



| uno | canciones | poemas | relatos | fotos | vindicaciones |perdiendo | temporada XXIII




En el centro de la habitación, gracias al cordón umbilical del cable que serpenteaba hasta el pequeño hornillo desde una de las paredes del fondo, Tan preparaba algo que parecía comida. Sintió hambre, pero no quería tentar la suerte. Todo lo demás, todo lo que no era Tan y su improvisada cocina, era pintura. Marla, desnuda de la cintura a los hombros, daba brochazos a tres lienzos colocados uno al lado del otro, en éxtasis.
–¡Ha venido tu amigo! ¡Ha venido tu amigo!
Pero ella no se dio cuenta durante algún tiempo, no al menos hasta que girando la cabeza escorándose en una nueva perspectiva sus ojos toparon casualmente con él.
–Oh, estupendo. Tan, fuera. Necesito rebotar un poco.
Había algo en esos lienzos que no era capaz de descubrir. Algo en la sinceridad con la que le hacían entender cierta parte del mundo mientras los miraba. Él se esforzaba en evitarlo, y lo hacía de verdad, pero no conseguía más que sentirse atraído sin remedio por el modo en la que las formas y los colores dibujaban mentiras. Lo que había allí no era la realidad, él había visto y pensado lo suficiente como para saber que esos no eran los colores, que aquellas no eran exactamente las medidas, que era imposible que pudiera encontrarse con algo como lo que estaba mirando en ninguna parte más que allí. Y sin embargo… Sin embargo miraba, no perdía el contacto.
–Es buena, ¿eh?
–No tengo ni idea.
–Sí la tienes. Por supuesto que la tienes. Tú lo comprendes, y eso es lo que ella ve en ti.
–Lo que ella ve…
–Sí, rebotador, sí. Lo que ella ve en ti. Ella es una natural.
–¿Y yo?
–Esa es fácil. Tú eres un afortunado.
–¿Un afortunado?
–Claro. ¿Quieres saber en qué lo eres?
–Por supuesto. Sorpréndeme.
–En que seguridad está abajo. Y tú estás aquí.
–Seguridad no está abajo.
–¿Cómo lo sabes?
–Porque ya habrían llegado aquí.
–Oh, bien. La serpiente se muerde su propia cola. ¿Qué harías si ya hubieran llegado?
–Entregarme.
–Oh, ohoh, falso. Tenemos que huir, iluminado.
–¿Estoy soñando?
–Bueno, quizá estás imaginando que estás soñando que estás soñando. Pero desde luego no estás soñando.
–Me estás tomando el pelo.
–Te estoy tomando el pelo.
–Seguridad no está abajo.
–Por lo que sé, seguridad está abajo.
–Me aburres. Quiero seguir mirando los cuadros.
–¿Para qué? No son nada que no conozcas. Yo voy a salir por la ventana. Si sales rápido, te estaré esperando. ¿Ves aquella luz? Estaré detrás, en los callejones. ¿Podrás encontrarme?
–No.
Intentó no mancharse demasiado las suelas de los zapatos con pintura, le sería difícil explicarlo luego. Ella dormía, desnuda, en un precario equilibrio. La sábana le cubría la mitad izquierda del cuerpo, y la mitad derecha se protegía con los flecos de tela sobrantes. Se movía ligeramente al respirar, y cada vez que lo hacía trozos de piel aparecían y desaparecían aleatoriamente en cada uno de los movimientos. Bajó al portal, miró en las pequeñas grietas. Dentro no había agentes. En los buzones no había agentes. Registró en cada peldaño de la escalera y no encontró a ninguno.
Si alguien les había llamado lo había hecho mal. ¿Quién podría haber allí, de todos modos?
Volvió a subir y se sentó al lado del hornillo, después de apagarlo. Todo el conocimiento parecía surgir de aquella pequeña unidad eléctrica. Podía haberse dejado llevar por la situación y conferirle más poder del que tenía, pero no era nada más que eso. Algo humeando.
Ella despertó y le preguntó que dónde se habían dejado la realidad. Él le dijo que esa conversación le aburría, así que ella volvió a pintar. Y cada trazo que daba le pareció que estaba en el milímetro exacto en el que debía estar.
–Ha sido Tan, ¿no?
–Creo que sí.
–De acuerdo, entremos.
Ya estaban dentro, pensó. Lo importante debía ser salir.
Dormida. Estás dormida y no me atrevo a despertarte. Y no lo hago por muchos motivos, aunque ninguno de ellos tiene sentido. Por un lado me gustaría que siguieras así (pero un poco también quiero que despiertes), por otro no quiero que descubras donde estamos. Tampoco quiero que estés donde estamos, si puedo evitarlo.
Menuda estupidez.
Y ayer, con todo el lío, no me atreví a decirte que todo estaba bien. Me lo preguntaste directamente. Me miraste a los ojos y me dijiste «eh, ¿va todo bien?», y para qué complicarse. Para qué hacerse ideas equivocadas sobre desilusiones complicadas. Para que seguir oteando el horizonte cuando no hay. Sigo diciendo un montón de tonterías sobre todo lo que sucede. No puedo hacer mucho más.
Dejamos los ciclomotores en el aparcamiento, no estarán allí cuando volvamos. Lo sabíamos y nos daba igual. Al fin y al cabo, para cuando regresemos serán otras cosas las que nos importen. Si hay alguien que se oponga que los coja. Que rompa los candados, que los robe. Tarde o temprano lo harán unos u otros. Yo soy un regalo para ti, tú eres un regalo para mí. Pues eso.
Hace tiempo que no.
He encendido una vela. Está prohibido, y con razón. Consume oxígeno. Pero me parecía bien hacerlo. Pensé que era lo correcto. Miro la llama titilar y me siento bien. Odio estar haciendo esto. Odio estar aquí, odio no ser capaz de hacer lo mismo en cualquier otra parte. Odio necesitar esto. Odio necesitarlo tanto que no puedo imaginarme lo mismo en otra situación. Y, por si fuera poco, odio odiar esto.
Es una opción, joder.
Lo demás es basura.
El orbital está justo delante. Desde el amplio ventanal de la derecha se puede ver perfectamente. Tendría que sentirme pleno, pero no lo hago. Vete tú a saber por qué. La vida es injusta, y eso la hace poética. Si no fuera tan difícil la poesía estaría en otra parte. Eso tengo que recordarlo para más adelante. Al final no hubo regalos, ni nada, nadie tenía nada que darnos que pudiéramos llevar. Al final no hubo nada. Vaya, el camino está despejado. Es tiempo para que los que pueden hacer hagan. Eso llena cualquier conciencia. Eso las llena completamente. Era más fácil antes.
Cuando no éramos nada, ni teníamos que ganarnos la vida de ningún modo. Pero todo se acaba, y al final no pude seguir amándote sin más. Sólo eso, amándote. No es suficiente. Es una mierda. Todo el mundo se ama, no es nada especial. No es nada que te haga diferente. Uno tiene que amarse en privado, mientras hace otras cosas. Mientras lo demás está cubierto.
Amarse no es suficiente.
Vivíamos en los parques. Quedábamos, nos dábamos algunos besos. Nos frotábamos un poco. Reíamos hablando de cosas. ¿Dé qué? Ya no puedo saberlo, ahora estamos aquí. Lo único importante éramos tú y yo, el tiempo que vivíamos juntos. Eso ya no importa demasiado, hay otras cosas por delante. Me sigo preguntando por qué eso no era bastante. Por qué no era suficiente.
Maduramos, y ya no podíamos seguir como hasta entonces. Bien. Es un paso natural. No hay mucho más que pensar. Ahora hay otras cosas en juego.
No había demasiadas opciones ahí abajo, así que nos fuimos arriba. Sobreviviríamos o no, pero ya no estaríamos donde antes, con mi cabeza entre tus piernas mientras me acariciabas el pelo y nos preguntábamos qué haríamos cuando todo empezase. Todo pura promesa.
No, no quiero que despiertes. Ahora estamos aquí. Nos asignarán turnos, haremos cosas. Nos reuniremos al final del día para darnos besos, compraremos comida. Cosas. Seremos lo que tenemos que ser. Y todo habrá cambiado y ya no seremos nada de aquello.
Ahora no podremos estar juntos sin más, será una tarea residual para el final del día.
No. No quiero que despiertes. No quiero que estés aquí. Cuando lo hagas será de una vez y para siempre. Me hago la estúpida idea de que, mientras no lo hagas, una parte de nosotros seguirá ahí abajo. Bien, mal, independiente, indiferente, me da igual. Teníamos algo. Sería mucho o poco o no sería nada, pero era algo nuestro.
En el fondo es bonito, supongo. Nos encontraremos en el cubículo y nos contaremos lo que hemos hecho a lo largo del día y. Y.
El tipo de al lado tiene un ataque de tos. Alguien de la tripulación le trae un caramelo. El tipo lo chupa mientras tose y todo queda bastante ridículo. Un par de críos han vomitado sobre el pasillo y el olor ácido se extiende por todas partes. Sujeta el caramelo entre los dientes mientras tose.
Intento aferrar el momento con fuerza. Tanto que se detenga, que no avance, que todo esto se convierta en un momento fotografiado en mi cabeza del que no se pueda salir. Una caja cerrada perfecta. Pero de todo se sale, todo termina en el momento siguiente. Te estás despertando, así que te acaricio la cabeza y te susurro «ssh, está bien, duerme», y me aseguro de que sigas dormida.
Es imposible. Es realmente imposible, da igual lo que haga. Miro hacia la ventana y me digo que quizá sea mejor, pero no tengo argumentos. No los tengo. Me gustaría dormirme, como tú. Pero entonces no quedaría nadie para vivir esto, para que todo lleve su tiempo justo. Para… bueno, para que todo sea más que un despertar repentino en medio de una nueva vida. Para contenerlo un poco.
Yo soy testigo.
La nueva vida. Soy como un guardián impotente que vigila lo que no puede dejar de pasar. Cuando no puedo evitarlo más te despierto, y somnolienta me das un beso que sabe a victoria, a estar vivo. Sabe a vida. Me obligo a vivir eso.
Te abrazo y nos preparamos para tomar tierra, me sonríes. Yo te devuelvo la sonrisa.