«Tu cerveza, helada, se dedicaba
a acristalar con turbio velo
el vaso. Desnuda eras una
diosa tiritando sobre la silla
de plástico. Tus piernas se
entrecruzan
(¿ahora?, ¿antes?, ¿alguna vez acaso?)
en sí mismas y
desvanecen el resto del mundo,
que empalidece ante tus rotundas
rodillas, espinillas, gemelos,
muslos, tobillos, dedos,
vello.
Vello rubio y aterciopelado
que cubre tu piel glauca de
inusitada ternura. Semeja un
tapiz de terciopelo verde,
el único lugar donde reposar
mi cabeza para elipsar la tarde
que se aleja, como una puta neófita,
con su jornal de olvido,
con su horror ante el segundo que aún se despide,
con su indefensa taciturnidad
de lenta mentira huida.
Me despereza la tarde: tengo ramas en flor.
Escribo versos en litros vacíos: mudo de piel a cabrón.
Pinto tu cara en una mueca envenenada: crezco en mi pantalón.
Pido a gritos un poco de ron,
o algo que comer, o algo que picar,
o un poquito de amor, o una pizquita de sal…
porque las horas se van escurriendo
se hacen pequeñas y caen al suelo y no puedo perderlas…
son mis engaños
y es que las horas se van escurriendo
se hinchan de helio y se van al cielo y no puedo perderlas…
son mis secretos
y mientras tanto…
tú revoloteas alrededor en mis sueños
tú revoloteas alrededor en mis labios
tú revoloteas alrededor como un pecado
tú revoloteas alrededor, y eres miel…
Escribo esto en el baño: no hay un sitio mejor.
Colecciono las veces que me heriste: puedo palpar el dolor, los dedos al corazón.
Es un saco de estiercol: en una vida en barbecho.
Pido a gritos un poco de ron,
o algo que comer, o algo que picar,
o un poquito de amor, o una pizquita de sal…
porque las horas se van escurriendo
se hacen pequeñas y caen al suelo y no puedo perderlas…
son mis engaños
y es que las horas se van escurriendo
se hinchan de helio y se van al cielo y no puedo perderlas…
son mis secretos
y mientras tanto…
tú revoloteas alrededor en mis sueños
tú revoloteas alrededor en mis labios
tú revoloteas alrededor como un pecado
tú revoloteas alrededor, y eres miel…
No sé cómo esquivarte, no sé cómo meterme en mi papel.
No sé cómo alcanzarte, tu rebufo está a cien millas de mí.
No sé cómo sentirme bien, he olvidado el noble arte de mentir.
No sé cómo esquivarte, no sé cómo hacer saltar el tren.
Ana recoge a Luís. La tarde es abril.
Nada que temer. Sigo las miradas y las pongo aquí.
Cuando me miras así no me quiero ir, no ir.
Cuando me miras así ya no quiero estar, no estar.
Ana le cuenta a Luís las cosas de todos los días.
Las mismas repetidas cosas que sonríen sólo si cuentas hasta mil.
Y yo detrás esperando una oportunidad de entrar en tus cosas cotidianas, pequeñas.
Porque dejé de estar integrado en este cuento,
perdí en algún litro vacío la espuma de tus besos.
Amé lo que no sabe amar y perdí lo que no sé olvidar.
Recorro las voces, hambriento y escéptico, y caigo. Sólo caigo.
Ana recoge a Luís. Se besan y se funden frente al charco que son mis pies.
Registro todos sus gestos y descubro que
Ana recoge a Luís. Se besan y se funden frente al charco que son mis pies.
Registro todos sus gestos y descubro…
Cuando me miras así no me quiero ir, no ir.
Cuando me miras así ya no quiero estar, no estar.
Cuando me miras así no te puedo descubrir, en fin…
cuando me miras así poco queda que perder, y lo sé.