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renegado del plástico

“Yo sé, y confío en el Señor Jesús, que nada es inmundo en sí mismo; más para el que piensa que algo es inmundo, para él lo es.”
Epístola del Apostol San Pablo a los romanos, XIV, I4.

Mordisqueando una brizna de hierba.

Hace un poco de viento mientras escupes hacia atrás y el viento te devuelve la mixtura de saliva gelatinosa en medio de la nariz. Te ríes. Te estás riendo. Estás levemente comprendiendo por un momento que reírse es el recurso más eficaz contra la rabia, el dolor, el orgánico olor a muerte de unos días que degluten las horas como si no fuera a haber otras jamás, para no acordarse luego de ellas en un sacrificio absurdo que convierte todo en nada.

En el centro de la nada más absoluta cierras los ojos mientras una lágrima idiota se licúa en el páramo de tu mejilla sin querer significar, sin tener nada que decir, sin dejar residuo alguno ni en la piel ni en la conciencia ni en la memoria ni en la mini historia de la vida que cuentas y te cuentas para centrar la comedia de la existencia. De la tuya. De aquello en lo que se ha convertido la tuya.

Tiras la brizna mordida y coges otra.

En el horizonte un perro corre entre la hierba y da saltitos de agujero en agujero, buscando conejos, o liebres o perdices, o cualquier cosa que se mueva.

Una vida sin residuos no es nada. Porque las cosas si no permanecen de algún modo es como si no hubieran existido nunca, carne de olvido. Y las cosas lo son un breve periodo de su tiempo: el resto son, de uno u otro modo, residuos. Restos.

Por eso detestas los guantes de plástico que te aíslan de los platos que friegas. Detestas la envoltura de plástico del sandwich que contiene el olor. Detestas los sistemas y los centros de reciclaje, la separación de basura, los plásticos al pintar que defienden al suelo de su propia historia, los guantes de látex de los médicos y todo su andamiaje de aislamiento en general, detestas ver el sol a través del cristal de la ventana y ducharte con desagüe, las velas anti-tabaco, las flores en los funerales, los ambientadores en el baño, las reglas de cortesía en las conversaciones y esas mañanas de domingo narcotizado por la Fórmula 1 y las tardes de viernes de cena y vuelta a casa. Detestas perder el olfato al fumar porque todo se vuelve de plástico. Residuo reciclado antes de tiempo, antes de llegar a ser residuo de nada.

Plástico, plástico, plástico.

Te sientes un hijo del plástico, y no hay cosa alguna que puedas llegar a odiar más.

El perro se acerca con curiosidad. No ladra. Tiene ojos acuosos que te miran con las orejas gachas. Acerca la nariz porque quiere olerte. Comprenderte. Configurar un símbolo de ti para engarzarte en su esquema mental. En un gesto mecánico le acaricias la cabeza, que es blanda y caliente y esta llena de pelos. El perro cierra los ojos y se deja llevar. Y tú también, y sigues acariciándole mientras topas con un bulto. Una garrapata. Bastante hinchada. No sabes si dejarla ahí o quitársela. No sabes qué es mejor, qué tiene más sentido. Esa especie de cangrejo pequeño y rechoncho que le está chupando la sangre. La arrancas.

Y una parte se queda en el animal, hundida en su piel.

Y tú tienes en tu mano un saco hinchado de sangre que se vacía.

Y ahora sí que no sabes qué hacer.

El perro ha dado un respingo, notando algo raro, y se aleja buscando más agujeros que rastrear.

Tú tienes ese saco molesto entre tus dedos. Lo tiras lejos.

El momento ha pasado.

Tiras la brizna, ya mordida, y coges otra.

Quizá los huevos de la garrapata estén bajando por tu esófago, camino al estomago. «Buena suerte, amigos, no es un lugar muy agradable por lo que yo sé». Te levantas y sigues el camino con la idea de ir al bar a darles una generosa ración de cerveza para el largo viaje a tus intestinos. Y lo que les sobre… pues para ti.

Es lo más que un hijo renegado del plástico puede hacer.

Quizá para San Pablo o para Jesús no había cosas inmundas, pero para sus acólitos sí que ciertamente las hay, y para casi todos los demás. Todos los sistemas morales que han existido alguna vez han programado sus concepciones binarias del mundo con ello: lo inmundo y lo que no lo es. Y es este maniqueísmo disfrazado de razón y cordura o de fé y enseñanzas el que configura el sistema de lo que es un residuo y debe ser reciclado y lo que no lo es y tiene permitida su breve existencia en calma.

Y tú estás pensando en San Pablo, nada menos, mientras bajas al bar con la garganta seca y el ánimo repentinamente despierto. Te preguntas si San Pablo se iba de putas, o si le gustaba follar, o si perdería la consciencia por una buena jarra de vino sin preguntas añadidas. Si después, borracho, se tiraría en medio de la calle a hablar del mundo y sus ficciones. Te preguntas si San Pablo se despertaría alguna vez en cama ajena con un tremendo dolor de cabeza e iría corriendo al huerto a soltar una cagada líquida de brea sobre la tierra roturada y fértil. Si después volvería y se disculparía por tener que irse tan temprano y saldría por la puerta con la cabeza doliente y el corazón lleno de vida por haberse follado a ese pedazo de tía borracho y pletórico. O si San Pablo engordó, perdió los dientes, se quedó calvo, o tuvo gota.

O si, y ahí el caso al que vas, pensaría que ese resto de mierda fluida en el huerto era un deshecho reciclable o simplemente otro modo en el que la naturaleza se expresa y sucede.

Porque el tipo dijo que no hay nada inmundo, más que aquello que alguien quiere ver como tal y sólo para él mismo.

Son cosas que te rondan la cabeza.

Porque recuerdas que tu madre te contó no hace mucho que cuando era niña sus hermanos dormían en otra casa todos juntos y se iban temprano a trabajar la tierra, y ella hacía las camas que más que seguramente apestaban a sudor y semen y mierda y orín, aunque ella te decía que entonces nada apestaba en absoluto, que era un olor como otro cualquiera el que se repartía en esas cuatro paredes, y de eso hace poco más de cuarenta años. Y te preguntas qué sentirías tú, como hijo del plástico renegado, pero hijo del plástico al fin y al cabo, si pudieras volver allí y entrar por la puerta mientras que tu madre niña hacía las camas.

Seguramente vomitarías. Un adolescente que trabaja dieciséis horas al día y después eyacula con el culo mal lavado sobre las sábanas deja un olor que en tus constructos mentales ya ha sido racionalizado como asqueroso. Reniegas de eso.

Eres un renegado.

Pero seguramente vomitarías pese a tus principios.

El camino no es corto ni largo hasta el bar, pero vas pensando en San Pablo y en eso. Y en el reciclaje, y en la separación de basuras. Y en la vida maniquea del esconder el olor como camino a una realidad sin puntos negros. Y en el perro. Y en la garrapata. Y en los huevos que van camino abajo hacia tu estómago. Y en las cervezas que te vas a tomar ahora. Y en cómo te gustaría salir de esta cristalización que te define y te ata y te subyuga al plástico. Y en la sociedad que está construyendo un mundo sin olor, sin sabor, sin tacto, sin ruidos, sin imágenes desagradables porque todos ellos son carne de reciclaje y, por ello, del olvido, cosas a manipular sólo con guantes de plástico. Una sociedad maniquea que puede decidir y decide lo que es y lo que debe ser renovado (asesinado, te dices, asesinado una y otra vez).

Y te preguntas si serás capaz de empezar este sendero que circula detrás del tapiz de la cultura, convenientemente esquinado. Te preguntas si tendrás los huevos para eso. Si podrás meter los ojos, la nariz, los oídos, las manos y la boca en eso. Si podrás sumergirte entero en la mierda, en lo que una sociedad que es la tuya tamiza de ese modo, si serás capaz de esquilmar las concepciones heredadas hasta tal punto.

No sabes si tienes tantos huevos. No sabes si estás lo suficientemente cuerdo para ello. No sabes si es un camino que merezcas recorrer. Pero el camino físico ha terminado, y estás en la puerta del bar. Y entras, y pides una cerveza, y te dejas llevar como un perro hasta la borrachera absoluta, y emprendes este camino de tu propio olvido intentando recordar el otro, el perdido, el esquinado bajo el tapiz de la cultura, el odiado, el reciclado. Y te deshaces en las tensiones entre tu concepto y el concepto esculpido en las circunvalaciones de tu cerebro.

Y entonces descubres que pese a detestar a la iglesia católica del Papa al último monaguillo, adoras a San Pablo cuando tuvo los santos cojones de decir que no hay nada inmundo excepto lo que lo es para alguien, y sólo para él.

Porque eres un hijo del plástico, renegado pero hijo del plástico al fin y al cabo, y aunque no puedas traspasar el umbral del que es tu cercado sí eres capaz, para mayor dolor y sin embargo, de ver a los que están al otro lado.

Y de pedirles que te esperen, por favor, un rato. Que lo estás intentando.

(Despiertas en medio del campo con un gran dolor de cabeza y cagas allí mismo y vas a casa, y te das una ducha con desagüe porque no las hacen de otro modo y te vas al trabajo, donde eres tan productivo como puedes, tan idiota como debes y tan sufrido como el color de las cortinas que escoges en Ikea regularmente).

relojes

No me digas nada. Como si nada hubiera sucedido o como si lo hubiera hecho demasiado a menudo como para comentarlo.

Al fin y al cabo no era tan complicado entonces.

Tampoco lo es ahora.

Sentado mirando la tarde que se va desplazando al olvido con el tic-tac de los millones de relojes
que nosotros mismos construimos en voz alta.

apuntes sobre Demonología

Uno.

Hace una mañana fría de febrero. De ese frío que llama a tus huesos por su nombre, y sin contemplaciones encuentra los agujeros donde meterse para generar esa espeluznante sensación de hielo irradiando de dentro a fuera. Estoy a punto de coger el aerotrén y no llega. No llega porque aún le quedan cinco minutos, y aunque lo sé no dejo de mirar a mi izquierda esperando ver el morro, u oír el ligero zumbido eléctrico de sus motores cortando levemente el silencio del andén.

Me he levantado temprano, antes de que sonara el despertador, y he abierto las cortinas para ver cómo pintaba el día antes de meterme en la ducha y secarme con el trans, embarcado después en la rutina de las tostadas y la taza de té humeante mientras leía los periódicos de la mañana. Los periódicos, en cierto sentido, se han vuelto un poco aburridos con el tiempo. Lo que no sé es si ha sido con mi tiempo o con el tiempo en general.

El espejo me devuelve una imagen deformada de la fotografía mental que guardo de mí. Tengo setenta años, y se empieza a notar. Me he hecho una coleta de pelo blanco grisaceo, he contado los botes de gel del estante y le he dedicado unos minutos a Tobs, mi IA mascota cuyo software está arrasando ahora mismo. Me he aburrido enseguida. Se supone que estos engendros evolucionan con su dueño, y espero que esto sea falso o que el mío tenga algún defecto de programación, porque se ha convertido en un verdadero psicópata. Como Cato en La Pantera Rosa, siempre está maquinando sutiles formas de acabar con mi vida de forma virtual, inesperada y rápida. En cierto modo me da pena que nunca consiga nada. En cierto modo.

Al salir a la calle el aire me ha destrozado la garganta en jirones de carne tumefacta. Me he sentado en un banco para aclimatarme y paulatinamente mi recelosa traquea me ha devuelto mi normal respiración entrecortada y asmática, que siempre es bienvenida. Las calles estaban vacías excepto por los robots de limpieza que deambulaban recogiendo el kippel del día anterior, y es curioso ver calles vacías porque me hacen pensar en un mundo vacío, como si de algún modo fuera el último superviviente del planeta esperando morir para acabar con todo y temiendo morir por dejar a la humanidad tan desolada. Tan de recuerdo.

Claro que no es así, la gente está simplemente durmiendo. O duchándose, o delante del ordenador escrutando las cosas.

He tomado el ascensor para llegar al andén cinco minutos antes de la hora y he echado de menos los edificios que enrutan el aire y lo conducen a veces por caminos que no me encuentran a mí en su tránsito. Esos cinco minutos vacíos me han hecho recordar por qué estoy donde estoy y a donde voy, y eso me ha llevado a la Demonología. Inevitablemente.

Dos.

En cierto modo debía haber sido previsible. En cierto modo fue una suerte que nadie fuera capaz de preverlo, ni los más sesudos, encorbatados y neuróticos analistas económicos. Fue una suerte porque cuando alguien puso cierta aplastante intención en detenerlo, ya era demasiado tarde, se había traspasado el punto inercial de no retorno, sólo se podía dejar que las cosas siguieran su curso. Y bien que lo hicieron. Y ya no le pidieron permiso a nadie.

La gente terminó dándose cuenta de que las empresas, en realidad, no estaban aportando nada que no hubiera ya en el mundo y, sin embargo, se estaban quedando con prácticamente todo. Se dieron cuenta de que los sueldos les permitían vivir únicamente porque los mismos que les daban trabajo le ponían precio a las cosas, y sobre todo se dieron cuenta de que sin empresas y sin precios el resultado era el mismo para casi todos y radicalmente diferente para la minoría que estaba en la cima de la estafa piramidal del trabajo. Era una élite muy pequeña para imponer su opinión sin las argollas del dinero de por medio.

Y empezaron las revueltas.

Y todo el mundo dejó de pagar todo. Hipotecas, plazos, todo. No fue paulatino, fué casi instantaneo. En medio año el mundo entero estaba devolviendo todos los sus recibos. Y se desató la crisis.

Pero entonces la globalización se zampó a sus hijos como buen Crono y dió a luz a Zeus: la nueva globalización. Las empresas pasaron a ser patrimonio de la humanidad, o de todos, o algo parecido. Se instauró la renta básica, abocada al fracaso porque no puedes dar dinero si no lo recibes. Se agotaron las reservas. Se detuvo la renta básica porque era más de lo mismo: dinero. Y no hubo más.

En esos meses todo andaba raro, pero andaba. La gente empezó a acostumbrarse a comprar sin pagar nada. La gente empezó a acostumbrarse a trabajar sólo por hacer algo. No todos, claro, muchos no hicieron nada excepto besar sus hijos, tomar café, hacer deporte, hacer el amor con su pareja.

La utopía tomaba forma sólo porque nadie esperaba que durara. Todo el mundo pensó que era sólo un descanso en el ciclo normal de las cosas.

Pero no pasó. Se quedó.

Y la gente volvió a sus trabajos o a otros y empezó disfrutar de la actividad. Dejaron todos de trabajar y empezaron a hacer cosas.

Tres.

La pregunta era: ¿por qué vuelven? Era sencilla y nadie se complicó, la gente vuelve porque se aburre y porque al ser humano le gusta estar activo.

Pero en ese lapso sucedieron cosas, cuando dejas de contar con mano de obra barata y eres un ingeniero que no tiene las manos atadas la automatización empieza a ser tremendamente interesante. Se convierte en un problema a resolver: tenemos que producir esto para que la gente viva, y la gente no trabaja en ello. La respuesta es que las cosas se hagan solas.

La gente se planteaba qué era lo que quería en la vida y la respuesta siempre decía: lo que no has tenido hasta ahora. Eso no dura, pero es algo. De algún modo todos contribuyeron para que ninguno de sus vecinos tuviera problemas, estableciendo redes locales que resolvían. De algún modo todo se sostuvo.

Funcionó.

La humanidad entera estaba tan sorprendida que una especie de euforia sostenida reverberó por todas partes. La euforía se mantuvo hasta que los robots se hicieron cargo de las necesidades básicas. Ahí, en cierto modo, se detuvo. La euforía seguía en aquellos que tenían el recuerdo de los viejos tiempos y en los que no a partes iguales. Pero no en todos.

Cuatro.

Uno no controla a sus demonios. Los demonios te cogen por la espina dorsal y te atenazan. A veces mis pacientes se sorprenden cuando les digo que los demonios no son duros en las grandes ocasiones, pero es verdad. Lo más complicado es convivir con tu demonio en las pequeñas cosas del día a día. Lo más difícil es pedirle a tu demonio que te pase la leche, que se quede sentado, que haga la cama.

Cuando todo pasó y los robots se encargaron de lo sucio, de la labor y del trabajo, mucha gente empezó a volverse loca. Yo mismo hice un estudio en el que demostraba que el problema era el tránsito: no puedes pasar de una sociedad ocupada a una desocupada (en obligaciones) sin generar conflictos, sin que las personas reaccionen con una sensación de vacío. Teníamos que hacer una función de conductores del tránsito, revelándole nuestros pacientes que el hecho de no tener que ser productivos les facilitaba el poder ser productivos como quisieran.

Y funcionó… en gran medida.

Cinco.

El tren llega, con su zumbido y su morro. Espero pacientemente en el andén marcado con luces de entrada y las puertas me detectan y se abren. Dentro hace calor, un confortable calor que agradecen mis manos entumecidas aun dentro de los guantes. El roboasiento me recoge con cuidado y mi ordenador personal se conecta con el tren para informarme de los tiempos de destino, que son los habituales. En la compuerta B del reposabrazos escojo té y un vaso caliente sale del vano.

Y miro por la ventana.

Hubo un porcentaje de la población que jamás ha sabido reaccionar.

Sólo un porcentaje.

Cuando los demonios atenazan, es mejor quedarse quieto. Pero no es muy factible. Nadie puede quedarse quieto cuando te están aferrando la boca del estómago y todo te pide huír. Escapar. Salir lejos. Ir al primer bar y emborracharte con cualquiera que comparta barra y destrozarte entero en ello. Reventarte. Follar hasta hacerte daño con alguien al que ya le estás haciendo daño mientras te lo hace a ti mismo. Correr. Herirte. Herirte porque el vacío que son tus propios demonios hacen aún más daño si te quedas quieto.

Uno no puede sobrevivir a sus demonios: los demonios siempre viven más que tú. Puedes aprender a vivir con ellos, pedirles el pan tostado en el desayuno, que te pasen el gel en la ducha, pero siempre van a estar ahí.

Y el vacío es aún más gelido que esta mañana de sábado de febrero, ese vacío tiene ojos que no dejan de mirarte mientras te desvaneces en cualquier sustancia que te permita evadirte lo justo para escapar del momento. Ellos son los amos y tú eres una marioneta llena de hilos y llena de miedos y llena de ganas de escapar y correr y huír a alguna parte donde no estén ellos. Pero siempre están. Te ven llegar con una sonrisa en los labios. Te preguntan si el viaje ha ido bien. Y de nuevo el frío.

El terrible frío implosionando de dentro a fuera.

La Demonología es el estudio del vacío, de ese tipo de frío. De los demonios de cada uno cuando llegan a ese nivel.

Mis propios demonios me han enseñado mucho sobre este cero absoluto.

(El cero absoluto es el lugar en el que ninguna partícula tiene la suficiente energía para moverse, un lugar de máxima entropía, y del que seguro apetece huír antes de llegar).

Mis demonios son los que destrozan mi vida. Los que le quitan el sentido a todo. Los que me mueven, por supuesto, y los que hacen que cualquier movimiento carezca de sentido.

Pero estoy en este tren camino de la clínica de reconstrucción génica. Me van a dar algo parecido a la vida eterna, accidentes y suicidio aparte.

Todos los defectos debidos a la radiación o al envejecimiento van a ser subsanados. Volveré a tener la construcción original durante un tiempo.

Y todos mis demonios, los que me impelen a no estarme quieto y a destrozarme a mí mismo, van en este tren conmigo.

Nadie sobrevive a sus demonios.

Es un hecho. Puedes pedirles que no hagan mucho ruído, y ellos harán lo que les de la gana. Están ahí para eso. No sé en qué punto de mi evolución cultural se presentaron, pero lo hicieron para siempre.

Y aún así, escojo esto. Vivir para siempre.

Cuando el tren se detiene me pongo los guantes de nuevo y salgo por la puerta.

La vida eterna. Me coloco el gorro sabiendo que ellos están esperando dentro. Con su mejor sonrisa.

El sol aparece tímidamente entre dos nubes y mi piel se activa brevemente y me dice que siempre hay una palabra mejor que el silencio.

Y sólo entonces entro.