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poema uno

Te miro,
alucinado,
esperando el espejo y el encuentro

y buscas la tela del pantalón con las manos
y miras y entiendes y esperas las mías
y te las tiendo y se abrazan y reverberan luces
y te digo y te ansío alucinado en tus brazos.

Tomas mis manos como si fueran tuyas,
(ya lo son),
te doy mis manos como si fueran ya tuyas.

Es extraño pero son tuyas. Te pertenecen.
Puedes moverlas cuando y como quieras.
Tienen tu movimiento,
tu suave cadencia,
tienen tus ojos en forma de líneas de vida
que se abren y se cierran,
cuando te tiendo mis manos eres tú quien las tiende,
cuando las recoges en tu seno es tu seno el que tiende,
el que comprende que las horas solo,
los días solo,
han terminado.

Ya no importa si estoy o no en tu compañía.
A efectos prácticos es sumariamente lo mismo.

Estoy contigo.

Poema 1 de Esperándote desde siempre,
libro primero de Escrito en tu nombre.

como suceden las cosas

Estaba sudando la noche
y

sabes
que
estaba
sudando
la
noche

y las caras y los conos y las rupturas y la rabia
y yo no quería no sabía no podía
no tenía intención de estar allí

y no me jodas
que no puedo
no me jodas
que no intento
no me jodas
y déjame en paz
que cuando el último cierre
metálico

supuró fin

yo todavía estaba allí.

Que es mucho más de lo que puedes decir de ti mismo.

escorzos

Ella estaba sentada en el sofá, esperando. No sé a qué, pero esperaba. Yo saqué del microondas un par de tazas de café y traje un cenicero del escurridor de la cocina. Necesitaba uno esterilizado, esta vez. Venía, como vienen todos, a contarme su vida. Apliqué el oído en lo mío.

Acabamos el café y empezamos con las cervezas. Su historia no era ni mejor ni peor que cualquiera. No era ni siquiera diferente. Las cervezas sí que lo eran, o contribuían, de algún modo, a que todo lo fuera. Trocó el llanto por sonrisas cuando apuré las cuerdas y me dió suficiente para un par de canciones tristes y lentas, lentas y tristes. No sé ni cómo ni por qué la acompañé a la puerta, mecido en sonrisas, dibujando una alegría que ni sentía ni necesitaba. Dije hasta mañana como si se lo estuviera diciendo al cerco de lo que nunca entiendo. Ella sonrió, me dió un beso en la mejilla y me rozó la mano.

– Siempre me alegra verte.

A mí también, demonios, a mí también. Pero dejemos de una vez de hacerlo.