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Daniel Hare

Mis dedos son tocones de madera cuando empuño la guitarra. Nunca puedo desprenderme de la rabia cuando estoy con ella (lo sé, hoy hablamos de ello). Esto es Daniel Hare, en mi cabeza. Intenté pulir la rabia, porque con él no hay. Es uno de los mejores cantautores que conozco (vivos o muertos, en activo o en letargo), y con eso ya sería suficiente. Pero además es una de las mejorcitas personas que conozco, una de las mejores alegrías que me depararon los días.

Hay muchas canciones tuyas que ya son, por derecho propio, parte integral de mi propia vida. Gracias. De verdad, tío, gracias.

El otro día me di cuenta de que la guitarra estaba hablando sola, y hablaba de ti.

Ahí te va, colega, no es mucho, pero tampoco es mucho lo que puedo hacer:


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Cuídate, tío. Cuidaros todos.

un hilo de aceite

Nos sentamos al borde del camino, en la hierba. Mirábamos lo desconocido, o lo que no entendimos nunca.

– Se está muy bien aquí.
– No sé, quizá haga un poco de frío, ¿no crees?
– Yo no noto nada.

Teníamos bocadillos de atún, recuerdo, y unas cervezas templadas. Una tortilla de patata. El rumor del viento sobre las hojas me hacía cosquillas en la nuca y los brazos.

– Definitivamente hace frío.
– Si quieres seguimos, entrarás en calor caminando.
– No, no hace falta, terminemos de comer.

Un hilo de aceite recorría la vaga distancia que se desdibuja de la comisura de tus labios a tu barbilla, por lo que te acerqué una servilleta y lo eliminé con cuidado.

– Ese gesto hubiera bastado un mundo, no hace mucho.
– Lo sé.

Cuando acabamos de merendar la luz se extinguía en el horizonte, y en un acuerdo tácito doblamos el paso para llegar al albergue antes de que se cerrara la noche. Sobre nosotros y sobre todo lo demás.

tienes algo que decir


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Tienes algo que decir. Y yo sé muy bien qué es.
Me miras ciega, en un muro de neón,
y es que tu sonrisa ilumina como el sol…

Pero tienes algo que decir. Lo noto tenso entre los dos.
No digas nada, que tu piel de gata y yo
en silencio nos entendemos mucho mejor…

Calla, no me lo digas que no quiero saber,
no me lo digas que no quiero.

Sé lo que tienes que decir. Me curto el cuero del corazón.
Leo en tus ojos la luz fresca del adiós,
y es que tu mirada, ilumina como el sol…

Calla, no me lo digas que no quiero saber,
no me lo digas que no quiero.

Y nace el viento en tu cara y ya no sopla por mí,
la llama de nata en mi espalda,
el viento en tu cara hace trizas mi voz,
estalla en mis manos y se apaga…