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más mierda

«Cuando pienso en ella aún se me encoge el corazón. Y de algún modo ella está siempre.

Cuando ella no está, es decir, cuando tengo plena y amarga conciencia de su definitiva ausencia, todo cesa de moverse y de ser. Si algo tuvo un sentido, lo pierde. Eso es Dios que se ha ido, que ha vuelto a irse, sin avisar siquiera. Entonces se apaga la luz y yo me deshago un poco más en la oscuridad. Me duermo con ambas manos cruzadas a la altura del corazón, sobre el pecho, como los muertos. Desde que Claudia no está he sentido cierta complacencia en ese gesto, o en esa actitud, o en esa íntima decisión de la que sólo me atrevo a insinuar un gesto: quisiera estar muerto. La vida con ella era difícil, porque la vida siempre lo es. Sin ella, no es.

Estoy muerto.»

Javier García Sánchez, Dios se ha ido.

escucho: borrachos

¿Qué acaba con nosotros? Complicado de saber, muy complicado. La desidia, seguramente, la desidia es lo que acaba conmigo habitualmente.

Hago planes para limpiar, pero no limpio. Hago planes para estudiar, pero no estudio lo suficiente. Hago planes para no salir y quedarme leyendo, pero después de algunas horas leyendo, componiendo, escribiendo, salgo (no me quedo).

Es difícil, intento explicarme. A mí mismo ante todo, supongo. Pero es complicado situar a alguien en otra cabeza al cien por cien, creo que incluso es complejo situarme de pleno en mi propia cabeza. Voy dando ideas aproximadas, palos de ciego… y siempre está la pregunta, la de siempre, ¿a qué tal necesidad de explicar?

Me da vueltas una frase que escribí hace, al menos, ocho o nueve años: tenemos la necesidad de ser comprendidos. Voy paseando de regreso del curro y me siento solo, aunque raramente estoy completamente solo. Me siento solo, busco o añoro y necesito ese nivel de comprensión que se confunde casi ya con la simbiosis. No sé por qué cuando estás (en la medida de lo posible) en otra cabeza todo parece más soportable. Cuando tu historia es digerida en dos estómagos es más historia, y al mismo tiempo una carga menos pesada, menos desviada. Al fin y al cabo, hay dos en esto, es más difícil (asuntos del inconsciente) que dos estén equivocados, es muy fácil (asuntos del inconsciente) que uno esté equivocado.

Quizá sea sólo una cuestión de costumbre, y ahora me estoy acostumbrando a otra cosa. En la novela de Marías («Corazón tan blanco»), en una conversación entre dos diplomáticos en la que el protagonista hace de traductor, uno de ellos dice que la gente no sabe lo que no quiere, y mucho menos lo que quiere, que saber lo que uno quiere es imposible. Más o menos eso quiere decir que ni siquiera nosotros estamos en nuestras cabezas. O que si lo estamos no nos entendemos.

Ayer me rapé otra vez la cabeza, y cuando acabé no me gustó lo que vi. Es más, yo ya sabía que no me iba a gustar, que ese tiempo está quemado, cumplió su función. Entonces… ¿por qué lo hice? Es complicado responder a eso. Lo primero que se me viene a la cabeza es «porque puedo». Pero desenredar la madeja que supone esa respuesta es aún más complejo, más tenso, supongo.

En el curro me dijeron que se preocupaban, porque cuando me ven con la cabeza rapada se preguntan «¿por qué este tipo se ha rapado la cabeza?». Ven en el sólo gesto un torbellino de infierno personal que revienta en síntomas visibles. Hay más, supongo, hay muchos más.

Infierno personal… marcado por uno mismo, uno hace tiempo que quiso darse cuenta de que la realidad es mucho, pero no significa nada. Los significados son asunto propio, los manejamos y generamos nosotros mismos.

En el organigrama la desidia está en el centro. Marcando los pulsos que, después, se convierten en impulsos y hacen todo funcionar, haciendo bien que yo limpie o bien que me tire en el sofá a leer mientras el desorden y la suciedad generan más desorden y más suciedad.

Y en el reverso de todo organigrama, debajo de, invisible, está siempre la angustia. Mi angustia deviene desidia neurótica, la de otros deviene inquietud neurótica (la que les lleva a hacer doscientos mil kilómetros con el coche para tomar café en toledo, la que les lleva a ayudar a todo el mundo buscando siempre a quién ayudar, la que les lleva a pasear, a ascender, a correr, a salir de bar en bar, a buscarse en los hechos que se construyen con prejuicios, la que les lleva a competir en cualquier caso, a limpiar, a vivir, a ver puestas de sol, a huir huir de todo soberanamente). Es curioso, porque se da la coincidencia de que, a mi alrededor, toda angustia deviene movimiento, excepto en mi caso, y quizá en el de Koldo y Ortondo.

Supongo que no podemos evitar vernos manidos por el «¿a dónde vamos?»

Pero no olvido que hay gente que hace grandes cosas son su angustia personal, que tienden y suelen conseguir apaciguar al bicho con todo lo que hacen. ¿Es una mentira?, pregunto. Me pregunto en qué calibre determinado una mentira funciona como una verdad. Me pregunto qué calibre tiene la mentira de estar aquí, ahora, escribiendo esto, no engañando en ningún hecho pero no incluyendo todos los que se dieron (al principio escribí «no diciendo ninguna mentira, pero tampoco incluyendo toda la verdad», pero es inexacto, no hay verdad, hay hechos. Cuando hablas con otros hay hechos que se dieron o no (y en ellos incluyo las sensaciones, los sentimientos…), cuando uno habla con uno mismo hay verdades y mentiras, los distintos juegos del análisis de la realidad, o, más preciso, de la sentimentalización de la realidad que cada cual realiza en sus adentros), me pregunto, decía, qué calibre tiene la mentira de estar aquí, ahora, explicándome, esquivando caer en el historicismo, huyendo de tender a justificarme en mi propia historia. Intentando, tentando, la asepsia del científico ideal (que no el real), del narrador perfecto en alguna ideología periodística, aquel que representa la realidad no en una foto, ni en un cuadro, sino en palabras. Pero, al mismo tiempo, sin tocarlo todo.

¿Desidia o instinto narrativo? Que cada palo sostenga su vela.

Hay zonas muertas en las que no se entra (¿por qué la guitarra sigue dentro del carrito de Hiper Usera, inmaculada, pura, sin mi contacto en, al menos, una semana entera?, ahí no me meto ni aunque me vaya la vida en ello, y lo curioso es que me va). Zonas muertas que son la mierda que se tapa con perfumes y/o flores. Inventamos un asiento con agua en su fondo que disimula el olor y, después, lleva la mierda lejos. No nos importa dónde. Lejos de nosotros, en cualquier caso.

Sí… quiero llevar una parte de mí lejos, donde exista de tal modo (de nuevo el asunto de los calibres) que sea exactamente igual que si no existiera. No me importa si lo hace o no, de hecho, me deshago (me desdigo) de ella.

Curioso.

Es curiosa la sensación de repugnancia cuando uno mete las manos en la mierda (por eso no puedo tocarlo todo), porque uno se da cuenta, y esto es lo peor:

de que la mierda (es cierto) es la angustia inmediata.

Joder. Es eso. La mierda nos pone en contacto con lo que se da detrás del telón. Rectifico: con lo que sucede realmente (y a estas alturas, joder, ¿qué es real, que es eso de decir «lo que sucede realmente»). Ahora hablo de mí, y digo: puedes correr, o quedarte sentado, o limpiar, o dejarte vencer por la desidia que te lleva indefectiblemente al sofá y el libro, al pensamiento tumbado, pero no toques la mierda.

Si tocas la mierda, si metes las manos en ella, si la saboreas (si la sabes), entrarás en contacto con la realidad. Con el bicho muerto de hambre que exige algo que no se da, un imposible, al fin y al cabo. El bicho está ahí, y es real precisamente porque tú le haces mierda.

Joder. Esa es otra. Joder. Mejor estarías limpiando la taza del váter (eliminando restos que te recuerdan la mierda).

Lo dije: la realidad es mucho, pero no significa nada.

La única forma de exorcizar al bicho es sentándole a tu mesa. Compartiendo tu vino con él.

Al hacerlo mierda lo eternizas.

Joder. Creo que es claro. Joder. No asumimos, negamos, nos negamos, seguimos como si (y eso es importante, seguimos como si nada hubiera pasado, como si todo fuera la misma vida, cuando la vida real que nos condiciona está viajando por tuberías hasta derramarse en algún lugar, no nos importa cuál, donde existe a efectos prácticos como si no existiera de ningún modo).

La única existencia posible de una realidad que no se da, es en forma de mierda. La mierda es el estadio final de lo que no fue, de lo que ya no es de ningún otro modo.

(Iván, por qué te vas, tú me hubieras dicho: lo que es es y no que no es no es, y todo se hubiera esfumado como lágrimas en la ducha).

Yo mismo mantengo dentro de los parámetros de la realidad lo que no se da (venga, tío, ¿por qué no sacas la guitarra del carrito?, ¡mete las manos en la mierda!).

He visto tipos duros como el acero con la columna vertebral partida en dos. En vez de flexionar, aguantaron hasta quebrarse. Ahora decoran los únicos museos no falseados del siglo XXI, que son los bares de viejo.

La vida real que nos condiciona está viajando por tuberías hasta derramarse en algún lugar, no nos importa cuál, donde existe a efectos prácticos como si no existiera de ningún modo. Y ese mismo acto es el último residuo de realidad de la vida real (por haberla convertido en mierda) que nos condiciona, y que dejaría de hacerlo si metiéramos las manos en la mierda, si la sentáramos en la mesa

para verla desaparecer como algo que no es. Simple. Curioso.

La obliteración es el destino final de un error. Quisimos tapar con perfumes y/o flores lo que ya no es, lo que aún queremos seguir siendo o lo que ya no queremos ser en modo alguno (aunque somos y por ello induce vértigo), nos hicimos a la idea de que obliterar significaba erradicar, y no entendemos (no entiendo) que el simple hecho de digerir (y no obliterar) hace que lo que no es se diluya, deje de molestar, desaparezca con el verdadero calibre de lo que no es.

Y, sin embargo, no olvidamos. Si no olvidamos no nacemos. Si no nacemos continuamos.

Y, sin embargo, siempre he sido un romántico, siempre he pensado que hay sentimientos que me superan, que existen (en el más alto grado, o calibre) independientemente de que les tache o les siente a la mesa.

Ya les senté a la mesa, no nos engañemos. Y acabaron con mis provisiones y se adueñaron de mis lagrimales. Ya les senté a la mesa, no nos engañemos, con la esperanza de que se esfumaran dejando sillas vacías, pero no lo hicieron, rieron mis chistes y se adueñaron de los postres.

Entonces, ¿qué?

presente

«Necesita llevar a cuestas el sufrimiento de los judíos y la vergüenza de la nación germánica. En cuanto a ti, necesitas percibir gracias a su cuerpo que todavía estás vivo en este instante.
Ella dice que en este instante no siente nada.»

Gao Xingjian. El libro de un hombre solo.

«Hasta los vicios y los crímenes morales conllevan muchas veces algunos rasgos de lo sublime o de lo bello. Por lo menos así aparecen a nuestro sentimiento sensible, sin ser examinados por la razón.»

Immanuel Kant. Observaciones acerca del sentimiento de lo bello y lo sublime.

«A quien no haya experimentado esa vivencia, la de tener que mirar y al mismo tiempo desear ir más allá, le resultará difícil imaginarse cuán nítidos y claros subsisten juntos y son sentidos juntos esos dos procesos en la consideración del mito trágico: mientras que los espectadores verdaderamente estéticos me confirmarán que, entre los efectos peculiares de la tragedia, el más notable es esa coexistencia.»

Friedrich Nietzsche. El nacimiento de la tragedia.

Cuando llego a casa todo está en perfecto orden, esto es, en un desorden personal y esmerado. No hay ni un solo vaso limpio, y el resultado es una cocina perfecta, hermosa, bella. El armario y los cajones han vomitado y toda la ropa está esparcida por mi inmenso dormitorio, como soldados aniquilados caídos en posturas imposibles durante una batalla inventada. Abro una lata de medio de mahou clásica (unos niños con más barba y ganas que yo compraban cinco estrellas, cayendo con ello en una de las más tremebundas blasfemias), y empiezo a buscar el móvil.

Hace tres días que no lo enciendo. Simplemente no me apetece. Loli diría que estoy temiendo una llamada, y por eso no lo enciendo. No tengo ni idea de esa gran cosmogonía mía y no-mía que está empezando a surgir de forma independiente y de un modo patente en mi cabeza. Pongo a sober en el reproductor. Una cosmogonía extraña, ya digo, fruto de una sensibilidad centrada, que es fruto, tardío e inopinado, de un posicionamiento (pasado ya) excentrado, en el cuadro (modelo T) de lo importante. Curioso.

De un sorbo trago a sober y la lata de medio. Enciendo un cigarro. El ordenador va bien, el teclado es dócil y responde férreamente a mis suaves órdenes.

Es curioso, no recuerdo cuándo empecé a escribir sin mirar el teclado. Es muy curioso, porque esa forma de escribir determina, decididamente, lo que escribo. Escribir tan rápido hace que uno no se detenga a considerar lo que sale, sino que, simplemente, uno se sienta y vomita rápido, muy rápido (claro, de otro modo no podría hablar de vomitar, o de diarrea), mirando la pantalla, como si hiciera falta (aunque me parece extraño, llega un momento en el que, sin mirar, uno sabe incluso cuándo se ha equivocado al teclear).

El caso es que encuentro, al fin, el móvil, debajo de unos pantalones que están debajo de una camiseta debajo de unos calcetines. Es curioso, jamás hay calzoncillos por el suelo. Van directos al cesto del baño. Costumbres no discutidas ni discutibles. Enciendo el cacharro después de enchufarlo al cargador y me largo al baño, sin esperar a que encuentre la cobertura y empiecen a llegar los mensajes de llamadas perdidas, los mensajes que no encontraron la luz al otro lado para derramarse en palabras en una pantalla.

Sober, en cualquier caso, tapa los pitidos de alerta. Ya en el baño decido poner incienso en el salón. Lo hago sin mirar a la mesa, donde el móvil se carga a sus anchas. Vuelvo al baño y me siento en la taza.

Me pregunto qué personalidad depravada puso el agua ahí, para tapar lo que no se puede tapar, ese «inoportuno rastro de tierra» que nombraba Goethe, y los perfumes que (tanto en los retretes como en los entierros (las flores)) intentan tapar la realidad de lo que sucede allí, pero fracasan. Se mezclan con el hedor (que no es tal hedor, es simplemente olor de lo que acontece realmente), el incienso que llega desde el salón se mezcla con mi propio e inconfundible olor, y la resultante es una tangente rara, mixta, nueva. Nunca desvirtuada, la mezcla nunca lo es. Aunque apabullantemente lo crea así un amplio porcentaje (aún) de la humanidad.

La casa se pregna de olor, de olor a mierda e incienso, de olor a cosas pudriéndose en los cubos de basura (uno en cada compartimento de la casa), de olor a mi colonia favorita (decía ayer mari ángeles: «no sé cómo lo haces, pero siempre hueles bien, siempre hueles tan bien…»), de olor a lactovit (abierto) y johnson, a café mucho menos que recién hecho, a mahou clásica. Se pregna de olor.

Mi colonia favorita no es una colonia especial. Pero se combina de forma afortunada con mi propio hedor-olor personal. Leve, pero presente y tajante. El resultado es una mezcla afortunada que me hace oler bien. Curioso.

Cae lo que tiene que caer en el agua. Una vez inmerso en ella, no huele. O huele menos. Después, al tirar de la cadena, desaparece. ¿Dónde va? No creo que le importe a nadie realmente. Eso dice mucho al respecto, al respecto de todo. Si a nadie le importa dónde va es que a nadie le importa su mierda. Nos quedamos con el olor del desodorante, con la limpieza de lo limpio (y lo vulgar, en cuanto compartido), pero a nadie le preocupa dónde va lo que ya no quiere, lo que prefiere mantener lejos.

Sobre eso hay mucho que decir, me temo. Hay casos más que evidentes, como la mierda en sí, o la peste (hedor-olor) de las axilas después de hacer el cabra con la bici o con una raqueta o un balón.

Pero supongamos que hay rastros, rasgos de la personalidad que tienen el carácter inoportuno de la mierda, que preferimos mantener lejos. Decía no hace mucho que negarse a contar algo a los demás presupone negar ese algo ante el tribunal terrible de uno mismo. Esa es la mierda del carácter, aquello que nos negamos (y, por supuesto, negamos contestando con silencio ante los demás: no contamos lo que no existe). Intentamos tapar el hedor de lo que sucede realmente.

Intentamos tapar el hedor de lo que sucede realmente en nuestra cabeza.

Negamos el fracaso no contándolo, o disfrazándolo de logro (si podemos).
Es un mal principio.

La mierda produce vértigo.

(Y, si sigues la bitácora habitualmente, intenta explicar eso en dos palabras, mierda por un lado y vértigo por el otro).

…………………

Con la mezcla olfativa me he puesto a escribir, en un teclado dócil, sin necesidad de mirar lo que hacen mis manos, sin necesidad de mirar la pantalla, mirando realmente a un punto inoperante entre los dos volúmenes del diccionario de la RAE. Enciendo un cigarro oportuno.

¿Qué es lo que saco de todo esto? De acuerdo, la mierda produce vértigos, ¿y?

Cuando venía caminando me he encontrado con dEMASIÉ y hemos hablado un rato breve. Le he comentado que ayer venía de Madrid a las tres de la mañana y estaba todo cerrado. Después, en la rotonda, me he encontrado con uno de los colombianos del miércoles de feria. Me preguntó si volví por allí a tocar. Le dije que sí, que el viernes. Sonreía mucho. Dejo buen recuerdo. Abraso de algún modo que no llego a comprender, pero que me persigue a lo largo de las relaciones (Nuria, another ex, me dejó después de un fin de semana en Navacerrada con un grupo de niños (entre 8 y 14), después de que me hiciera amigo de los monitores, de los críos y de la gente del pueblo, no soportaba tanta presencia (es decir, no soportaba tan poca presencia en su caso particular, es solemnemente revelador sobre alguien como ella, después fue ella quien dejó a la rubia y mucho antes ella quiso volver y yo no quise y decidí estar un año sin relaciones y… uff).

Dejo buen recuerdo.

Cuando uno empieza a tener muchos encuentros así es que está abusando del Kombate. Es algo que aprendí hace mucho tiempo. Abusar del kombate no sólo significa que te estás pasando, chaval, que dejas buen recuerdo, que vayas donde vayas siempre encontrarás a alguien, que siempre habrá una fiesta disponible en cualquier parte. Esa es la parte positiva, pero tiene una negativa, recuerdo:

«No aprecias a la primera a aquellos que conoces, y eso es precisamente por tu facilidad para conocer gente. Cuando tienes esa facilidad, tienen que tocarte mucho la fibra para que quieras repertir».

Es decir, la cantidad hace despreciar la calidad, supongo. No quiero entretejer una suma confusa de relaciones superficiales basadas en la juerga, a la que estoy tan dispuesto precisamente porque estoy muerto (no tengo nada que perder, yo ya estoy muerto, serán los muertos quienes enseñen a vivir a los vivos).

Sober sigue sonando y el tiempo se agota. Después de la tercera lata de medio de mahou no puedo seguir aquí. Ahí fuera hay un mundo entero que llama, que golpea en mi puerta, que llama al teléfono (encendido la luz encuentra una pantalla en la que derramarse, un pequeño altavoz en el que sonar y hacerse tangible, audible, comprensible). He comprendido algo, algo crucial, acaso, he comprendido algo que no me va a ayudar a seguir viviendo, porque entender no es necesariamente sinónimo de vivir feliz, no es una relación biunívoca, no lo es de ningún modo, sino más bien una relación inversamente proporcional,

cuanto más comprendes menos sabes vivir feliz.

Es una palanca, un columpio de niños en el que si uno esta arriba sabe a ciencia cierta que el amigo está abajo, abajo… y cuando ves al amigo encima de ti sabes que tú estás abajo, abajo…

Y en la ebriedad encuentro la desconexión, cada cual a lo suyo. En la ebriedad, la catarsis del carnaval, la euforia del inocente, el camino del salvado, la tierra del silencio patente y presente, inmediatamente presente (y no erremos, por Dios, inmediato no es sino carente de mediadores en el proceso, lo inmediato es lo que nos llega directamente, sin interventores ni intervinientes, lo inmediatamente presente es aquello que es sin servidores, lo que ES, en suma).

Le decía a Loli que sobrio me aburro. Y me equivocaba. Simplemente es que sobrio no estoy.

salir, beber, el rollo…

Al fin y al cabo lo importante es terminar a cuatro patas, vomitando y riendo y viendo la vida pasar tranquilamente (todo lo tranquilo que se puede estar a cuatro patas, vomitando, tumbado en un suelo frío y mojado de este Madrid regado de agua y engrasado permanentemente).

Sales, entras, sales y soles y vamos a los enemigos, donde nos ceban justo antes de la matanza, que es la hora de pagar, en la que estás tan idiotizado por los litros de aceite de semillas de camión que rezuman de los calamares congelados, las alas de pollo carbonizadas, las patatas refritas bajo el régimen clausurado de seis salsas (indefinible número 1, indefinible número 2 (¿ali-oli?), indefinible número 3, 4, 5 y 6), idiotizado por la salsa rosa de los palitos de cangrejo, la mortadela más muerta que enferma y un brevísimo etcétera que se me escapa ahora mismo. Bien curtida ya de cerveza la cara interior del estómago uno afronta lo que sea, y:

nos vamos a un irlandés, donde un grupo de tres o cuatro gilipollas de ambos sexos cantan versiones de las canciones más deplorables de la discografía nacional de los últimos años (incluyendo «sabor de amor» esa gran monstruosidad monocorde, limitada y estúpida), apuro las copas y hablo con un señor gordo lleno de ideas que me reconforta, uno se siente menos raro cuando le oye hablar del libro de física que prepara para los institutos (que lo prepare con refuerzos de acero, es lo único que entienden…), de cómo quiere hacer la física visible más que razonable, algo de yazz, algo de filosofía vital… el señor es el marido de Loli, y una vez conocido no me extraña en absoluto. Gente encomiable les mires por donde lo mires. Raros hay por todas partes. Estamos imantados, y siempre nos llamamos de algún modo. Es fácil encajar con un polo opuesto (en este sentido metafórico).

Apuro j.w. con 7up y me río al pensar en la cara que pondré mañana cuando mire el saldo de la cuenta del banco. Jejejejejeje. Todavía me estoy riendo.

Seguimos hablando y yo sigo sintiéndome menos raro y me siento triste porque ivan se pira del curro y se le va a echar de menos.

Ivan tiene la simplicidad. Lo que es es, y lo que no es no es. Un fiera. Trasciende los problemas, los disuelve con una simplicidad pasmosa. No le veo capaz de verse enredado en una muerte mucho tiempo.

Fotos con mari ángeles, abrazos, risas, muchas risas. Estoy sembrado, supongo. Me siento levemente borracho, lo suficiente para no morir hoy, al menos. Ya moriré mañana, si tengo tiempo.

Despedimos el carrusel de los hombres magníficos y Roy, el galego y un servidor se montan en el gale-móvil y se disponen a enturbiar la grata y ordenada moral de Alcobendas, aunque la cosa se complica cuando, al llegar, constatamos con pavor que todos los garitos están cerrados.

– Dios mío. ¿Qué día es hoy?
– Jueves.
– Y después del jueves… ¿sigue viniendo el viernes?
– Creo que sí.
– Pues no lo entiendo.

Al final encontramos una luz y a ella nos asimos, detrás de la luz hay un viejo conocido de kombates del pasado que ahora se ha hecho dueño de un garito.

Hablamos un par de horas de lo que fue y estuvo y siempre fue. Me saca los colores recordándome lo que he sido antes de que llegara el usurpador que soy ahora. Al final la votación es unánime:

Gallego y Roy: cabrón, cuánto has vivido.

Yo: el recuerdo deforma.

Gallego y Roy: no nos interesan las interpretaciones, sólo los hechos, y ellos hablan.

Yo: pues tomemos una cerveza.

Gallego y Roy: ¡¿Otra?!

Y nos vamos con la chica del ombligo y la espalda perfecta atravesada por cuerdas que sujetan un trapo que tapa a duras penas sus tetas, y después me encuentro, en la calle

con alguien al que conocí en un acuario, hace años, y no volví a ver en años

después, hace algún tiempo, le retomé en un garito, intentando burlarme de alguien, sabiendo cómo pero no de quién.

en un concierto al lado de las ventas al que no iba a ir

y ayer

cosas que sudecen.

Sentado en casa me metí en la novela hasta que no pude más y me dormí, ébrio de otros pasados que no son El Pasado y reconfortado en pensar que lo que fue puede volver a ser y en que doy un concierto en el local del colega y en qué bien sabe la cerveza y en qué raros son los toros.

Me despierto esta mañana con las teclas del teclado marcadas en la mejilla izquierda. Es la una. Me meto en la ducha.

Qué bien se está allí, de verdad. Qué bien huele el gel lactovit comparado con, por ejemplo, los baños de los garitos. Qué bien me encuentro allí, sentado mientras noto el frío en general y el calor en la franja afortunada de mi espalda que recibe el agua caliente, con la nariz en el dispensador (¿de qué coño dispensa?) del gel perfumado y perfilado para gustar según recientes estudios de mercado y todo suena bien el agua suena en mis oídos como una cascada cambio de postura no dejo el lactovit ni el puñetero johnson y huele bien con todo lo mal que huele todo lo demás no dejo de notar que todo apesta fuera menos ahí que hay agua caliente soy un puto afortunado hay agua caliente y gel y champú y es menos evidente que me retuerzo y me escorzo para salir adelante que las paso putas de vez en cuando y demasiado a menudo o que todo apesta y nada es claro

porque normalmente ni dios tiene ni puta idea de por qué hace lo que hace. Y muchas veces, cuando lo saben, se mienten, se dicen cosas que no son que les hacen hacer cosas que no quieren y al final revientan y vienen a explicarte por qué se vinieron abajo y tú haces como que no sabes y aguantas el chaparrón de sinceridad malmetida y dices: agarra una cerveza, tío, y abrázame, cabrón. Y no miras a otra parte cuando lo viste todo el tiempo y es claro

que se está bien aquí, metido en la bañera, con el chorro de agua caliente, lactovit y jodío johnson, y todo lo demás pertenece a la realidad, fuera de la burbuja de buen olor y calor, en la que prefieres vivir al fin y al cabo. La realidad es como es y es divertida, pero qué bien viene, de cuando en cuando, la burbuja dentro de la cual el agua está calentita y todo huele perfectamente bien.

saludos, cerveza y lactovit