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el camino

Tomo mis cosas y no me pierdo otro lugar
y comienzo a sonar en la doble pletina de
la vida saliente y
tomo una cerveza,

que me amarga acíbar canto de espuma y

pido la siguiente,

que ya es perfecta porque es la segunda
y la última aún se pierde en la
lejanía del futuro remoto. Y es que
la cuestión del dinero me absorbe porque
es el único freno capaz de
hacerme abandonar el proceso,
largo y complicado,
de reventar lo justo y necesario
para continuar viviendo
estrictamente a la izquierda de todos
los caminos torcidos que frecuentamos.

Así que no voy mal y la tercera en mi
garganta me recuerda que no para
todos se hicieron las aceras malditas
que dan vueltas siempre sobre la misma
tontería. Las mismas aceras
malditas
que nos permiten tomar cianuro
y tener las
malditas
cosas tan necesarias para nada que son cosas
malditas
las que no me acogen y ponen freno a mí
maldita
búsqueda inútil que está condenada
al fracaso por su misma condición
maldita
de
maldita
intención de no ser gilipollas y/o marioneta.

La cuarta ya no es tan escatológica

el círculo de la percepción

Y me quedé y vi cosas rarísimas,
volví a completar el círculo de la percepción,
sentí la magia mística y plena en
la causalidad intrínseca del esfuerzo

y me dije:

¿Qué coño de chorrada es esta,
alabado quien sea?

No hubo respuesta.

El aire sonó a hueco, e hizo
tanto frío de repente que saqué
una cerveza y me abstuve,
de ahí en adelante,
de preguntar oscuridades
a la nada.

tu cara de pez

Se aparta, y yo introduzco la llave en la cerradura. La giro. Suena como si fuera un portón de goznes herrumbrosos. Dilato el tiempo abriendo el buzón y recogiendo la mies diaria de deudas. Cierro. Subo las cuatro escaleras. Ella me sigue, complaciente y displicente a la vez. Está y no está. La máscara no permite rebosar nada que no sea ella misma autocontrolada. Giro la cerradura, nueve vueltas, barras de acero se mueven tras la madera, se repliegan en sus cuevas. Abro, entro, pasa detrás de mí. Le digo que se siente, que voy a por los vasos. Menuda semanita. Abro el grifo del fregadero, como si estuviera limpiándolos. Me apoyo en la pared, cojo agua y me la echo por la cara. Intento conciliar la tranquilidad, relajarme, centrarme. Mojo dos vasos y voy al salón. Cuando entro ella ya se ha derrumbado. Se ha derrumbado completamente. Está llorando.

Dejo los vasos en la mesa y la abrazo. Ella balbucea sin parar «no sé qué ha pasado, no sé qué ha pasado», yo sólo la abrazo. La abrazo como si me estuviera abrazando a mí mismo, porque de hecho es lo que hago. «Todo irá bien», le digo, aunque no estoy muy convencido. Sólo puedo decir «todo irá bien», y es una mierda. Es una gran mierda. No quiero ver esto, ¿alguien puede ahorrármelo? No quiero estar aquí. En la nevera hay comida, en el baño una gran bañera, seguro que en el botiquín hay algún fármaco que me lleve al sueño en 8,9 segundos. No, por Dios, no quiero esto. No puedo con esto. Estoy llorando de nuevo. Nuestras lágrimas se confunden las unas con las otras, es la democracia del llanto llano. Ella huele bien, a ducha reciente, y huele mal, a dolor reciente. Yo no sé a qué huelo, si es que huelo a algo. Apoyo mi mejilla en su cuello, intento transmitir calor. Cuando uno empieza a morirse, es muy difícil soportar la pérdida de calor. Yo ahora tengo de sobra, lo fabrico artificialmente, puedo permitirme regalarlo. Si no pudiera daría igual, lo haría de todos modos.

El reloj no para de hacer clic-clac mientras ella va muriendo en mis brazos. Piensa que se consuela, pero yo estoy muy seguro de que sólo está reviviendo. Está repitiendo el dolor, para que no cese. El dolor no es un vicio, no es que guste, precisamente. Pero se tiende a pensar que mientras quede el dolor, aún queda algo. En los próximos meses repetirá el dolor una y otra vez, de uno y otro modo. Lo repetirá sin cansarse, y en él sentirá que aún queda algo, que nada ha muerto definitivamente. Y en el dolor, y en la repetición, reitera su existencia para que no se olvide.

Hasta que se transgrede el punto de no retorno. Entonces no se olvida nunca. Cuando algo se fija en el cerebro, lo hace definitivamente.

Y yo lo sé, y soy consciente, pero no puedo hacer nada para transmitírselo. No puedo hacer absolutamente nada. No le puedo decir nada que ella no sepa ya de antemano. De otro modo será igual que no haber hablado. Ahora mismo no tiene oídos fuera de sí misma. No va a oír nada que no quiera. Y yo lo sé, y soy consciente, y le tiendo contacto para que soporte mejor la pérdida de calor.

Más tarde haremos el amor. Es un decir, porque ella hará el amor con Ton. Con un Ton imaginario que reside en su interior de forma indeleble, que es cuerpo de su cuerpo. Yo estaré allí como estoy siempre, cumpliré mi papel de reclamo, de marioneta, de títere. Me recuerda a los fondos azules en la televisión. Sobre ellos puedes poner cualquier imagen. Yo, hoy, ahora, soy un fondo azul. Lo estoy siendo mientras jadeo sobre ella y ella me ama como jamás amó a Ton.

Porque ahora sabe lo que es no poder amarle.

Y lo triste es que yo soy el mejor Ton que la vida puede darle ahora mismo, un Ton de saldo.

Yo no tuve ningún saldo. Creo que es peor.