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palimpadero

Mae llevaba toda la semana intentando hacerme perder el control. No quería tenérselo en cuenta, pero me estaba costando. Avanzaba hacía mí con sigilo y me tiraba al agua. Una vez dentro se zambullía a mi lado y empujaba mi cabeza hacia abajo y la mantenía ahí un buen rato. Yo le daba codazos y patadas esperando hacerle el daño suficiente como para que me soltase, pero no solía funcionar. Ella siempre fue mucho más fuerte que yo. Después me ayudaba a salir y me sonreía y me decía eh, chico, tampoco ha sido para tanto, ¿a que te has divertido? y se alejaba dejándome allí boqueando y escupiendo medio ahogado.

La laguna estaba cerca del barrio. Había que tener un poco de cuidado porque antes había sido un viejo almacén y si no te andabas con ojo podías hacerte daño con algo. Al menos eso me decía constantemente mi padre, pero yo nunca vi nada. Cada cierto tiempo circulaba el rumor de que alguien se había encontrado un meka olvidado podrido de herrumbre que todavía respondía, aunque para que te lo enseñaran tenías que tener contactos. Yo no los tenía, así que cuando les veía emocionarse les seguía. Las tres o cuatro veces que lo hice no llegaron a nada, daban un par de vueltas por los alrededores y, cuando se hartaban, volvían. Cuando volvía a circular el rumor no parecía importar que la vez anterior hubiera sido en balde, se lanzaban ilusionados de nuevo. Eso se me escapaba un poco.

Alguien se llevó el contenido de ese viejo almacén a otra parte, y otro alguien preparó el terreno vacío para hacer la laguna. Mi padre no recordaba quién había sido, Mae tampoco. Por lo que yo podía saber aquello podía haber estado ahí desde siempre.


Así que estábamos viviendo en Rosaverde. Mi padre y sus amigos siempre me decían que tenía mucha suerte. Aire limpio, lanzaderas de residente con viajes a mitad de precio, un futuro asegurado. Yo lo único que veía es que estábamos lejos de los sitios donde las cosas suceden e importan, de lo que se veía en los 3D y en las noticias. Ahora es diferente, Rosaverde es casi el centro histórico de la civilización, pero la cosa no era así por aquel entonces. Por aquel entonces no había nada dando vuelta tras vuelta al planeta más que la Luna y aquel orbital, lo que me producía la sensación constante de estar lejos de las cosas que importaban aquí pero sucedían en otra parte.

Era un terreno intermedio un poco tonto para vivir, la verdad. Cuando no nos bombardeaban con historias de contratistas encontrando vetas y volviéndose ridículamente ricos en los planetas exteriores, lo hacían con otras de diseñadores de software encontrando la piedra filosofal en oficinas sin ventanas llenas de cajas de pizza y latas de cerveza abajo en la Tierra. Todos queríamos ser ellos cuando creciéramos. A veces unos, a veces los otros, pero la primera lección que me quedó bastante clara es que no teníamos juegos en los que fuéramos a ser algo justo donde estábamos.


Palimpadero era el nombre de la laguna. Lo ponía en un cartel a la entrada. Había que seguir un diminuto camino de tierra asaltado por la vegetación que arrancaba entre mi casa y la de nuestros vecinos. Eso era una ventaja para llegar allí antes que los demás y darse un primer baño tranquilo, pero me hacía sentir que yo vivía justo donde el barrio dejaba de serlo, de estar en las afueras de las afueras.

Mae me acompañaba. Éramos los primeros en aparecer y yo la veía caminar adentrándose en el agua paso a paso hasta que sumergía la cabeza y la sacaba para empezar a nadar. Se iba hacia dentro y, sólo entonces, yo iba detrás de ella.

El camino, cuando terminaba el verano, era ancho. A partir de ahí iba difuminándose poco a poco, muy despacio primero en otoño y más rápido en invierno. Cuando volvíamos a él en primavera casi se había vuelto invisible, aunque nunca dejó de estar lo suficiente ahí como para no poder retomarlo.


El tráfico de cargueros fue siempre incesante, quizá ahora lo es todavía más. Rosaverde se convirtió en el centro de producción de una humanidad cogiendo impulso. La contaminación se expulsaba al espacio, y desde allí pasaba a orbitar el planeta en una especie de nube cadavérica que no podía afectar más que al vacío que la rodeaba.

Había ese tipo de triángulo que lo explicaba todo. Se minaba en los planetas exteriores, la producción se traía al orbital para fabricar lo necesario, los productos manufacturados se enviaban a la Tierra para ser consumidos. Nosotros vivíamos en suburbios de horizonte cóncavo que componían, uno a uno, la circunferencia. Trabajábamos en maquilas, vivíamos bien, teníamos el futuro asegurado.

Aquí arriba estábamos dedicados a eso. Abajo estaban los que podían permitirse comprar y los que no habían tenido la suerte suficiente para ser parte del relleno de los cupos.

Mae me hablaba de esas cosas, pero de otro modo. Me hablaba de ello obviando algunos detalles. Nosotros queríamos ser programadores o mineros, y ella me repetía constantemente que yo estaba muy bien donde estaba, que no tenía que buscar más. Mae no era exactamente metálica. Si apretabas su brazo podías percibir en ella una dureza que no era muy normal, pero si no lo hacías sólo veías a una chiquilla rubia y delgada con un sentido del humor un poco salvaje.

el concepto

Claro, técnicamente no somos parte de la congregación galáctica. Eso requeriría unos mínimos básicos que no cumplimos ni de lejos. Nos dejan asistir a los concilios porque todavía no saben muy bien que hacer con nosotros y porque, bueno… nos presentamos directamente en uno. Nosotros por aquel entonces no sabíamos nada del concilio ni de los requisitos, ¡de hecho ni siquiera sabíamos que no estábamos solos en este hipermercado galáctico!

Después del jaleo inicial, tras entender que algo tenían que hacer y del estrés de configurar y enchufarnos a un multilenguaje, nos comentaron que en sus cálculos más optimistas nos quedaban entre tres y cuatro mil años para acercarnos un poco a cumplir algunos de ellos. Lo optimista, parece ser, estribaba no tanto en el tiempo en sí como en que no pensaban que fuésemos capaces de no matarnos entre tanto. Nos lo comentaron cuidando mucho la etiqueta y se sorprendieron cuando les respondimos, igual de educados, que nosotros mismos no estabamos seguros de ser capaces de no autoextinguirnos en un par de décadas, lustro arriba o abajo.

Así que la cosa fue algo así como que sucedió que este tipo, Jonás Parra, nacido en Albacete, España, después de una serie de ruindades que generaron una bolsa de improbabilidad alrededor de los cuatro hierros con los que aspiraba a ser el primer proyecto privado no empresarial que orbitase la Luna, la nuestra, la que da vueltas a La Tierra, apareció en medio de Matrón 5, terreno neutral de la congregación, y empezó a morirse en medio de un tremendo ruido de radio pidiendo auxilio.

Demasiado para gente tan civilizada.


Y parece ser que hay algunas cosas básicas que, de momento, son algo así como interespecies. Una de ellas es que cuando no sabes si vas a comer mañana estás tan preocupado por saberlo que no le prestas mucha atención a nada más. Tiene un corolario: cuando tienes asegurada la comida de mañana y la de pasado mañana te queda mucho tiempo libre para pensar en otras cosas. Así es como yo me explico que ciertos sectores se convencieran de que la humanidad era la especie elegida. No empezó siendo algo que nadie se tomase muy en serio, desde luego, lo hizo más bien como un rumor que iba de conversación en conversación. "Fíjate en esta gente, ¿cómo es posible que con este nivel de tecnología hayan sido capaces de un logro tan tremendo?", "quizá ellos tienen alguna clave acerca de qué va todo esto".

Sobre eso nos echaba una mano enorme el estado de la congregación después de bastantes milenios de convivencia pacífica. Tenía que ser pacífica, claro, porque era uno de los requisitos. Eso tiene su truco. Es una especie de ecuación: si la agresividad de una especie con ella misma y con su entorno tiende a infinito las posibilidades de que consiga expandirse antes de destruirse a sí misma tienden a cero. Hay un montón de puntos intermedios, pero el coste de la expansión es tan grande que, al final, esa gradación tiende a producir el mismo resultado: autodestrucción. Al final sólo los que aprendían a colaborar y enterraban la agresividad conseguían salir del punto-embudo crítico de la expansión.

Eso no se comprende del todo si no consideramos una de las principales e indiscutibles políticas de la congregación: la no intervención. Una vez que entrabas dentro te beneficiabas de la tecnología acumulada durante milenios, pero hasta que superabas los requisitos dependías sólo de ti mismo con ellos de testigos. Nuestro amigable amontonamiento de civilizaciones tiene un enorme cementerio fielmente registrado. Hasta hoy no he conseguido percibir en ellos ningún remordimiento por eso.

La cosa es que, sobre eso de la mano enorme, se aburrían bastante. No ibas a encontrártelo en los informes, por supuesto, pero ahí estaba. La paz es otra de esas cosas, junto con tener asegurados los recursos básicos, que deja un montón de tiempo libre, y a pesar de los esfuerzos titánicos estimulados por el ocio no había especie que hubiera encontrado algo así como el sentido de estar vivos frente a, por ejemplo, ser un planetoide obtuso de roca orbitando obtusamente a otro. La conjunción de tiempo libre más falta de sentido puede resultar devastadora si no hay nada que lo reconduzca.

Así que nosotros, con un Jonás Parra que estaba vivo porque los planes de sabotear su nave condujeron al mayor viaje que podíamos haber soñado, de repente parecíamos la clave para comprender qué estaban haciendo, qué hacían en medio de un universo que se difumina a si mismo dispersándose a una velocidad endiablada. Al fin y al cabo, toda velocidad parece enloquecida cuando no existe un pedal de freno.

Demasiado para gente tan despreocupada.


Casi todo esto me lo estoy inventando, pero es una hipótesis de trabajo ad hoc. Es cierto que cada vez más secciones de la congregación se reúnen en la teoría de que la humanidad es la especie elegida, pero si lo pienso un poco todo el tiempo que llevan conviviendo con la cooperación debe haberles dado herramientas que yo no soy capaz de ver para reconciliarse con ciertas ideas. Si no lo consiguen es cosa suya, no mía. Eso está mucho más allá de lo que puedo comprender. Si deciden algo sobre cosas que no puedo ver no tengo ningún derecho a discutirles nada. A veces me acusan de "humanista", pero no conozco otro modo de aproximarme a la realidad. No es que decida pensar como un humano, es que soy uno.

Seguimos sin tener formalmente estatus de miembro asociado, tampoco lo necesitamos. Acabamos de conseguir que se apruebe una normativa para darle a la humanidad acceso a las bases de datos. No tendremos profesores, estamos forzados a desentrañar sus secretos nosotros mismos, pero nos vamos a ahorrar un montón de palos de ciego, un montón de tiempo delante de un monitor devanándonos los sesos.

Si me preguntan directamente, y espero que no lo hagan, vamos a llevarlos a todos al desastre. Seguro. No preveo otro resultado.

Pero yo no soy tan grande como ellos. La humanidad agoniza en un planeta moribundo que nos hemos cargado nosotros mismos. Los que mueren y morirán son los míos. Quizá dentro de quinientos o mil años no quede más que el vacío, soy consciente. Pero todos esos años serán todos los que tendremos.

el centinela

1.

La humanidad no volvió a ser la misma desde entonces. No desde que tuvo operativo su propio de partamento de precrimen.

No suspendió jamás ni un solo examen. Siempre sacó notas perfectas. No era un crío muy sociable, así que en su entorno nadie se sorprendió demasiado, al fin y al cabo pasaba todo el tiempo que podía en su cuarto. ¿Qué iba a hacer si no estaba estudiando? Tampoco tuvo nunca ningún accidente, no se caía, nadie le arrollaba, no se rompían los frenos de la bici o se le pinchaba un neumático cuando iba a toda velocidad sorteando fácilmente el tráfico.

Tampoco hablaba demasiado. Cuando lo hacía siempre quería decir algo. Una vez le dijo a su madre que cuando fuera al trabajo esa mañana no cogiera el metro. Le hizo prometérselo. Ella le hizo caso. Por la tarde ella vió en las noticias que el tren que solía coger había descarrilado, patinando de costado sobre la vía y chocando contra el que venía en sentido contrario.

Era particularmente bueno encontrando a los demás cuando jugaba al escondite. Después de tres o cuatro veces no volvió a jugar, porque nadie quería ir contra él, lo que le encerró un poco más en si mismo. Aprendió a fingir sorpresa en los cumpleaños al desenvolver los regalos. Aprendió a preguntar qué había para comer. Aprendió a no llevarle la contraria a la gente cuando mentía.

Aún así, pese a todo su esfuerzo, todo el mundo pensaba que era raro.

2.

Quizá esa pequeña ubicación en Tanzania no era muy importante, quizá no fuera un objetivo estratégico que pudiera alterar el orden mundial, pero no terminaba de comprender cómo se le había escapado. La bomba estalló y se llevó por delante las vidas de trescientas personas. Para creérselo tuvo que solicitar autorización y coger un avión del departamento de defensa y comprobar los restos por sí mismo.

Y no daba crédito.

Él seguía viéndolos allí. No en el pequeño crater que se había formado, desde luego, pero sí en su otro sentido.

Sabía que se iba a encontrar con una reunión cuando volviera. Sabía todo lo que se iba a decir en ella. Sabía que había mucha gente que se alegraría al menos un poco de todo esto. Sabía también que nadie lo reconocería abiertamente. Y, sobre todo, sabía que todos ellos sabían, dijera lo que dijera, que él era consciente de ello.

3.

Un cazador casi adolescente volvería esa tarde con un par de presas. Las despellejaría y destriparía él mismo y las cocinaría en la hoguera comunal junto a lo que habían traído los demás. Él seguía viéndolo, tenía que forzarse a recordar que el cazador era una de las víctimas.

Las cosas cambiaron mucho cuando él llegó. Hubo departamentos que perdieron prácticamente la totalidad de su presupuesto. Ya no eran necesarios. Al fin y al cabo sólo le necesitaban a él y al operativo suficiente como para impedir que ocurrieran las cosas que no debían.

¿Inteligencia? Fuera. ¿Mandos? Recortados a su mínima expresión. ¿Detección de epidemias? Inútiles. Él era todos los ojos que necesitaban.

Al menos hasta entonces.

Una piara de mandos militares se movían nerviosos en sus asientos. Se frotaban las manos, trepaban en sus sillas irguiendo la espalda. La presidenta le preguntó abiertamente, el par de taquígrafos le miraban fijamente. Le parecía que las grabadoras y las cámaras parecían hacerlo también, y esa sensación le aplanaba.

Por primera vez en mucho tiempo, dudaba.

–¿Qué es lo que ha sucedido?
–No lo sé –respondió–, no lo vi.
–¿Qué es lo que ahora no puedes ver?
–Nada. Puedo verlo todo –mintió.
–Pero… –La presidenta parecía desolada.– ¿cómo podemos saber que eso es así? No me refiero a que me estés mintiendo, por favor, no pienses que estoy insinuando eso. Sólo quiero decir que… ¿lo sabrías si algo se te estuviera ocultando?
–No puedo saberlo.

Era muy consciente de que a dos meses de las elecciones no era lo mejor que podía decir. Pero por mucho que pensó no encontró nada mejor.

4.

Su despacho no tenía ventanas. No era demasiado grande. No trabajaba con más gente. No tenía más que un escritorio y el sistema para enviar los avisos. Eso había funcionado desde que empezó.

Podía haber sido un buen camarero, siempre sabría cuando estar preparado y lo que iba a tomar todo el mundo. Podía haber sido un buen policía. Podía haber sido cualquier cosa menos espectacular que lo que era. Pero una cosa llevó a la otra. Siempre había pensado que le venía un poco grande, pero estaba satisfecho de lo que había conseguido.

Él había detectado y ayudado a encumbrar a las mentes más inteligentes de su generación, estuvieran donde estuvieran. El programa de formación que había contribuido a crear se encargó del resto. Con ellos volvieron a poblar los viejos programas de inteligencia, los sacaron de las universidades en las que investigaban y daban clase y formaron departamentos bajo su mando. Se recogieron los viejos protocolos, se implementaron de nuevo. Por primera vez en mucho tiempo dejó de ser el único centinela.

5.

Él seguía viendo. Pero de algún modo había dejado de ver lo importante. Los dispositivos en las presas que provocaron primero riadas y después sequías. Hubo un accidente en una de las autovías principales que detuvo a tiempo cortando el tráfico de entrada. La inspección de la furgoneta que identificó dió como resultado que los frenos estaban a punto de fallar. Eso habría bastado unos meses atrás, pero ahora percibía que nadie tenía claro si eso realmente podría haber provocado un accidente múltiple con cientos de víctimas. Ya no era suficiente. Los frenos podrían haber fallado, pero ¿habría venido todo lo demás?

Eso provocó la revisión de todos sus avisos anteriores. Lo inconveniente del precrimen es que cuando lo juzgas todavía no ha sucedido. Es una cuestión de confianza.

Había dejado de ver lo importante. Y lo importante comenzaba a suceder cada vez más a menudo. Los accidentes en centrales nucleares que convirtieron Europa en un erial, por ejemplo.

Y él estaba más confundido cuanto más tiempo pasaba. Porque él seguía viendo el mundo como si nada hubiera sucedido. El mundo se le estaba llenando de puntos ciegos.

6.

Relegado en las reuniones. Cada vez más hundido en su silla. Tenía que comprobar que su otro sentido le estuviera hablando de cosas que todavía existían antes de decir nada. Le faltaba tiempo.

Tenían fiscalizado al mundo entero. Cuentas, movimientos, desplazamientos, pero no daban con nada en concreto. Revisaron los expedientes de todo el mundo que tuvo acceso a las centrales nucleares semanas antes de que fallaran, pero no consiguieron encontrar nada que les diera una pista.

Él se sentía culpable. Le miraban como si lo fuera, lo que tampoco ayudaba demasiado. Estaba casi constantemente rodeado de la gente que él había descubierto y puesto donde estaba, pero tampoco ayudaba. Al fin y al cabo, no los conocía en absoluto, tampoco ellos a él. Seguía siendo raro. Él sabía lo que eso terminaría significando, tarde o temprano.

7.

Los juicios habían terminado sin él. Hacía tiempo que no sucedía ningún ataque, pero eso no frenó a nadie. No le resultó muy complicado recorrer las calles vacías cuando las cámaras estaban orientadas a otra parte, robar el vehículo del que nadie iría a denunciar su ausencia. La prensa se llenó de imágenes de su cara, pero él podía elegir cuándo moverse y cuándo no. En el juicio principal le encontraron culpable de delitos contra la humanidad. Contaba con ello. Era el centinela, con un poder omnímodo. Sería el primer sospechoso evidente. En otras circunstancias también lo habría sido incluso si le hubieran preguntado a él mismo. Aún quedaban otros juicios sobre sus avisos anteriores, pero el resultado sería el mismo. No tenía ninguna duda.

Llegó al almacén. En una de las estanterías de una de las habitaciones del fondo había suficientes latas de comida y botellas de agua como para pasar el tiempo que necesitaba. Durante mucho tiempo pensó que quizá en algún momento necesitaría un retiro y se encargó de prepararlo. No había nada a su nombre, sólo un sitio que no sería visitado en mucho tiempo.

Y revisó. Él seguia viendo el mundo al completo, así que revisó una y otra vez el mundo que es y que fue. Entró en su cabeza y sólo salió de ella para mantenerse vivo.

8.

Estaba jugando en la playa. Tenía un cubo y una pala, las olas rompían en la arena mientras construía. Levantaba castillos de arena. No se sorprendió mucho al verle, al fin y al cabo no era más que un niño.

–¡Hola! –le saludó.
–Hola, amigo –respondió.
–Mi madre dice que no puedes ser amigo de alguien que no conoces.
–Tu madre tiene mucha razón. Soy Pedro. ¿Dónde está ella?
–Ha ido a nadar. Está por allí –dijo señalando al mar.
–¿Qué es lo que estás haciendo?
–Castillos. A veces otras cosas.
–¿Qué cosas?
–Pues… cosas.
–¿Cosas buenas?
–Bueno –riéndose– no siempre.

Asintió. Se quedó junto a él.

–¿Cuándo volverá tu madre?
–Jo, qué preguntas. Cuando se canse.