo, en cualquier modo.

el pelo

Voy tomando las fuerzas
del cáliz de la pérdida de tiempo
absoluta, de la
desidia, de la
pereza y el descontento,
del reposo de los reptiles
y del sueño de los gatos,
de la inmovilidad de la contemplación
que me da los arrestos
necesarios como
para no sentirme como una mierda
en estos días peligrosos
de efectividad y de control, de resultados
y beneficios y ascensos inútiles.

Voy tomando de todo y
sobretodo de nada,
de no hacer nada,
de tumbarme en la cama y vegetar,
de hacer la fotosíntesis,
de probar el café y la cerveza de los
dioses, de ver la tele con desgana
y leer metralla,
de comprobar que nada se marcha
mientras no intentes atraparlo,
de soñar con estaciones cálidas
mientras siento como llaman a mi puerta,
de comer con calma y de no cambiarme
de calzoncillos en una semana.

4. De El pelo.
Libro segundo de Metralla.

tren

Cogimos un tren en Atocha
cuando aclaró el domingo. Vestíamos
nuestras sonrisas y llevábamos
un saco lleno de instantes.

(Un saco de instantes no es
nada despreciable, pero son volátiles,
sólo existen en promesa cuando
la vida parece que se abre).

Con tanto peso íbamos lamiendo
el suelo, suelo de gris chicle caramelo,
opuesto siempre opuesto al cielo enfermo
que, nos dijo uno que vendía cupones, está
a veces ahí arriba, donde ves el techo,
que es eso que nunca puedes pasar con la cabeza.

Pero no, eso fue luego…

Con tan poco peso íbamos rozando
el cristal azul manchado de borrones
blancos que, a veces, va y nos llueve. Sí,
lo recuerdo porque tú ibas vestida de
color lata y a veces no podía verte, tú
ibas buscando mi mano y yo las
había dejado trabajando en la barra.
Yo intentaba decirte que no había nada
que pudieras aferrar de mí, pero tú no
entendías mi gramática y, además,
te aburre toda aquella saliva
que yo suelto cuando no sé decir y
quiero.

Así que nos fuimos en el tren
y corriendo nos desvestimos dentro,
era tanto el corazón que nos olvidamos
los calcetines y tuvimos que empezar de nuevo.

Ah, sí… y luego…

Luego nos pesaba tanto el saco,
que entretanto se había llenado de
malos ratos, que nuestras lenguas
lamían el piso, iban recogiendo
su siembra de suelo gris chicle caramelo,
sus epitafios húmedos de quién sabe
qué chismes, qué calendarios. Pero
ya no podíamos abandonar la bolsa,
que entretanto se había hecho cuerpo
en nuestros cuerpos, justo debajo del brazo
izquierdo.

(Un saco de sombras no es
nada despreciable, pero son peligrosas,
estampan sus oleajes en las
pieles que les acogen).

Tren.
De Conejo Azul,
libro tercero de Cercos Vacíos.