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Roger Wolfe. Música de recámara.

He puesto a Bach
en el cassette. Me ha dicho
que se iba a ver a unas amigas
-un favor, me ha recordado, que le debe
a no sé quién-. Yo leo un libro,
fumo, el cenicero
está sobre la colcha.

He apagado todas
las luces de esta casa. Y al volver
-los pies desnudos sobre el mármol-
de la cocina, en una mano el café,
el ascua roja del cigarro en otra,
me he detenido, como con miedo, casi,
a escuchar el latido acompasado de mi corazón.

Música de recámara. Roger Wolfe.

Rojo o negro.

La vida es interesante por muchos motivos. Juanjo, me decía Abe, siempre comentaba que cada día sale un tren a alguna parte. Y es cierto, aunque a veces uno se estanca y parece que el mundo se detiene.

Pero es mentira, todo sigue moviéndose. Te parece que has muerto, pero es mentira. Sucede algo, algo te pilla de improviso (las cosas no se toman la molestia de tenerte en cuenta) y te sientes vivo. Nunca sé qué es lo que me lleva a alguna parte en concreto. Ni siquiera quiero conocer las calles, siempre son una sorpresa. Dejarte llevar con un punto de lucidez para no entrar donde no quieres (ese punto maldito que luego siempre te saltas a la torera a la mínima oportunidad).

Las cosas no se toman la molestia de tenerte en cuenta. No puedo dejar de saber que siempre alguien dice que vas dónde quieres, que está todo controlado. Pero no tengo mucha confianza en eso. Quizá me dejo llevar y eso es lo que hace que todo tenga tanta intensidad. Quizá el hecho de protegerte contra las ostias te escuda además de la felicidad bruta. Introduzco el quizá porque no quiero ser taxativo en esto.

Es una cuestión de receptores. Son los mismos, los mismos se utilizan tanto para la alegría como para el dolor. Si los mantienes abiertos, te van a joder vivo alguna vez, con un 100% de posibilidades. Pero también vas a sentir como un cabrón la intensidad de la alegría.

Tumba o gloria es entonces cuestión de azar.

Rojo o negro.

Algunos tomamos una decisión hace tiempo. La de mantenerlos abiertos. Saber cómo coño vamos a acabar es cuestión de tiempo. No es en absoluto predecible.

No hay nada que se escape al puro juego. Azar.

cuando las cosas suceden

Tomé la decisión de acabar rápido con aquello.
Silencié un exabrupto
me comí un par de silabas
levante el cobre
lo giré
lo retorcí

creo que llamé a las cosas por su nombre,
me parece recordar algo así,
creo que dije que algo era
como afeitar el cielo y llenar
el lavabo de bolas de algodón de nube…

pero no sé a qué me refería exactamente.

Intentaba acabar con aquello,
examinar lentamente el fuego
a la luz del fuego,
reventar el momento, domeñarlo
(ni se os ocurra pensar que los
momentos suceden solos, sin ayuda…).

Ni se os ocurra pensar que
todo es como sucede,
debajo, muy por debajo,
donde las relaciones y las casualidades
se tejen,
donde hay nubes en lavabos
y las caras tienen caras y
dibujan
lentas historias que se rumian
y se digieren después, cuando
se pone en movimiento la historia;
ahí, tan dentro, tan abajo,
es donde es posible meter un
soplo
para rarificar el aire,
especiar el momento,
sublimar (puto pedante)
las
cosas
hasta
hacerlas
parecer
fuerza.

Así que agarré el cobre,
me senté cómodamente en medio,
abrí un corazón de lata
que parecía estar compuesto
enteramente de lata,

metí mi cabeza en las orejeras del
segundo exacto en el que las cosas
suceden

tomé aire

y salí expelido…