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llamadas

Pic00646.jpg

1.

Supongo que me echas en falta.
Que, a veces, necesitas posar
levemente
tus labios en mi frente despejada
por la alopecia infumable
de los años. Supongo
que tienes costumbres que
reverberan en tus tejados y piden
el rumor tenue de las tejas a
mi paso.

Supongo que no es fácil persistir
al sonido terrible de tu teléfono
en largos pulsos sin respuesta,
lo sé,
y te aseguro que en ese mismo
segundo
yo me estoy asomando
al otro lado del móvil
me pregunto: ¿ves mi cara al otro
lado?, ¿sabes realmente que estoy ahí,
mirando, en ese mismo segundo
del que hablo?, ¿me reconoces aún?

y veo escrito en la pantalla:
«lele»; con lágrimas en las mejillas,
en la boca, en las piernas, en el
dedo pulgar de mi mano derecha
apoyado con dolor punzante sobre
el botón indicado para
abrirte la puerta.

Supongo que no encontrarás
útiles, o necesarias, o justificadas
las lágrimas
pero… ¿qué palabras son esas?
¿útil, necesario, justificado?, ¿qué pasó
con vivas, inevitables, sentidas?
-,
que el tiempo transcurrió para ti,
que hubo días.

Supongo que el tiempo sólo cura
las heridas. No todo son heridas.

2.

Sí, supongo que soy terrible,
e injusto. Lo sé. No puedo decir más
que eso. Me veo a mí mismo
en la escena, con una capa ajada y
sin brillo, sobre una alfombra azul
oscuro, levantando mi propia calavera
en la mano derecha mientras
declamo:
no es posible así,
no de este modo,
es insoportablemente vacuo,
estúpido, inane, yace
dentro como el fuego,
retoma el aire como un tornado
y me escupe
-con todas las briznas de mi
petate de tabaco alrededor-
hacia un kaos sin logos,
una dinamita esmerilada
y perdida en la que no hay
oxígeno, ni sombrillitas, ni
coca-cola ni perfumes
ni color, ni ventanas, ni sombras,
ni regazos.
Sobre todo no hay regazos ni almas
ni ojos ni pelo, sobre todo no-ojos,
no-pelo en mi mano que no-recorre.

(Y mientras, no lo olvido, el
teléfono suena, y yo miro, y
yo pienso, y mis lágrimas recorren
la infinita distancia
que va de mi lagrimal a mis
neuronas, pasando por mis
ventrículos para rezongar un lamento
quedo que no suena,
que no tiene voz para gemir,
eso está mucho más arriba,
en mi garganta afónica).

3.

Y soy terriblemente injusto
mientras te veo en la ducha o
en la cocina
y es mentira: no estás.

Tú estás en otra parte, desconozco
cual. En ella no caben ni
mi garganta afónica ni mi ventrículo mudo.

Soy injusto mientras todos los gritos
que sigo dando
(¿con qué ventrículo, qué cuerdas vocales?)
recorren la inmensidad
de hospitales, carreteras, quioscos,
comisarías y demás sequedades
entre ambos
para perderse en el vacío. En el
silencio.

Estoy sin ti en esto. Eso
rezuma perlas que nucen
todos y cada uno de los
milímetros cuadrados de mi
epitelio.

4.

El teléfono suena. Tú estás al otro lado,
lo sé, estás poniéndote en contacto.
Lo noto, te veo con el maldito cacharro
en la oreja, tu mirada ha alcanzado ese
punto de difusión de cuando llamas,
no ves nada en concreto y
escuchas intensamente el altavoz.

Yo estoy aquí, mirando mi propio
maldito cacharro. Agradeciendo al
dios de guardia que hayas querido
hablar conmigo. Creo que quiero besar
al cristal líquido porque,
en parte, estás ahí. Hay algo de ti,
quizá un poco de tu olor o de la tersura
de tu piel, quizá un rescoldo de tu
calor en el
líquido
encerrado en la pantalla.

Y en esas estoy cuando…
el camino se bifurca. Hay veces
en las que aparto las lágrimas y
pulso el botón de apertura. Chasquea
la línea y digo: «si». Y te hablo.
Y me hablas. Y todo circula.
Contacto establecido.

Pero hay otras en las que todo el dolor,
toda tu falta, la añoranza de ti,
los gritos que estoy dando perdidos
en su vacío idiota
son como una ballesta insuperable
que dispara. No puede fallar. Estoy
preparado, pero nunca se puede
estar preparado para el momento
en el que entra. Mi pulgar cae a un lado.
Meto el teléfono en el bolsillo.

Y así sigo caminando. Siempre me
encuentras caminando. El teléfono
suena desde el bolsillo mientras camino.
Enciendo un cigarro. Me siento en
un banco. Sigue sonando. Mientras
nadie pierde el paso yo saco
un cleenex de alguna parte, me
quito las gafas,
seco mi cara y el cuello.

Al igual que no todo son heridas y
el tiempo es impotente ante las que
no lo son,
no todo son caras y cuellos. Tengo
muchos lugares en los que no puedo
meter el pañuelo. El teléfono cesa.
Me quedo ahí, donde me haya cogido,
llorando (no son lágrimas útiles, ni
necesarias, ni justificables). Pido
al bendito dios de guardia que
me dé un par de aguantes
por si llamas mañana. Para
poderlo coger y saber de ti, para
poder preguntarte
«¿qué haces de tu vida… sin nosotros?»

el pelo

Voy tomando las fuerzas
del cáliz de la pérdida de tiempo
absoluta, de la
desidia, de la
pereza y el descontento,
del reposo de los reptiles
y del sueño de los gatos,
de la inmovilidad de la contemplación
que me da los arrestos
necesarios como
para no sentirme como una mierda
en estos días peligrosos
de efectividad y de control, de resultados
y beneficios y ascensos inútiles.

Voy tomando de todo y
sobretodo de nada,
de no hacer nada,
de tumbarme en la cama y vegetar,
de hacer la fotosíntesis,
de probar el café y la cerveza de los
dioses, de ver la tele con desgana
y leer metralla,
de comprobar que nada se marcha
mientras no intentes atraparlo,
de soñar con estaciones cálidas
mientras siento como llaman a mi puerta,
de comer con calma y de no cambiarme
de calzoncillos en una semana.

4. De El pelo.
Libro segundo de Metralla.

tren

Cogimos un tren en Atocha
cuando aclaró el domingo. Vestíamos
nuestras sonrisas y llevábamos
un saco lleno de instantes.

(Un saco de instantes no es
nada despreciable, pero son volátiles,
sólo existen en promesa cuando
la vida parece que se abre).

Con tanto peso íbamos lamiendo
el suelo, suelo de gris chicle caramelo,
opuesto siempre opuesto al cielo enfermo
que, nos dijo uno que vendía cupones, está
a veces ahí arriba, donde ves el techo,
que es eso que nunca puedes pasar con la cabeza.

Pero no, eso fue luego…

Con tan poco peso íbamos rozando
el cristal azul manchado de borrones
blancos que, a veces, va y nos llueve. Sí,
lo recuerdo porque tú ibas vestida de
color lata y a veces no podía verte, tú
ibas buscando mi mano y yo las
había dejado trabajando en la barra.
Yo intentaba decirte que no había nada
que pudieras aferrar de mí, pero tú no
entendías mi gramática y, además,
te aburre toda aquella saliva
que yo suelto cuando no sé decir y
quiero.

Así que nos fuimos en el tren
y corriendo nos desvestimos dentro,
era tanto el corazón que nos olvidamos
los calcetines y tuvimos que empezar de nuevo.

Ah, sí… y luego…

Luego nos pesaba tanto el saco,
que entretanto se había llenado de
malos ratos, que nuestras lenguas
lamían el piso, iban recogiendo
su siembra de suelo gris chicle caramelo,
sus epitafios húmedos de quién sabe
qué chismes, qué calendarios. Pero
ya no podíamos abandonar la bolsa,
que entretanto se había hecho cuerpo
en nuestros cuerpos, justo debajo del brazo
izquierdo.

(Un saco de sombras no es
nada despreciable, pero son peligrosas,
estampan sus oleajes en las
pieles que les acogen).

Tren.
De Conejo Azul,
libro tercero de Cercos Vacíos.