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cuando las cosas suceden

Tomé la decisión de acabar rápido con aquello.
Silencié un exabrupto
me comí un par de silabas
levante el cobre
lo giré
lo retorcí

creo que llamé a las cosas por su nombre,
me parece recordar algo así,
creo que dije que algo era
como afeitar el cielo y llenar
el lavabo de bolas de algodón de nube…

pero no sé a qué me refería exactamente.

Intentaba acabar con aquello,
examinar lentamente el fuego
a la luz del fuego,
reventar el momento, domeñarlo
(ni se os ocurra pensar que los
momentos suceden solos, sin ayuda…).

Ni se os ocurra pensar que
todo es como sucede,
debajo, muy por debajo,
donde las relaciones y las casualidades
se tejen,
donde hay nubes en lavabos
y las caras tienen caras y
dibujan
lentas historias que se rumian
y se digieren después, cuando
se pone en movimiento la historia;
ahí, tan dentro, tan abajo,
es donde es posible meter un
soplo
para rarificar el aire,
especiar el momento,
sublimar (puto pedante)
las
cosas
hasta
hacerlas
parecer
fuerza.

Así que agarré el cobre,
me senté cómodamente en medio,
abrí un corazón de lata
que parecía estar compuesto
enteramente de lata,

metí mi cabeza en las orejeras del
segundo exacto en el que las cosas
suceden

tomé aire

y salí expelido…

ventana

la ventana tiene paredes,
y cierres, y mirillas, si te fijas

la ventana es asombrosamente
parecida a una puerta

mientras arrastras tu cara
entre las otras caras, enciendes
un solo cigarro
tomas el camino del centro
para no dar vueltas y perderte
y buscas

entre tantas señales vacías,
sin referente,
una huella que reconocer

para ir a algún punto en concreto

mientras sumas,
sigues,
vacías cervezas risueñas
compartes
te buscan
buscas
encuentras un asidero

lo coges con ambas manos
jugándotelo todo a rojo o negro

aunque la ventana tiene paredes
clavos, espinas, sierras mecánicas,
botellas de ron y momentos únicos
y momentos concisos
y momentos estupendos
y momentos y momentos

en la ventana que miro
que parece una puerta.

llamadas

Pic00646.jpg

1.

Supongo que me echas en falta.
Que, a veces, necesitas posar
levemente
tus labios en mi frente despejada
por la alopecia infumable
de los años. Supongo
que tienes costumbres que
reverberan en tus tejados y piden
el rumor tenue de las tejas a
mi paso.

Supongo que no es fácil persistir
al sonido terrible de tu teléfono
en largos pulsos sin respuesta,
lo sé,
y te aseguro que en ese mismo
segundo
yo me estoy asomando
al otro lado del móvil
me pregunto: ¿ves mi cara al otro
lado?, ¿sabes realmente que estoy ahí,
mirando, en ese mismo segundo
del que hablo?, ¿me reconoces aún?

y veo escrito en la pantalla:
«lele»; con lágrimas en las mejillas,
en la boca, en las piernas, en el
dedo pulgar de mi mano derecha
apoyado con dolor punzante sobre
el botón indicado para
abrirte la puerta.

Supongo que no encontrarás
útiles, o necesarias, o justificadas
las lágrimas
pero… ¿qué palabras son esas?
¿útil, necesario, justificado?, ¿qué pasó
con vivas, inevitables, sentidas?
-,
que el tiempo transcurrió para ti,
que hubo días.

Supongo que el tiempo sólo cura
las heridas. No todo son heridas.

2.

Sí, supongo que soy terrible,
e injusto. Lo sé. No puedo decir más
que eso. Me veo a mí mismo
en la escena, con una capa ajada y
sin brillo, sobre una alfombra azul
oscuro, levantando mi propia calavera
en la mano derecha mientras
declamo:
no es posible así,
no de este modo,
es insoportablemente vacuo,
estúpido, inane, yace
dentro como el fuego,
retoma el aire como un tornado
y me escupe
-con todas las briznas de mi
petate de tabaco alrededor-
hacia un kaos sin logos,
una dinamita esmerilada
y perdida en la que no hay
oxígeno, ni sombrillitas, ni
coca-cola ni perfumes
ni color, ni ventanas, ni sombras,
ni regazos.
Sobre todo no hay regazos ni almas
ni ojos ni pelo, sobre todo no-ojos,
no-pelo en mi mano que no-recorre.

(Y mientras, no lo olvido, el
teléfono suena, y yo miro, y
yo pienso, y mis lágrimas recorren
la infinita distancia
que va de mi lagrimal a mis
neuronas, pasando por mis
ventrículos para rezongar un lamento
quedo que no suena,
que no tiene voz para gemir,
eso está mucho más arriba,
en mi garganta afónica).

3.

Y soy terriblemente injusto
mientras te veo en la ducha o
en la cocina
y es mentira: no estás.

Tú estás en otra parte, desconozco
cual. En ella no caben ni
mi garganta afónica ni mi ventrículo mudo.

Soy injusto mientras todos los gritos
que sigo dando
(¿con qué ventrículo, qué cuerdas vocales?)
recorren la inmensidad
de hospitales, carreteras, quioscos,
comisarías y demás sequedades
entre ambos
para perderse en el vacío. En el
silencio.

Estoy sin ti en esto. Eso
rezuma perlas que nucen
todos y cada uno de los
milímetros cuadrados de mi
epitelio.

4.

El teléfono suena. Tú estás al otro lado,
lo sé, estás poniéndote en contacto.
Lo noto, te veo con el maldito cacharro
en la oreja, tu mirada ha alcanzado ese
punto de difusión de cuando llamas,
no ves nada en concreto y
escuchas intensamente el altavoz.

Yo estoy aquí, mirando mi propio
maldito cacharro. Agradeciendo al
dios de guardia que hayas querido
hablar conmigo. Creo que quiero besar
al cristal líquido porque,
en parte, estás ahí. Hay algo de ti,
quizá un poco de tu olor o de la tersura
de tu piel, quizá un rescoldo de tu
calor en el
líquido
encerrado en la pantalla.

Y en esas estoy cuando…
el camino se bifurca. Hay veces
en las que aparto las lágrimas y
pulso el botón de apertura. Chasquea
la línea y digo: «si». Y te hablo.
Y me hablas. Y todo circula.
Contacto establecido.

Pero hay otras en las que todo el dolor,
toda tu falta, la añoranza de ti,
los gritos que estoy dando perdidos
en su vacío idiota
son como una ballesta insuperable
que dispara. No puede fallar. Estoy
preparado, pero nunca se puede
estar preparado para el momento
en el que entra. Mi pulgar cae a un lado.
Meto el teléfono en el bolsillo.

Y así sigo caminando. Siempre me
encuentras caminando. El teléfono
suena desde el bolsillo mientras camino.
Enciendo un cigarro. Me siento en
un banco. Sigue sonando. Mientras
nadie pierde el paso yo saco
un cleenex de alguna parte, me
quito las gafas,
seco mi cara y el cuello.

Al igual que no todo son heridas y
el tiempo es impotente ante las que
no lo son,
no todo son caras y cuellos. Tengo
muchos lugares en los que no puedo
meter el pañuelo. El teléfono cesa.
Me quedo ahí, donde me haya cogido,
llorando (no son lágrimas útiles, ni
necesarias, ni justificables). Pido
al bendito dios de guardia que
me dé un par de aguantes
por si llamas mañana. Para
poderlo coger y saber de ti, para
poder preguntarte
«¿qué haces de tu vida… sin nosotros?»