Salir fuera.
Centrarse en abrir la puerta.
La puerta respira, piensa.
Se adapta, aprende, se corrige.
Centrarse en abrir la puerta.
Salir fuera.
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Salir fuera.
Centrarse en abrir la puerta.
La puerta respira, piensa.
Se adapta, aprende, se corrige.
Centrarse en abrir la puerta.
Salir fuera.
No quedó nada. Un hombre sentado en un banco de piedra mirando al camino, el mismo que lía un cigarro sin acabarlo. La boca sonríe y los ojos le lloran. Todo es tarde que no termina ni podrá terminar nunca, como el cigarro, los ojos, la boca. Como el banco de piedra en el que se sienta mirando al camino.
Después de tanto ruido
los cristales rotos
las piernas magulladas
la visión borrosa
la sensación de culpa
el arrepentimiento
—que mana, en sigilo,
desde la base del cráneo hasta
el espacio decisivo tras los ojos—,
el no saber qué ahora,
cuándo desde ahora, cómo.
Qué parte de lo posible se ha hecho imposible
y cuánto lo seguirá siendo para siempre.