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juro no saber nada

1.
Enfrente de su portal había un parque, así que compré a la mañana siguiente El Mundo y le hice un agujero con un bolígrafo. Supongo que el agujero era perfectamente visible, pero para eso había que fijarse en un tío leyendo un periódico en el banco de un parque. Cuando me acordaba, pasaba la página, para no llamar la atención. No sé por qué no podía ser simplemente un idiota que le gusta leer horas y horas la misma página del periódico. Me concentré en el portal con ganas y empecé a fumarrajear cigarros, dejando el periódico a un lado y liando. No, no tenía ningún plan establecido, únicamente quería saber más. Las horas pasaban injustamente despacio. Salió sobre las once de la mañana, en chandal y con una mochila pequeña a la espalda. La dejé doblar la esquina y la seguí. Se quedó en la parada del autobús, lo que me venía de perlas, porque todo el mundo puede estar quieto al lado de alguien en una parada de autobús. Ella miraba hacia el lugar por el que tenía que llegar el transporte de ganado civilizado. De repente se levantó, yo me levanté unos segundos más tarde. Era una de las rutas urbanas, que dan vueltas por la ciudad todo el día, como si eso fuera interesante, infatigable. Me senté dos o tres asientos detrás de ella, sin perderla de vista. Aquí ya no utilicé el periódico, inútil en las distancias cortas en las que resalta un agujero de bordes azulados de tinta de bic. Tampoco hacía falta, si se quería fijar alguien me daba igual, mientras que no fuera ella. Pero eso era imposible, ella miraba siempre hacia delante. Seguía el recorrido como si jamás hubiera visto esas calles. Un leve gesto suyo me hizo llamar al timbre, levantarme inmediatamente e ir a la puerta de salida del infame vehículo. Ella se quedó detrás de mí. El autobús paró. Delante de nosotros la extensión abominable del polideportivo. Me bajé y comencé a andar despacio, lo suficiente como para que me adelantase. A partir de ahí no era significativo que pensase que la estaba siguiendo, perfectamente podíamos ir al mismo sitio. Se metió tras una puerta. La seguí. Atravesó unos torniquetes como los de la entrada del metro enseñándole una tarjeta a un tío tras un cristal. Decidí hacerme socio.

2.
Me acerqué a la ventanilla.
-Buenos días.
– Buenos días, ¿en qué puedo ayudarle?
– Bien, me gustaría hacerme socio.
– No hay problema, ¿está usted empadronado aquí?
– Sí.
– Bien, necesito que me traiga un certificado de empadronamiento.
Madre mía.
– ¿No le sirve con mi D.N.I?
– No, en este caso necesitaríamos el certificado.
– ¿En este caso?, ¿en cuál no?
– Bueno, es una forma de hablar, en todos los casos necesitamos el certificado.
– ¿Quiénes lo necesitamos?
– Bueno… nosotros, el ayuntamiento…
– ¡Pero si es el ayuntamiento el que me tiene que expedir el certificado!
– Por supuesto, y luego me lo presenta a mí.
Me rindo. Mascullo un de acuerdo más o menos inteligible y me doy media vuelta, dejando a Sonia allí dentro.

3.
Me presenté con mi certificado
– Buenos días.
– Buenos días, ¿en qué puedo ayudarle?
– Sí, estuvimos hablando ayer, yo quiero hacerme socio…
– Sí, ya recuerdo. ¿Certificado de empadronamiento?
– Aquí tiene – me sentí grande.
– ¿Tres fotos tamaño carnet?
– ¿Qué?
– Sí, necesitamos tres fotos de carnet.
– Joder, dígame todo lo que hace falta de una vez, y así me vengo mañana con todo y no doy más vueltas, hombre.
– Bueno, pues aparte del certificado y las fotos tan solo requerimos una fotocopia del D.N.I.
– Muchas gracias, mañana lo traigo.
No servía de nada ponerse a discutir, que es lo peor de todo.

4.
Estuve mirando algunas fotos mientras me acariciaba el calvo tomando un café. No había sabido nada más de ella en este par de días, absorto completamente en los requisitos para poder utilizar unos hierros que, a base de un terrible esfuerzo, consiguen potenciar tus músculos.
Al día siguiente, pertrechado con todo lo necesario, volví al polideportivo. Entregué los papeles y el buen hombre estuvo unos veinte minutos recortando la foto, abriendo un tubo de pegamento, pegándola y copiando mis datos personales del D.N.I. al carnet del ayuntamiento. Cuando terminó, sudoroso por el esfuerzo, me lo entregó y me dijo ya puede pasar, como si me estuviera abriendo las puertas del cielo, el muy capullo. Bueno, en parte sí me las estaba abriendo. Pero de eso él no sabía nada.
Entré y nada superó mis expectativas. Todo estaba lleno de gente vestida con prendas ajustadas de colores insultantemente chillones que no hacían más que estimular su propia sudoración con un empeño encomiable. Busqué y no la encontré. Por eso me fui enseguida.

21.
A la hora fijada por mi primera investigación me fui a la parada. Y allí estaba ella, toda una semana perdida para esto. Montamos juntos en el cacharro, nos bajamos juntos, recorrimos el camino juntos y entramos juntos al matadero. Yo hablé con un super monitor que me encontré por allí para que me diera algo que hacer que no llamase la atención.
– ¡Hola, buenos días! ¿Qué estamos dispuestos a trabajar hoy?
Esa pregunta me dejó en blanco, quizá por la expresión bovinamente feliz con que la acompañó nuestro elástico oligofrénico, tuve que improvisar.
– Me interesa desarrollar los músculos de mis brazos.
– Perfecto, sígame.
Me situó en un bicho que no había dios que lo moviera. Ella movía el suyo sin ninguna dificultad, a cuatro metros de mí. Se levantó y fue a uno de esos engendros expendedores de bocadillos fríos y botes de zumo con pajita. Entonces sentí por primera vez en mi vida que podía ser cierto eso de que, a veces, nuestra polla piensa por nuestro cerebro de vez en cuando. Al menos mis neuronas no tuvieron nada que ver con el movimiento que hice a continuación. Me levante y me fui a la máquina.
Ella recogió su zumo del servidor y se dio la vuelta.
La mire con cara de conocerla.
– ¿Sonia?, ¡eres tú!, ¡cuánto tiempo sin verte, tía!
Ella puso la típica cara de lo siento, pero creo que se equivoca, yo me eché a temblar, dándolo todo por perdido, lamentándome por todas las mañanas de ayuntamiento que había pasado cuando su cara cambió.
– Me suena mucho tu cara, pero… lo siento, no puedo recordar tu nombre.
– No te preocupes -mi polla improvisaba que daba gusto- hace mucho tiempo, no te veo desde primero o segundo de E.G.B, yo soy Sergio.
– ¿Sergio? ¡No jodas! ¿Tú eres Sergio? Joder, en la vida te hubiera reconocido. Joder, la última vez que te vi tenías el labio superior lleno de mocos, tartamudeabas y te tropezabas cada cinco minutos.
Podía haber escogido a otro, maldita sea.
– Je, je, sí, algo he cambiado… bueno, ¿qué haces?
– Estudio historia. Mis padres me han alquilado un piso aquí porque me coge mucho más cerca de la Autónoma, así que estoy de puta madre, viviendo sola y estudiando.
– Vaya envidia que me das, eso es tener suerte.
– Sí.
Un silencio. Mi cerebro toma el relevo.
– ¿Hace mucho que estás en el gimnasio?
– No, desde que me mudé. Yo sin esto no sé vivir. ¿Y tú?
-Hoy es mi primer día.
– ¿Ah, sí? No te preocupes, yo te introduzco.
Desde ese momento todo fue maravilloso.

22.
La verdad es que no fue nada difícil entrar en su cama, supongo que porque no estaba de por medio el ayuntamiento. No tenía ningún tipo de problema en ejecutar ningún tipo de movimiento. Tenía una colección de cosas que se ajustaban perfectamente a las hendiduras más proscritas de su anatomía, y yo me sentí como nunca, porque joder había jodido, pero sin nada de juguetitos. Algunos vibraban, otros hacían otras cosas mientras ella aullaba. Fui amo (¡qué bestia puede llegar a ser uno con tal de que le den una oportunidad!) porque a ella le encantaba ser sumisa.
El mismo día que nos conocimos (ja, que nos reencontramos…) nos fuimos juntos en el autobús y cuando se fue a bajar le dije que me también era mi parada. Me preguntó dónde vivía, le contesté “aquí mismo”.
– ¿Qué coincidencia? ¡Yo vivo también aquí mismo!
– Joder, el mundo es un pañuelo -y casi me parto de risa después de decir aquella frase, pero me contuve.
– Tienes que venir un día a tomar una cerveza a mi casa.
– Cuando quieras.
– ¿Esta tarde?
– Oh, lo siento, esta tarde no puedo, por las tardes trabajo.
– ¿Y a qué hora sales?
– A las diez, llego aquí sobre las diez y media.
– No hay problema, te invito a cenar. Esto de estar sola en una ciudad nueva es un rollo, no conozco a nadie. Me encantaría invitarte.
– ¿Y la gente de la facultad?
– ¿Qué hora es?
– Las doce.
– Y estoy aquí, como comprenderás no tengo mucha relación con ellos.
Me fui a trabajar sin terminar de caber en mis pantalones y toda la tarde fue un suplicio. Me largué de allí en cuanto el reloj cantó las diez dejando todo a medias y me fui a su casa. Llamé al telefonillo y ella me abrió.
La casa estaba completamente desangelada, parecía una habitación de hotel. Lo único que parecía habitado era el dormitorio, lleno de velas y de telas colgando por las paredes. Aún así la cena fue estupenda, pizza de la pizzería del local del portal de la esquina, y la cerveza estaba buena. Se sentó en un sillón con los pies colgando de los reposabrazos a comer aquello mientras bebía sin fondo. Era increíble la velocidad a la que desaparecían de allí los litros. Yo ayudaba, porque quería perder lo suficiente como para desinhibirme y para aguantar en la cama algo más de veinte minutos después. Ella puso una película (una verdadera salvación, no teníamos demasiado de lo que hablar). Una película de risa. Se levantó del sillón cuando termino y me pregunto que si quería ver otra. No me quedaba más remedio que aguantar el tirón, así que dije que sí.
– Pero esta película… es un poco especial.
– De acuerdo, mientras no sea demasiado profunda.
– Algo sí que lo es.
Y entonces me puso la primera película porno de mi vida. Madre mía, eso contrarrestaba cualquier efecto que en mi aguante pudiera tener el alcohol.
– Pero…
– Ya lo sé, es que me gustan mucho, y hace mucho que no veo una con un tío. Podemos decir que es en honor de los días de la infancia, en la escuela…
– En la escuela no hacíamos nada de esto…
– Bueno, tú me entiendes.
Joder que si entendía. Se acercó a mí, me besó las piernas, se fue quitando ropa y ropa hasta derrocharla toda, mirándome desde ese cuerpo menudo, lleno de curvas minúsculas pero inmensas, y empezamos a imitar todo lo que salía en la pantalla (a ver si me explico, todo lo que salía en lo que estaban implicadas una o dos personas, no rechazando aproximaciones razonables), y ya dije que su habitación estaba llena de velas y de telas por todas partes, y su sexo olía a buen jabón, y mi corazón se había ido a celebrarlo, y mi cerebro estaba desbordado diciéndole a los nervios sensoriales no, no hay sitio para eso ahora mismo, espere su turno, y mi cuerpo retumbaba en sordos bum, bum, bum, bum, que era lo que dejó el corazón antes de irse. Y todo lo llenó de incienso, y de excitación perversa, y cumplí como un señor, que es lo debido, y después me fui quedando dormido a oleadas, en suaves ritmos…

23.
Despierto.
– ¿Sonia?
No es mi cama. Y no hay nadie al otro lado de la cama.
– Buenos días, campeón.
Parece que pasé la prueba.
– Buenos días…
– Por cierto, me llamo Vanesa, no me llamo Sonia.
– ¿Qué?
– Pero me gustaría que me siguieras llamando Sonia, es más divertido. ¿Tú como te llamas?
Estoy en stand by, respondo.
– Gabriel, me llamo Gabriel.
– ¿Cómo se te ocurrió todo eso del colegio?
– No entiendo nada en absoluto.
Su cara se entristece.
– ¿No me digas que realmente te recuerdo a alguien de tu colegio?
– No, en realidad no, pero…
– Di, dime cómo se te ocurrió.
– No lo sé… estaba allí, te vi… ¿Vanesa?
– Oh, no seas blasfemo, no repitas eso.
– I’m sorry, Sonia.
– Eso me gusta más.
– Sí, bueno… estoy hecho un lío.
– No te preocupes, es sencillo, tómate un café mientras te aclaras la cabeza.
– ¿Te importa si me doy una ducha?
– ¿Conmigo?
– No… ésta la prefiero solo.
– De acuerdo -con un tono musical en la voz.
Y me lavo con jabón del caro que huele a coño de Vanesa y miro a la pared confundido.
Termino y me seco, frotándome fuerte para recuperar el sentido. Cuando salgo hay café sobre la mesa desangelada, y magdalenas.

taxidería

Bajé a tomar un taxi en la taxidería de la esquina mientras te esperaba, porque allí los preparan de forma francamente excelente y a ti no te disgusta en exceso el lugar. Saqué mi pipa, la cargué y la amartillé con un duende de sombrero puntiagudo -no me gusta de otra manera- y sorbí un poco de taxi con la pajita. Con la primera calada el aire se llenó de folios en blanco, por lo que me sentí bastante satisfecho y enardecido. No comprendo cómo aguantan su trabajo los de fuera de la barra, todo el día preparando vehículo tras vehículo y soportando a los clientes que no tienen nada mejor que hacer en un momento dado que venir aquí a estropear su trabajo bebiéndoselo. Ahora mismo el empleado está preparando un T.I.R. de veinte toneladas, y se le está atravesando uno de los neumáticos. En realidad no consigo entender a los que trabajan. Cojo un folio en blanco y escribo un poema medieval, termino y lo dato aproximadamente en el mil cincuenta d.C. Eso será suficiente para pagar esto y lo que tú pidas.
Nos han invitado a una fiesta en nuestra casa, una fiesta de disfraces. Yo me he disfrazado de ti y tú de mí, por lo que me cuesta bastante esfuerzo reconocerte cuando entras con mi cara sobre tus labios. He de admitir que da un asco inmenso besarte, pero lo hago de todos modos.

– Uff, casi no llego.
– Es igual, ya sabes que las fiestas casi siempre empiezan con tres días de retraso.
– ¿Qué tomas?
– Un taxi.
– ¿Qué modelo?
– Humm… no lo sé, no sé cuál en concreto.
– No vas a cambiar nunca. Eres un completo despreocupado. ¿Qué es esto?
– ¡Ah!, un poema medieval que acabo de expeler.
– Parece bastante auténtico, ¿de cuando es?
– Del año mil cincuenta.
– Estupendo.
– ¿Quieres algo?
– Sí, una lechera de reparto citröen.
– De acuerdo, te la traigo.
– Gracias.

A lo largo de la barra se extienden las cámaras, busco hasta que encuentro la de citröen y la abro, le pregunto por la camioneta al enano responsable de dentro y en tres horas y cuarto la tengo acicalada y dispuesta para ser ingerida.
A veces no quieren y un psicólogo especializado debe tratarlas para convencerlas de su error.
Cuando vuelvo a mi disfraz le ha salido barba y rasca, lo que no dejas de advertir con incomodidad. Se te está irritando la cara. Mi cara.

– Me gusta cuando haces círculos con los folios.
– Ahora no estoy muy inspirado. Prueba tu bebida.
– Perfecta. Es bueno que seas un alcohólico, conoces los sitios donde mejor las preparan.
– Tiene su mérito, no te digo que no. ¿Me quieres?
– Sabes que de vez en cuando sí.
– Gracias, estoy pasando por una fase de baja autoestima.
– ¿Por qué?
– ¿Tú entiendes el sentido de todo esto?
– ¿A qué te refieres?
– A todo en general, supongo. No comprendo muy bien por qué todo es como es, el significado de las cosas que hago cada día.
– Eso es claro. Cuando tú llegaste estaba todo montado, ¿no es así? Pues intenta cambiar lo que no te guste y quédate con lo que te guste. Eso es lo único importante.
– Ya… pero… ¿y si las cosas me gustan porque he crecido con ellas?
– ¿Y eso qué más da? Lo importante es que te gustan y te hacen sentir feliz. Si hubieras nacido en un mundo sin pipas no serías poeta, probablemente serías amanuense o anacoreta. Pero si de hecho no es así, ¿para qué romperse la cabeza?
– Supongo que tienes razón. ¿Vamos a la fiesta?

En la calle los perros atados a las farolas aúllan amigablemente mientras evitamos sus mandíbulas hambrientas.

En los portales los vecinos se sonríen mientras ven pasar a una pareja tan perfecta. Tenemos el don de la incredulidad y no les hacemos caso, aunque insistan. En los portales vacíos hacemos el amor hasta extenuarnos y dormimos la siesta. Después nos vestimos y comemos en un restaurante de moda y siempre encontramos pelos en los platos, por lo que nunca pagamos. Yo me acaricio y me devuelvo la caricia con infinita ternura. Ella tiene amantes y yo la espero en la calle porque después, sea como sea, siempre come conmigo. Los amantes son hombres vestidos de negro que se tapan la cara con un embozo. Yo no tengo amadas porque me gusta vestir de verde chillón y llamo mucho la atención.
Al llegar a casa abro la puerta con una fuerte patada que la madera reconoce dejándonos pasar. No puedo evitar lagrimear al ver a todos nuestros amigos esperándonos saltando en los sofás y vomitando en las paredes. Todos allí para agasajarnos en el día más feliz de nuestras vidas.
Hoy nos hemos conocido.

2.
Cuando la fiesta termina la casa está cansada y tú y yo no podemos hacer mucho ruido, así que nos sentamos en el corazón del salón a hacernos mimos con los pies en silencio. Un mediodía anaranjado nos observa desde las ventanas que dejamos abiertas para que los recuerdos salgan y nos dejen vacíos. Tú tomas de nuevo una camioneta de reparto y yo un pequeño ciclomotor de segunda mano. Todos se han ido llevándose la suciedad en limpias bolsas de plástico negro, todos se han esfumado como el vapor de agua y de nuevo constato la presencia de un incómodo agujero en la mitad de mi pecho. Como ahora mismo no me preocupa lo dejo pasar sin más.

Se pierde.

– ¿Has tenido alguna vez pesadillas?
– No, nunca. Son muy caras de mantener.
– Ya.

Y así pasamos aquella tarde.

marionetas

No tenía tiempo para sonreír, todavía no. Rasqué la cerilla sobre la raya blanca del suelo y encendí el cigarro con ella. Para eso estaba. El cielo, de un azul intenso y pastoso, derrochaba brillos eléctricos sobre tu mirada perdida. No sé dónde mirabas. Fumé en silencio mientras te observaba, callada tumbada en el asfalto negro. ¿Quién serías? ¿De dónde habrías salido? Seguramente tendrías padres y hermanos, supongo que compañeros de trabajo y amigos, y manías, y suciedades en el recuerdo, y polvos mal digeridos en tus entrañas a la vez que viajes extáticos al limbo del orgasmo. Fuegos artificiales, dicen las series americanas. Supongo que habrás visto de esos. He terminado de fumar, así que enciendo otro. No dejan de pasar coches. No tengo tiempo para sonreír, todavía no. No creo haberte preguntado cómo te llamas. Tengo una libreta y escribo esto, por si hace falta luego. ¿Qué pensarás? Me dejas atónito, petrificado en la curiosidad, me dejas confuso, el cigarro sabe bien después de tanto tiempo. Tenías tabaco en el bolsillo, ha salido disparado varios metros lejos de ti. Previsora, tenías las cerillas dentro. La bicicleta está en el suelo en una postura imposible, como una marioneta en la silla después del espectáculo. ¿Qué coño miras? Creo que no voy a saber nunca lo que encierras, pero me encontraría bastante bien entre tus suciedades y tus alegrías, pienso. Me das un poco de rabia, tumbada tan tranquila. A mí me dejas explicar esto, seguro que puedo denunciar al ayuntamiento por la evidente peligrosidad de esta mierda de carril-bici en las incorporaciones y las salidas. Al ayuntamiento o a la comunidad, o a quien sea. Seguro, pero tú estás ahí tumbada, relajada, tranquila, laxa. Cómoda. Creo que te has ido en el mismo instante en el que se cruzaron las trayectorias. Eso está bien, dentro de lo que cabe, pero me has dejado sólo. Si estuvieras moribunda al menos podría cuidarte, ponerte una chaqueta en el cuello, darte un poco de refresco de la lata, limpiarte la cara con mi pañuelo. O rezarte algo, yo qué sé. Tu expresión es plácida, tranquila, algo bovina. Malditos domingos, sólo traen placidez estúpida. Por fin ha parado alguien, es un Ibiza azul, estúpido coche, diez minutos de soledad compartida contigo. Le voy a dar la libreta a quien baje y me parece que voy a perder el conocimiento. Mala suerte, supongo. Mierda de azul pastoso. Recalcitrante, sigues mirando. No sé qué miras. No sé qué hubo ahí dentro. Mierda de ayuntamiento, o de comunidad, o de país, no sé. Te cojo un cigarro. Es el último. El del Ibiza me está gritando algo. No entiende nada, el tarado. No quiere coger la libreta. Está todo aquí. He terminado. Sólo tiene que cogerla. Yo ya no tengo tabaco. He vuelto a fumar. A Marisa le va a dar un vuelco la vida cuando se entere de todo esto, sobre todo de lo del tabaco.