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Guerras

Tú percibes un mundo sencillo, disciplinado.
Un mundo sin espirales ni requiebros.

Tú percibes un mundo unívoco,
como si hubiera un armario para cada calcetín
y un calcetín para cada armario,
un espacio para todo,
un lugar en el que las partes se acomodan
discreta y eficazmente donde deben.

Y tú me percibes a mí, por eso, como un hueco
en tu orden
que debe ser cubierto, engarzado en su sitio,
me percibes esmirriado, disminuido,
quieto, fijo. Tienes de mí lo
que extraes de ti misma, el resto
se desvanece.

La vista cuando no mira es como unas tijeras:
recortan lo que no se quiere.
Tú percibes un mundo unívoco.
Y eso es lo que tienes.
Eso es lo que eres.

Más allá del marco la vida se está pegando una fiesta
a la que no quieres ir. No dudaría en invitarte
de todos modos,
si poseyeras ojos para verla.

Cuando estoy
allí, no me ves.
No puedes verme.
Te observo, ciega,
preguntándote confusa
dónde está lo que ha estado siempre.

Te observo y me doy la vuelta:
no puedo soportar tanto silencio.
Me alejo repitiéndome
que cada cual tiene que librar
sus propias guerras.

De otro modo no podría dar un solo paso
en sentido contrario a los tuyos.

Sencillo

Estábamos allí, sentados,
en medio de las cosas cuando las cosas suceden.

«Si algo ocurre», te dije,
«será sencillo».

Y me quedé mirando tu cara absorta
en el deslucir de las ventanas.
Intenté mirarte más de cerca,
chocar tus retinas con las mías.
Intenté que tus retinas fueran las mías.
No creo que lo consiguiera ni a medias.

Cogí tus manos y centré
tu rostro en el mío. Violenté
tus labios para que leyeran los míos.

«Si algo ocurre», te dije,
«será sencillo».

Asentiste. Encendiste un cigarro
con la colilla humeante del anterior.
En tú frente vi la pesadez de los años,
el descrédito de las palabras que se repiten
sin mucho sentido.

El lastre de los hechos que hablan desde sus cuerpos tremendos.
Cuerpos que no se dan cuenta de que existen donde
nunca existieron: antes fueron ciertos,
ahora son cuentos.

Creo que pensaste que no sabía de lo que hablaba, pero
que creía saberlo.

Vi que me reconociste el esfuerzo.

Me quedé mirando tu soledad inventada,
dibujada y presente en tu boca.

Y no supe que más decirte, así que repetí,
con intención de no tener que volver a hacerlo:

«Si algo ocurre,
será sencillo».

la salvación

La salvación es este litro de cerveza.
Seguramente este poema.
La salvación no te espera en ninguna parte,
no puedes ir a su dirección y llamar al telefonillo,
no puedes quedar con ella a las siete en el centro,
no puedes llevar una rosa roja en la solapa para que te reconozca.

La salvación no se cifra en objetivos.
No se extiende en el tiempo: uno no está salvado para siempre.

La salvación no tiene puntos de encuentro. Me regodeo pensando
en no encontrarla.

Pienso que es posible eludirla.

Pienso que quizá haya que terminar con tanta dominación.

No quiero salvarme.

Quiero perderme en el olvido.

Desintegrarme.

Yo soy mi yo más íntimo, eso ha quedado claro.

Imaginad diluirse.

Dejar de sentir la responsabilidad de hacer algo relevante.

Sentir la falta de necesidad.

Encontrarme con mi cara al otro lado del espejo
y darla de lado.

Mirar al suelo y fingir hablar por el teléfono.

Quedar con ella y no ir. Inventar excusas.

No ir a su fiesta de graduación fingiendo estar enfermo.

Llevar una vida paralela en la que nada importe más que lo que importa ahora,
que son esas bragas en medio de la habitación,
y fingir que no tienes ni puta idea de lo que va a pasar luego. Fingir que
eres tonto, que no lo sabes, fingir que sólo estás viviendo.

Dejarla poco a poco de lado.

Que vaya comprendiendo.

Después, en mitad de todo, no volver a verla.

Olvidar.

Posiblemente sea lo más oportuno que podrás hacer nunca.
Estarás años agradeciéndotelo.

Después… eso será todo. Y será lo exacto.