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festimad

Festimad, eso es lo que me ha alejado de la bitácora, del reto.

Una burrada.

Era sábado. Vinieron a buscarme Rosa, Marcos y dEMASIÉ para acercarnos. Tomamos algo de cerveza en casa. Me puse unos pantalones de pirata, unas sandalias, un gorro que le robé a Marcos y nos pusimos en marcha. Fuimos a buscar al clip.

Al llegar allí tomamos más cerveza, luego pasamos por un centro comercial y después a caminar. Llegamos y montamos la tienda. Fuimos a ver unos conciertos. Luego se hizo la tarde. Conocimos a unos mejicanos. Me lié con una de ellas. Tenía unos labios carnosos y, sobre todo, suaves. Inmensamente suaves. Nos despedimos. Más tarde empecé a llorar, por todo un poco, y Rosa me consoló como pudo.

No sé por qué lloraba, si por los labios tan tiernos o por la angustia de los últimos meses, o por el dolor de los últimos meses, o por la vida ahogada de los últimos meses. Supongo que un poco por todo. Luego Rosa me comentó que jamás me había visto llorar de ese modo. Espero que no vuelva a verlo.

Más conciertos en esa misma tarde, más cervezas. Se hizo la noche y nos sentamos un rato en el césped. Se estaba muy bien allí. Después regresamos a la tienda. Yo inventé un rollo estúpido que nos hizo reír toda la noche. Porque no dormimos. Por la mañana hice estofado de conejo con el abuelo de Chechu y pillamos más cervezas en el bar de la estación, ya de vuelta. La verdad es que no puedo ponerlo aquí todo, qué más quisiera (o qué no, porque fue un rollo tan bestia, tan bruto, tan alcoholizado y lleno de risas a mandíbula batiente (tengo agujetas) que me avergüenzo, al menos a medias).

Fuimos a comer a un centro comercial. Más cervezas. Luego jugamos a los bolos. Más cervezas. Después fuimos a tomar unas cervezas. Yo no hacía más que perder mi cartera por todas partes, y rosa me la recogía. Salí un segundo antes que ellos, me senté en unas escaleras. Fui consciente de dos cosas:

1. Que había vuelto a perder la cartera.
2. Que todos estos se iban.

Intenté pensar, pero no había mucha claridad mental. Les llamé y no me oyeron, así que me fui corriendo para dentro, suponiendo que mi cartera estaba en el suelo. No la encontré.

Cuando salí tampoco les encontré a ellos. Busqué en todos y cada uno de las dos docenas de bares, en las terrazas. Me fui a donde recordaba que habíamos aparcado. No estaba la furgona.

Me sentí una mierda. En medio de ninguna parte. Con la cartera recién perdida. Sin móvil, sin llaves de casa (todo estaba en la mochila, dentro de la furgona). Una mierda. Un mierda. Me sentí un mierda. Un perfecto mierda. Tenía el pantalón vomitado (no por mí), los pies negros. Supongo que apestaba. Sólo hay un sitio al que no tengo que llamar antes de ir y en el que, además, hay una copia de mis llaves. Fui a casa de mis padres. Con aquella pinta terrible.

Mi padre me dijo: mejor vete a casa, tómate una ducha, duerme. Agaché la cabeza, cogí las llaves, me fui a mi casa, tiré toda la ropa en el cesto.
Estuve mirándome así, en bolas, en el espejo. No sé muy bien qué pensar al respecto.

Me di una ducha ardiente y larga (me sentía tan mierda…) me froté bien, curé las heridas que me revientan los pies (por haber llevado sandalias). En ese momento no tenía cartera, y mi único medio de comunicación estaba en la mochila, en la furgoneta.

Aislado y sintiéndome una mierda me tumbé en el sofá. Estaba roto y humillado (y no sé por qué), roto y deprimido. No me comprendo. No entiendo nada. Me lo pasé de puta madre. No sé dónde voy. No sé dónde ir.

Esta mañana vino mi madre. Supongo que estaba preocupada y, además, la llamaron del centro comercial para decirle que mi cartera estaba ahí. Supongo que tenía el número de mis padres anotado en algún lugar de la cartera.

Yo seguía roto, pese a haber dormido trece horas.

Recogí la cartera después de una conversación completamente kafkiana con los seguridad del centro. Compré una botella de litro y medio de agua. Fui al curro.

Qué bien se está en el curro. Todo tiene un sentido definido.

Ya irán saliendo cosas de todo esto.

Cosas que recordarme contar:
el rollo de chechu
el documental sobre kamikaces
la pulsera y el gorro
la sensación al ir a recoger la cartera
(joder, se me escapa aún la mayor parte de todo)

el gobierno de las palabras

vuelvo a repetir lo del tiempo, pero como el reto me lo he impuesto yo, pues llanto desvirtuado:

tú que no sabes mentir, que te tomas la vida al despertar,
andas de aquí para allá, temiendo hacer eco con tu voz.
Tú, que te ríes sin ruido al decirte que no sé dónde voy,
escondes la risa en la mano y mueves la cabeza, no me niegas.

Vamos a ver dónde está tu enigma ahora: aniquilado entre tus miedos:
congelado por la escarcha.
Vamos a ver cómo sales de esta escena (encajonada en mis palabras),
tengo tu mano en mi mirada.

Tú que no quieres decirme que piensas que todo se hizo ayer,
que llegamos más tarde que pronto, cuando todo tenía un nombre ya.
Y tú que no sabes decirme (y lo intentas) que me paso queriendo mucho
escondes la risa en tu mano y mueves la cabeza, no me niegas.

Vamos a ver dónde está tu enigma ahora: aniquilado entre tus miedos:
congelado por la escarcha.
Vamos a ver cómo sales de esta escena (encajonada en mis palabras),
tengo tu mano en mi mirada.

Y vamos a ver si de una vez aciertas,
si me dices un no rotundo antes de la última cerveza.
Y vamos a ver si mantienes las piernas cerradas,
es difícil no rendirse cuando gobiernan las palabras.

las horas comprimidas

Vete a saber por qué motivo viven los demás, o tú mismo. Me he levantado feliz como una perdiz, me he hecho un café portugués que es como una coz en el estómago y me he metido corriendo en la ducha. Era tarde. Más o menos como siempre. Ayer estuve componiendo la primera canción del reto este, tomando algo de cerveza, fumando mucho, escribiendo poemas cuando me hartaba de intentar encajar algo digerible en la música, pensando en si imponerme el reto o no, en si significaba algo o nada, en si me iba a evitar estancarme en una patada perfecta que nunca acaba de llegar.

Y vete tú a saber por qué motivo viven los demás, si están felices habitualmente, o si sólo lo están cuando no están solos, cuando no se quedan con ellos mismos, se miran cara a cara, encienden un cigarrito y dicen «¿y ahora qué?». Y entonces se lanzan al bullicio frenético.

Creo que si tuviéramos las cosas claras no habría tanta febril actividad. Estaríamos más quietos. Pero cuando el del ático pregunta es mejor estar haciendo algo, supongo.

Me he encontrado con un amigo en la parada del bus, hace tiempo que no le veía. Se ha comprado con su novia una casa a medio minuto de la mía. María está en Málaga con un alemán. Torio vive por ahí lejos, con su novia. Vete a saber por qué enciende la barbacoa los sábados, o qué le echa al fuego para que prenda bien. Iban a Aki, a mirar azulejos. Bueno, no es tan malo. ¿Algo de melancolía? No, no en principio. Ellos iban a mirar baldosas, yo ya iré, en su momento. Ella era callada. Cuando a él le empezó a sonar el móvil y se enfrascó en una conversación, se hizo el vacío y ella y yo miramos el aire. Parecía ser sumamente interesante.

Por levantarme tan tarde y salir de casa medio dormido, me llevé el abrigo de invierno. Hacía un calor espantoso. Un verano bacilón, aún adolescente, haciéndose el gallito. Bien me reí de él cuando salí del curro y un fresquito estremecedor me recorrió el cuello. Verano principiante.

Mucho curro. No paré. El tiempo se comprime cuando te ocupas bien. Desde hace una semana tengo la sensación de que mi jornada laboral es de media hora, más o menos. No me entero de nada. Mañana ya viernes. Al mismo tiempo el hecho de evitar pensar, durante el trabajo, en algo que no sea el trabajo mismo me hace estar mejor engrasado después. Más rápido. Se comprimen las horas desde las 14 a las 22. Se comprimen y liberan a las demás. Excepto cuando duermo. Esa es la compresión absoluta.

Vi a Juan. Saliendo de un coche, trajeado. Juan es el del panda del instituto, ya lo dije por ahí. No voy a buscarlo ahora. Hay días de coincidencias tremendas que te dejan sin aliento. Preguntándote si es verdad que esta todo tan bien tramado como parece. Días fértiles, supongo, en los que te suceden cosas que en la medianía de los demás no ocurren.

No sé dónde voy, pero empieza a interesarme el tema.