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restos

Así que salí. Porque era lo que debía. Lo que tenía que ser. Me estaban esperando. De hecho, vinieron a buscarme.

Y nos fuimos al cool, al lugar donde las cosas suceden los fines de semana. Yo estaba tan tranquilo. Tan callado. Tan silencioso. Tomaba los chupitos que me ponían de la cocktelera y no hacía mucho más. No hacía ruido. No llamaba la atención.

Y te acercaste. Me extrañó. En ningún sentido tengo presencia.

Estos se reían mientras tocaba jugar, no se lo esperaban de mí.

Nos fuimos a un parque y retomé el asunto de lo senos, que nunca se debe dejar de lado. Es mejor no hacerlo. Soy bastante torpe, andando el tiempo y después de todo lo que ha sucedido. Antes podía quitar el sujetador con la mano izquierda. Antes. Demasiado lejos. Dos paquetes de Chester en el bolsillo, por si acaso.

Te dije vivo aquí al lado. Me dijiste que preferías los parques. Es curioso, ibas a follar con un tipo en el que no confiabas. No confiabas en ir a mi casa, al menos. Te lo sugerí otra vez. Te dije que estaba de limpieza. Pero preferías seguir dándole duro en el parque, en el césped húmedo.

Y yo grité hasta que me vacié. Grité después un poco más, para no quedarme corto.

Me empeñé y te acompañé a casa. Te dejé en tu portal. Quizá no era tu portal, no entraste, te despediste en la puerta. El mundo está lleno de pervertidos, pero es mejor pensarlo antes de follar en un parque.

Acabo de llegar a casa. Me pregunto qué sentido.
Me pregunto qué.
A la ducha.
Debo desterrar tus restos.
Ha estado bien, supongo. Al menos no ha estado mal.

Follar, lo que es follar, qué bien.
Lo demás qué feo.

rabia y paz

Por diferentes ironías que no vienen ahora al caso, a los tres meses estaban viviendo juntos. La rabia ciega y la paz habían encontrado un lugar común en el que conocerse mejor, y lo llamaron su casa. A veces me invitaba la rabia ciega para tomar unas cervezas, porque aún era demasiado pronto para que comprendiera que la paz no lo iba a entender jamás. Tampoco le molestaba, simplemente no comprendía cómo agotábamos las cervezas de la nevera leyendo a Hierro o a Brines hasta que reventábamos y nos dormíamos en el suelo, o meando en el baño, o cogiendo una cerveza más de la cocina.

A veces me despertaba a tiempo para ver como ella miraba algo en el televisor, tomando un té. Y me preguntaba que pasaría por su cabeza. Alguna vez pude acercarme y saludar. Pero nunca encontré las preguntas. Las estuve buscando casi siempre. Nunca me pareció cabreada. Nunca pareció molestarle no entender. Asumía que la gente era como era. Ese es un conocimiento de grado supremo que facilita mucho la vida, la de uno y la de los que le rodean. Sólo cuando se ha conseguido metabolizarlo, claro. No sirve con conocerlo, con saberlo. Tiene que convertirse en parte del sujeto.

Cuando me acercaba me preguntaba qué tal. Se ofrecía a darme un ibuprofeno. Yo por aquel entonces aún no radicaba la fuente de tanta amabilidad, y me hacía sentir culpable por ser yo como era. Culpable por buscar estrellarme contra todo constantemente, viendo que existía una posibilidad de no tener que hacerlo. Siempre sonreía mientras yo la miraba alucinado y Toño roncaba en el lugar de turno en el que se hubiera desnucado. Yo aceptaba el ibuprofeno irremediablemente y lo empujaba hacia dentro con los restos de cerveza desperdigados sobre la mesa. Y me volvía a dormir.