autoreferencial (3) | entraron en mi cabeza (186) | libros (13) | me lo llevo puesto (7) | Renta básica (8) | series (3) | freakeando (54) | arduino (1) | bici (1) | esperanto (4) | eve online (3) | git (2) | GNU/linux (3) | markdown (7) | nexus7 (2) | python (2) | raspberry pi (3) | vim (1) | zatchtronics (3) | hago (592) | canciones (79) | cover (15) | el extremo inútil de la escoba (2) | guitarlele (10) | fotos (27) | nanowrimo (3) | novela (25) | criaturas del pantano (5) | el año que no follamos (12) | huim (4) | rehab (4) | poemas (306) | Anclajes (15) | B.A.R (7) | Canción de cuna para un borracho (38) | Cercos vacíos (37) | Cien puentes en la cabeza (7) | Conejo azul (6) | Contenido del juego (5) | De tiendas (3) | del pantano (3) | Epilogo (4) | Fuegos de artificio (5) | Imposible rescate (15) | Jugando a rojo (7) | Lo que sé de Marte (11) | Los cuentos (21) | Montaje del juego (5) | Orden de salida (1) | palitos (2) | Piernas abiertas (7) | Poemas medianos (12) | Privado de sueño (7) | Tanto para nada (17) | Todo a 100 (2) | Uno (4) | relatos (74) | anatemas (7) | vindicaciones (93) | perdiendo (1.375) |

cumpleaños

Primer borrador

1.

El día había ido tranquilo. En el trabajo alguien había llevado un pastel y habían hecho el parón habitual después de comer para socializar un poco. No demasiado, claro, porque nunca se sabe, pero si lo justo para darle a todo un sabor más humano. La gente necesitaba ese tipo de cosas, como hasta no hace tanto tiempo él también lo había hecho. Últimamente, sin embargo, empezaba a pensar en otras líneas de un modo que empezaba a intranquilizarlo.

Se preguntaba si, del mismo modo que ellos vendían trabajos en un orbital en medio de la nada como si fuera lo mejor a lo que podía aspirar cada uno de los posibles candidatos, no sería todo un poco más de lo mismo. Si no estarían viviendo una especie de auto engaño colectivo en el que todos, según su tarea, participaban. Llevaba trabajando en publicidad desde que terminó en la universidad. De becario, de creativo de base, de asistente, de coordinador, de supervisor y, finalmente, de jefe de proyecto. Era ahora cuando podía empezar a relajarse y, sin embargo, se notaba cada vez más inquieto.

Lo de Aurora había empezado como una pequeña molestia en alguna parte diminuta de su cerebro. Casi nada. Una sensación indeterminada de cuando en cuando. Pero había ido extendiéndose, atando cabos de formas que seguía sin saber si eran correctas o no eran más que una desviación en su programación.

Cuando terminó la jornada se encontró con Juan en la puerta de la cafetería, entraron y se sentaron en una de las mesas del fondo. Juan fue a pedir mientras él colocaba los abrigos en el respaldo de una silla y se sentaba.

—Eso es una estupidez, amigo.
—Claro que lo es. Pero me lo pregunto.
—¿Y qué es lo que quieres ser?
—Pues no tengo ni idea, la verdad.
—Porque puedes cambiar, lo sabes. Puedes dejar esto cuando quieras.
—Sí.
—Hazlo, aunque sólo sea por limpiarte un poco, hombre.
—Puedo cambiar, pero no sé si hacerlo cambiaría algo.
—¡Ja!, ¿cómo que no sabes si cambiaría? Si dejas el trabajo y empiezas en otro en un sector diferente lo encontrarás interesante, al menos durante un tiempo. Conozco a mucha gente que lo hace. ¿Recuerdas a Pablo, mi compañero de inmersiones? Pues ahora es programador de interfaces.
—Ese tipo es uno de los mejores publicistas que conozco.
—Pues ya no se dedica a eso. Unos cursos de formación y renovado. Le vi hace un par de semanas y no te creerías lo feliz que parece.
—Me alegro, pero no lo veo tan sencillo.
—Pues lo es.
—Ya, el proceso desde luego que sí. Pero no sé si yo me sentiría más a gusto haciendo cualquier otra cosa que lo que hago. Creo que para mí sería lo mismo.
—¿Pero, entonces, dónde está el problema?
—Creo que es algo más… vital.
—Explícate.
—Yo tampoco lo tengo muy claro. Me refiero a que da igual dónde esté, lo que haga. Nacemos, morimos, dejamos de estar.
—Oh. Vaya. Es eso. Pequeñas ínfulas de grandeza.
—No lo sé, quizá. Quizá tenga que tratármelo. Pero… ¿para qué?
—¿Para qué tratarte?
—No. Para qué todo esto.
—¿Nacer, vivir, respirar, tomar este café?
—Sí, supongo que es eso.
—¿Y dónde está la pregunta? Tienes lo que tienes, eres lo que eres, nadie sabe para qué. Vaya, amigo, como sigas por ese camino vas a terminar como uno de esos adoradores de Bob, encajando en un plan difuso en el que eres una pieza indispensable. ¿Quieres sentido? Puedes creer en eso.
—No, no creo que mi cabeza vaya por ahí. No creo que le sirva. Será una tontería, se me pasará.
—Más te vale, compañero. Por ahí no vas a ningún sitio. Nadie sabe nada, y nadie ha podido saberlo nunca. Nacemos, hacemos lo que tenemos que hacer, nos morimos y se acabó. Y no está bien ni mal, es lo que hay.
—Lo sé, lo sé. Es sólo…
—Estás empezando a fastidiarme, de verdad. Y más en un día como hoy. ¿No tienes fiesta esta tarde?
—Esta noche.
—¿Y qué más quieres?
—Pues eso estoy intentando decirte, que no lo sé. Que me pregunto si… quiero decir que… que todo esto lo hemos construido nosotros, o más bien los que vivieron antes que nosotros, y lo encajo como puedo pero creo que me gustaría algo de conocimiento más de base.
—¿De base?
—Yo qué sé. Me refiero a por qué se eligió una cosa y no otra, quién tomó la decisión y por qué, saber si existen otras opciones y los motivos por los que no se tomaron en cuenta, todo eso.
—Quizá te vendría bien estudiar historia una temporada, ¿no crees?
—No lo sé. Quizá sería más de lo mismo. No tengo muy claro si todos esos caminos que no se tomaron quedaron registrados en alguna parte. A quién le iba a interesar si no han terminado en ningún sitio.
—Madre mía, qué turra me estás dando. ¿Crees que ha habido censura en alguna parte? Quizá te hubieras sentido más a gusto naciendo en medio de alguna dictadura, en cualquiera de los regímenes religiosos de la polinesia.
—No te pongas borde.
—Mira, tío. Una cosa es que te aburra lo que haces. Eso puedo entenderlo perfectamente. Ya te digo, cambia. Pero que no te des cuenta de todo lo que tienes, que no sepas apreciarlo, me parece muy injusto. Y lo es. El sistema no es perfecto, creo que ninguno puede serlo del todo, pero no me puedes negar que puedes irte a cualquier parte mañana o ser lo que te apetezca sin que nada te lo impida. Y si eso no te parece suficiente me estás empezando a sonar como un crío llorando sin saber del todo por qué lo hace.
—Será eso. Es sólo una sensación.
—Eso espero. Porque no hay más. Lo que estamos haciendo ahora hará las cosas más fáciles a los que vendrán después. Joder, a tus propios hijos. Puedes contribuir en lo que prefieras…
—Creo que estamos entrando en bucle, y no es para tanto. No quería discutir sobre lo humano y lo divino. Sólo quería decirte que… bueno, que no estoy contento. Es sólo un pinchazo, una molestia. Algo que tengo dentro y sobre lo que pienso.
—¿Y Marta, qué opina de todo esto?
—Ella no sabe nada. No sé si podría entenderlo. De todos modos, pedazo de tonto del culo, ya me siento mejor. Sólo por haberlo contado parece que empieza a pesar menos. Gracias, de verdad.
—Para eso están los amigos. Mantenme informado. No te creas que me he enfadado, quizá incluso yo, a veces… pienso algo parecido, de ahí mi vehemencia. Creo. Envejecemos, amigo, envejecemos. Y es normal que al ir consiguiendo objetivos nos quede algo más de tiempo para ir haciéndonos preguntas. Pero son sólo eso, preguntas.
—Sí, creo que es eso.
—Hazme un favor, pásalo bien esta noche.
—Creo que con Marta organizando es humanamente imposible no hacerlo —dijo forzando una sonrisa.
—Y tanto que lo es. ¿Tienes curso hoy?
—Sí, tengo que irme ya. Vamos a la barra.
—Ah, Marco, el filósofo, haciendo de mecenas para un amigo.
—No te mereces menos, psicólogo.

2.

Marla le dijo que llevaba doce horas enfrascada en aquel lienzo, y parecía exhausta. Cuando él entró ella estaba derrumbada en un pequeño sofá mirando la tela. Le hizo un pequeño gesto a modo de saludo y reclinó las piernas para que él pudiera sentarse en el borde. Le preguntó qué tal el día en el trabajo, él respondió que todo bien.

—No sé por qué te empeñas en seguir yendo a ese sitio.
—Yo tampoco, pero lo hago.

Fue a por un vaso de agua, el café le había dado sed. Aclaró uno de los que estaban al fondo del fregadero y lo llenó. Había restos de envases de comida a lo largo de la encimera, y no quiso imaginar lo que pasaría por las noches cuando no hubiera luz. Sintió un escalofrío. La escuchó a su espalda.

—¿Has terminado? Necesito follar un poco.

Cuando ella se durmió él se levanto a revisar el cuadro, que parecía vivo. Todo era caos y desorden dentro y fuera. Todo parecía de una inutilidad extrema. Al fondo, a la derecha de la ventana, las telas se acumulaban una sobre otra. No había vendido nada tampoco esta semana.

El arrabal se extiende rodeando la ciudad como una excrecencia. Calles y edificios que surgen aparentemente de la nada y duran lo mismo que un suspiro, o para siempre. Calles sin más orden que el de la conveniencia cuando aparecen. Le gustaría vivir allí, pero no sabe exactamente por qué. En el fondo todo le parece estúpido, pero tiene algo que le atrae inevitablemente.

Ella despierta cuando llaman a la puerta, y se viste mientras él abre. El pequeño hombre entra sin saludarle y se sienta en el suelo en medio del salón.

—Marla. Mi Marla. Estás preciosa.
—Estoy recién levantada, gracias ti. Espero que sea bueno.
—Lo es. ¡Tienes una exposición!
—¿Dónde?
—¿Y qué más da? ¿Quién es tu amigo?
—Mi amigo es mi amigo. Dame detalles.
—En Exposición, nada menos. Lo que tenían programado para la semana que viene se ha caído.
—¿Qué quiere decir que se ha caído?
—¿Y yo qué sé? Los cuadros se han quemado, o han desaparecido, o han sido robados. ¿Yo qué puedo saber? El caso es que hay un hueco todito para ti. Hace tiempo que frecuento a una de las ayudantes de la programadora, es una buena chica, algo neumática de más… pero buena gente, y útil para estos casos, y yo estaba allí en ese momento para ti. Tenían un buen problema, eso sí que te lo digo, uno muy gordo, porque la sala no puede estar parada una semana, eso lo sabes… El caso es que les hablé de ti y les mostré un par de imágenes, y están encantadas. Así que es cosa hecha, la semana que viene expones.
—No me cuadra, Tan, no me cuadra.
—¿Quién es tu amigo?
—Mi amigo es mi amigo, ya te lo he dicho antes. ¿Me vas a intentar convencer de que una galería no tiene un plan alternativo por si algo sale mal?
—Te digo lo que sé. ¿Tengo que saber cómo se organiza esa gente? Por favor… tienen un hueco, y he hecho mis gestiones para que seas tú quien lo cubra, ¿le vas a poner pegas?
—Sabes que no voy a hacerlo. Pero también sabes que no quiero volver a quedar con todo el mundo, cargarlo todo, aparecer por allí y que me digan que no tienen ni idea de lo que estoy hablando.
—Estás siendo injusta conmigo. Eso sólo ha pasado un par de veces. ¿Quién es tu amigo?
—Tienes que decirme más. ¿De cuánto espacio dispongo?
—¿En Exposición? Tendrías que preguntarte mejor cuánto espacio puedes cubrir. Tengo los detalles preparados para decírtelos ahora mismo. ¿Se quedará tu amigo a cenar?
—¿Y quién está pensando en cenar, Tan? ¿Quién podría pensar en comer ahora?
—No lo sé. Yo mismo. No he podido parar en todo el día, convenciendo a todo el mundo de que eres la mejor opción. No sé si sabes lo duro que es eso, creo que no tienes ni idea de lo complicado que es hacer mi trabajo, nunca valoras lo que hago…
—Oh, joder, Tan. Déjate de rollos y empieza a hablar.
—Yo tengo que irme, Marla.
—El amigo se va, qué pena.
—Calla, idiota.
—El idiota tiene que callarse ahora, pero pronto le pedirán que hable.
—¿Vendrás la semana que viene? ¿A la exposición y a verme?
—Claro que sí.
—Deja la puerta entornada cuando salgas.

3.

Después de caminar un buen rato entró en el vehículo y le dio la orden de ir a casa. Estando fuera del arrabal sus propios mensajes empezaron a rodearle y se sintió un poco más en un terreno conocido. La Federación cuidaba de los suyos y reclamaba sus espacios, todo al mismo tiempo de un modo lógico. No tenía mucho más que hacer que ir recopilando recuerdos para el visualizador. Tenía que estar perfectamente conectado con su pasado, al menos con las partes que era conveniente utilizar para la celebración. No sería bueno que nada que no debiera salir lo hiciera. Terminó pronto.

Dentro del vehículo se sentía a salvo, a cubierto. Nada podía entrar ni salir. Disponía de un rato para estar tranquilo. Abrió algunos archivos del trabajo e hizo pequeñas modificaciones, le vendría bien para mañana. Nada serio, nada complicado, nada que le costase demasiado esfuerzo. Ajustó la temperatura, reclinó el sillón un poco. Puso algo de música. La ciudad desde arriba parecía tranquila. Estaba siendo un día raro.

Los anuncios de las nuevas estaciones entre Saturno y Urano copaban últimamente los anuncios, había muchos puestos que cubrir allí. No se había duchado y todo el cuerpo le picaba. Sabía que era algo imaginario, pero aún así era tan real como el tacto del botón virtual de subir el volumen. Tendría que encontrar un hueco. El control de tráfico le daba un tránsito de veinticinco minutos. Cerró los archivos, reclinó un poco más el asiento, se concentró en la música.

Tenía que encontrar el modo de sincronizarlo todo. De eso estaba seguro. Un modo en el que todos los niveles de su existencia pudieran ir avanzando sin problemas, tranquilamente. Martina había terminado los cursos de adaptación inicial con unos resultados excelentes, y quería orientarse hacia la formación como Sindico. Eso supondría primero meses fuera de casa, más adelante años, y finalmente la vida entera. Tendría que hablar con ella lo antes posible, mostrarle opciones menos lejanas. A sus diez años no podía entender lo que estaba en juego. Él tampoco era capaz de hacerlo completamente, pero Marta sí. La conocía lo suficiente como para saber en qué campo de batalla se iba a convertir todo de ahí en adelante, día a día. La guerra que se iba a abrir. Martín aún tendría que esperar un par de años para entrar en el mismo nivel de peligro, pero lo haría. Preguntaba demasiado por la nube de Orr.

Todo era en gran medida culpa suya. Marta no decía nada, pero lo sabía.

Y tenía que encontrar un hueco para la semana que viene. Una exposición, si todo iba bien, podría marcar la diferencia. Una exposición podría hacer de Marla una persona conocida, lo que sería estupendo pero podría complicar terriblemente las cosas. Sus cosas. Marta siempre había sido flexible hasta cierto punto. Lo más probable es que ahora mismo Marla estuviera acostándose con el tipo. Ni se hacía ilusiones ni le importaba demasiado, pero también sería un incordio para más adelante.

Cuarenta años. Un quinto de su vida pasaba ante sus ojos y se sintió ajeno a todo lo demás. En parte todo era culpa suya, se había ocupado de hacer interesantes ciertas opciones. Eso era lo que hacía. Se rió pensando que el único que no terminaba de creérselo del todo era él mismo, pero por más que lo intentó no sabía cuándo empezó a comprender lo que no era más que una tontería. Cuando construyes un escenario siempre ves los brochazos.

Reclinó del todo el asiento. Demasiado en el plato. Hablaría con Martina mañana, sin saber muy bien qué le diría. Encontraría un hueco para Marla, pasara lo que pasara, al fin y el cabo ella le conectaba con una realidad un poco más primordial. Ella estaba fuera del alcance de lo que hacía. Era la base sobre la que empezar a moldear. Y Marta seguiría siendo Marta, pasara lo que pasara. Se hundiera lo que se hundiera. Pensara lo que pensara cualquiera.

Una tontería en una colección de tonterías.

Le estarían esperando con las luces apagadas. Sorpresa. La doble plaza de aparcamiento dentro de la parcela, la barbacóa a pleno rendimiento. Los sensores de proximidad izquierdos empezaron a zumbar. Primero ligeramente, después de forma más continua. Inclinó el asiento poco a poco, estorbado por la inercia del movimiento a la derecha que inició el navegador, que anunciaba con voz inexpresiva la inminencia del impacto.

El movimiento se hizo más brusco, su cuerpo se pegó al lateral izquierdo. El olor a fresas de Marla inundó la cabina, malcubriendo un cierto olor a quemado. Los sistemas abrieron las espitas de espuma y la mezcla pastosa le cubrió de arriba abajo al mismo tiempo que sentía cómo el vehículo perdía altura. Antes de que solidificara ejecutó movimientos mecánicos para liberar las vías respiratorias, los mismos que había practicado decenas de veces en cada una de las renovaciones de su permiso de pasajero.

flotando

Solía clavar las mañanas en la pantalla del ordenador, fingiendo estar concentrado en el trabajo. Si no levantas mucho la cabeza nadie va a pedirte demasiadas explicaciones, y puedes dedicarte tranquilo a dejar la mente en blanco para evitar idiotizarte más y más como ser humano. Habíamos conseguido un par de idas al baño, un descanso de diez minutos para un café y un cigarro. Eso era todo. El resto de tu tiempo allí les pertenecía a ellos, y no parecía que hubiera nada que pudieras hacer al respecto.

lunas nuevas

Me dijo que quería volver a ver al tipo que fue, y yo no tenía realmente claro qué se podía hacer con eso, más que quizá no parar en esta especie de estar llorando sin manifestarlo que nos traíamos entre los dos. «Fumar mata», repetía, «pero más seguir comprando esta mierda de pescado». Y se reía, nervioso, sin hacerse demasiada gracia ni siquiera a sí mismo. Un alma penando en el purgatorio del paro, la nevera vacía, las opciones nulas, el futuro embargado. Y como ambos sabíamos que no había mucho más que hacer seguíamos empeñándonos en la cerveza y en arrancar algunos acordes de la guitarra de cuerdas inafinables de segundo uso, de vuelta al servicio para sustituir las nuevas según se habían ido rompiendo. Las cuerdas de «por si acaso» que se convierten en la única opción posible. Es una realidad como un planeta entero, pero también una buena metáfora de todo. Arrancábamos un par de acordes y cantábamos algo, le dábamos un trago largo a la cerveza, agotábamos la extensión del movimiento y lo dejábamos. Teníamos unos folios y un bolígrafo con el que íbamos anotando algunas frases que nos parecían mejor que las demás. «Pensar es un destino vacacional». Algunos garabatos. Soluciones caseras de autoayuda que dudo que vayan a estar alguna vez en un libro. De cuando en cuando él se levantaba, iba al baño, meaba, tiraba de la cadena y volvía con la pernera del pantalón empapada, goteando lentamente hasta que dejaba de hacerlo. A la derecha de la pata de la silla de Ikea tenía un pequeño charquito que inspiraba una ternura infinita recogida en un hueco tan pequeño como un par de centímetros cuadrados.

Le prestaba algo de dinero de cuando en cuando, no mucho. Le llevaba algo de comida, no mucha. En ambas frases he querido escribir «lo que podía», pero no hubiera sido justo. Lo que tiene ser un mierda con suerte es que, aunque no dejas de ser un mierda, tienes suerte. Es conveniente no olvidar que no puedes hacer nada para ponerla de tu lado, es conveniente ser sincero con uno mismo y recordarlo y, sobre todo, es conveniente repartir tu miseria para que la de los demás sea menos voraz. No pensando en que mañana esa silla y el charquito pueden ser tuyos, cosa que no sabes ni puedes saber, sino porque ciertas situaciones, simplemente, no están bien. Les falta legitimidad. No es legítimo que alguien lo pierda todo en un mundo hecho por humanos para humanos. Perder todo lo que tienes en un momento dado no es problema, perder el futuro sí lo es.

La miseria acaba con todo, y la caridad agudiza el problema. La miseria se aferra a tu garganta y te deja mudo y repiquetéa constantemente por tus neuronas, aniquilándolas, haciendo estragos por donde pasa, allanando el terreno que pierde profundidad y relieve. La miseria sin opciones es el castigo más terrible que nadie pueda sufrir jamás. Te queda tu cabeza, claro, y las canciones y las tardes de tomar unas cuantas cervezas con la guitarra y los papeles y el bolígrafo con el que ir anotando tonterías aquí y allí, pero sólo los más grandes genios pueden sacar algo decente de eso. Y genios no hay realmente demasiados. Lo que hay es gente normal, con sus cosas, con sus lamentaciones, con sus alegrías si todo va medianamente bien. De hecho, últimamente, realmente pienso que no existe ni ha existido ningún genio. Sólo tendencias, cosas que un cierto infantilismo en forma de mercado pone de moda de cuando en cuando y, si te pilla en medio, pues estupendo. Si no, puedes hartarte a probar mundo y comprobar que no te deja bocado. No hay nada más que los retos personales, que te llevarán a alguna parte o no te llevarán a ninguna. Lo importante es el viaje, dicen. Pero el viaje no se disfruta siempre. Hay muchas muchas cosas que pueden joderte el viaje.

La caridad es un regalo. No hacen falta regalos cuando tienes derechos. La caridad sólo sirve para limpiar un poco la ciénaga del que la ejerce, sin cambiar nada en absoluto. Soy muy consciente.

Los genios, quizá, tienen una fuerza mental que los demás no poseemos. Cabezonería. Tenerse en pie pase lo que pase. Pero descontando las horas empleadas no comprendo realmente qué tiene eso que ver con la genialidad. El desbaste del tiempo reventando contra la playa de tu autoestima. El preguntarte para qué, y por qué, y desde cuándo, y, sobre todo, y ahora qué. Ser capaz de sobreponerte a todo eso y al tiempo de descuento que es la muerte desde que naces, porque saber que cada hora no vuelve y sentirte responsable por cada una de ellas te vuelve loquísimo, y sé que es lo único que hay si no puedes relajarte cuando todo va mal, si la miseria te envuelve como una segunda piel. Cuando vas sobrado un par de días tomando el sol siempre es una buena opción, coger fuerzas. Cuando vas jodido y te han convencido de tu responsabilidad en el asunto cada minuto es el más importante de tu vida, y tú estás condenado a verlos irse uno después de otro sin nada de sustancia en el segundero. Ser un genio es quizá olvidar todo eso y ser capaz de enseñarle los dientes a tu vacío, agarrarte fuerte a lo que consideras importante y seguir ciego hacia delante sin reparar en las heridas que te están matando. No tengo ni la más remota idea.

Le gustaría ver al tipo que fue, me dice, para darle un par de consejos. No dejar este trabajo, no liarse con aquella tipa que le jodió una buena relación. A mí me gustaría decirle que eso no serviría de nada, que los caminos se pueden torcer por casi cualquier parte y no hay ninguna promesa de resultados mire donde mire. Pero para qué. Quizá ese pasado que se puede modificar es el único aliento que exhala entre calada y calada del cigarro. Yo no puedo saberlo y, al fin y al cabo, estoy siendo tan hipócrita como todos los demás, así que lo correcto es tragarme mis ideas tan dentro como pueda. Quizá ni él mismo se lo cree, pero quiere hacerlo. Y eso puede marcar la diferencia entre poco y nada. Entre este maldito frío y el cero absoluto. No importa lo que hayas hecho, en realidad. No importa cuántas veces te hayas equivocado ahora o entonces. Lo que sí importa y me reconcome es que la realidad sea capaz de entregar facturas como esta sin que la humanidad como conjunto tenga algo que decir.

¿Que me he equivocado? Mucho. ¿Qué podía haberlo hecho todo mejor? Y quién no. Pero a ver a qué viene todo esto, tanta saña. A ver a qué viene truncar lo que ya nunca va a ser por lo que se atrevió a ser. Son estupideces. Da igual. Palabras grandilocuentes. Lo que hay es lo que ves y lo que ves es lo único que va a haber. Podemos justificarnos horas todos juntos en una epifanía de amor mutuo, pero somos lo que hacemos, no lo que decimos. Ni siquiera somos lo que pensamos.

Somos lo que permitimos.

A mí esto no me salva ni por asomo. A él mucho menos.

La vida es otra cosa, pienso mientras vuelvo a casa para acostarme a una hora razonable para ser un tipo operativo mañana. Pero, sin embargo, esta vida que tenemos es eso, justo eso. No importa cual sea tu situación o lo bien o mal que te vaya, en esas grietas está la definición de lo que somos. Esas grietas lo contienen todo.