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hablar

Perdón por eso,

perdón por vivir cada día así.

Quizá estoy perdiendo el norte o algo, quizá estoy olvidando dónde estaban las cosas que había que vivir,
pero es que no hay excusa cuando no hay norte, ni algo,
ni destino final, ni localización perfecta donde empezar
y quizá

sólo quizá

es que me agarro a donde no debo.

Quizá es que marco una señalización, una baliza

donde no debo.

En cualquier caso, perdón por tu oquedad
o por mi fijación en ella.

Perdón por encontrar un lugar cercano remoto donde lo que significa significa algo.

Perdón por todo, entonces, por las noches de cenicero en una casa desastre que se
va al carajo, donde me levantaré mañana yéndome al carajo.

Supongo que al carajo.

Perdón por mirarte, perdón porque estoy a gusto aquí.

No parece importarte mucho, la verdad.

En cualquier caso perdón, te preocupe o no. Quizá tengamos mañana que centrarnos
en lo que debemos centrarnos, en el pan y el algo y en tener para comer.

Pero hoy, por hoy,
parece más apetecible detenerme aquí,
darte un beso,
dejar que las cosas se enfríen y se calienten mientras,
como siempre,
todo y cada cosa se va a la mierda y yo estoy aquí,
entre tus labios,
mientras todo se va sumariamente al carajo gracias a la entropía y a lo malditamente
idiotas que,
regularmente,
somos todos.

Perdón, digo, por todo.
No parece importarte demasiado.

No parece.

No me engañas.

Sabes perfectamente.

Quizá no, ¿quién sabe?
No se si sabes tú o si sé yo de qué coño estamos hablando.

En fin.
Tengámoslo claro.

jump to zero

Los recursos no pertenecen a nadie.
Quien los reclama, se los apropia.
Recoge frutos que no le pertenecen
privando de ellos a quien esclaviza.

Podría hacerse de otra manera,
no digo que no.
Pero no se hace.

Nuestros salvadores son nuestros verdugos.
Es una cosa que no hay que perder de vista.

Nuestros benefactores son nuestros amos.
Es una cosa que no hay que perder de vista.

Aunque es fácil.
Es tremendamente fácil pensar
que nos dan
el pan,
el ajo,
la carne y el pescado, pero
el pan no es de nadie,
el ajo tampoco,
la carne y el pescado son de otros.

El agua fluye.
Lo que fluye no permanece en ningún sitio.
Lo que circula camina.

Se han adueñado de un campo de juego
que no puede tener nombre.

Lo tiene, a ratos,
porque andamos medianamente confundidos.

Le ponen nombre al tablero y dicen: es mío.

Genero riqueza.

Bien. Vale. Puede ser. Puede ser que sea así.
Pero yo no lo veo.

Bien. Vale. Te creo.
Pero no entiendo lo que me estás diciendo.

Tengo que creerte.
Has hecho que dependa de ello
el pan,
el ajo.

Todo por lo que existo.

Estábamos jugando a todo
lo que estaba de antemano perdido.

arder

1.

El hombre en la parada del autobús
espera. Aún es temprano.

El sol es lúcido, pinta las cosas claras.
Él ve las cosas claras, al menos.

No termina de comprender qué.
Qué en absoluto.

No termina de sentirse en ello.

2.

Abre los ojos. Se ha dormido un rato.
Comprueba que no se ha pasado su destino.
Sabe que no, por otro lado. La costumbre.

Se ha caído el maletín al suelo,
entre sus pies.
Lo recoge, gruñe.
El autobús está lleno de gente muerta
de sueño que empieza el día con profusión
de perfume.

El perfume, el maquillaje, la loción de afeitado,
el traje, la corbata, los zapatos lustrosos,
las flores,
todo ello es siempre síntoma de que hay
algo detrás que necesita no ser olido.

O quizá todo lo contrario.

Parece difícil saberlo tan temprano.

3.

Entra por la puerta con la sensación
conocida
de no estar haciendo lo que debería.
Es el pan,
el ajo,
la carne
y el pescado.
El devenir cotidiano.

Los críos, el cole. La casa.
Las facturas. La condena de la luz,
el teléfono, internet, los plazos.

Todo dicho cien veces de cien
modos diferentes.

La condena de la vida entera
pidiendo todo
de forma constante,
exigiendo,
cubriendo los huecos de un modo
inevitable.

¿Quién será, quién sería?
Quién sabe. Él no lo sabe.
Cree tener alguna idea,
pero no lo sabe.

Es imposible que pueda hacerlo.

Se encoge de hombros y entra, espera
la cola del ascensor, que irá lenta.

4.

Se quita los zapatos, todo en calma.
Enciende un cigarro que ilumina su cara.
Podríamos decir que una lágrima
hace algo en su mejilla,
tendría su efecto poético.

Pero no llora. Simplemente mira
la cabeza brillar y atenuarse
mientras inspira, espira.

La cabeza no hace otra maldita cosa.
Al tipo le duelen fuerte los pies.
Una esquina del maletín le hizo daño
en el empeine. La luz entra,
la luz se va, el humo sale,
rápido, ascendiendo haciendo volutas.

Con pequeños detalles que enriquecen la escena,
pero sin poder negar el hecho de que es
más o menos como más o menos siempre.

Tira la ceniza al cenicero que
ha colocado en su regazo.
Ha abierto la ventana para que
no se acumule el olor, para que se
vaya rápido. Un click del ambientador
después.

Así son las cosas. Las de los olores.
Tendemos a tapar unas cosas con otras.
El día con el cigarro, la noche con
el café, las horas con los minutos
en los que respiramos.

Tira la ceniza a la basura, moja la colilla en
el grifo del fregadero de la cocina. Después
se va a la cama deprisa, mientras aún arde.