# perdiendo.org/museodemetralla

entraron en mi cabeza (202) | libros (21) | me lo llevo puesto (7) | pelis (2) | Renta básica (9) | series (6) | escasez (2) | frikeando (94) | arduino (1) | autoreferencial (11) | bici (1) | esperanto (4) | eve online (3) | git (2) | GNU/linux (4) | markdown (7) | nexus7 (2) | python (7) | raspberry pi (3) | vim (1) | wordpress (1) | zatchtronics (3) | hago (771) | canciones (161) | borradores (7) | cover (44) | el extremo inútil de la escoba (2) | elec (1) | GRACO (2) | guitarlele (11) | ruiditos (11) | Solenoide (1) | fotos (37) | nanowrimo (3) | novela (26) | criaturas del pantano (5) | el año que no follamos (12) | huim (5) | rehab (4) | poemas (363) | Anclajes (15) | andando (3) | B.A.R (7) | Canción de cuna para un borracho (38) | Cercos vacíos (37) | Cien puentes en la cabeza (7) | Conejo azul (6) | Contenido del juego (5) | De tiendas (3) | del pantano (3) | Destrozos (2) | Epilogo (4) | Fuegos de artificio (5) | Imposible rescate (15) | Jugando a rojo (7) | Libro del desencuentro (2) | Lo que sé de Marte (11) | Los cuentos (21) | Montaje del juego (5) | Orden de salida (4) | palitos (31) | Piernas abiertas (7) | Poemas medianos (12) | Privado de sueño (7) | rasguemas (5) | Tanto para nada (17) | Todo a 100 (2) | Uno (4) | relatos (97) | anatemas (9) | orbital (2) | prompts (8) | vindicaciones (103) | perdiendo (1.718) | atranques (1) |

domingo de fútbol

He bajado al ahorramás a completar la reserva de vino y cerveza y me he encontrado con José Luis, el chapista del taller de abajo. Le conocí un domingo de mierda en el que me sentía tan solo que no me importó bajar al bar aunque fuera consciente de que tocaba partido de fútbol. Estábamos allí, tomando una cerveza y mirando a la pantalla cuando comenzó a hablarme. Como no tengo ni idea de fútbol yo asentía todo el tiempo mientras pegaba largos tragos a mi jarra. Me retransmitió el partido como si a mí me importase algo toda aquella jodienda con apariencia de batalla campal de señoritas finas de perfecta manicura y espléndida sonrisa. Habló y habló y e invitó a un par de rondas hasta que el partido terminó, y entonces, por un motivo o por otro, decidimos ir a tomar algo al Cool. Me gusta el Cool, de vez en cuando hay que hacer la ronda por los infiernos, para que no se desmadre nada y para lanzar las redes en todos los caladeros posibles.

Con un par de calimotxos encima comienza a contarme cosas de su novia, Sonia, cosas y cosas que yo no he preguntado y no quiero saber. Pero era compañía, al fin y al cabo, y en casa sólo me espera una nevera vacía y el recuerdo de los gatos, entre otros recuerdos menos inodoros. Por eso me quedo y me entero de una multiplicidad de detalles estrambóticos, reforzando mi teoría de que no hay nadie normal en este maldito mundo. Sonia es fan de Michael Jackson, cocina con él, tiende lavadoras con él, va al curro con él en el walkman y, sobre todo, jode con Michael Jackson puesto, una y otra vez Michael Jackson puesto, y José Luis está hasta los huevos. «Man in the mirror» le repatea especialmente, no puede con «Bad» ni con «Smooth criminal», ella parece obsesionada especialmente con ese disco. Últimamente a José Luis no se le levanta, y me comenta, sin pudor alguno, que cree que es por el amigo Michael. A mí me hubiera gustado decirle con Rimbaud: «Es una gran ventaja poder reírme de los viejos amores embusteros, y cubrir de vergüenza a esas parejas mentirosas «he visto el infierno de las mujeres allá abajo.- Y me será permitido poseer la verdad en un alma y un cuerpo.» Pero me callo y escucho, ensimismado.

Y hoy me comenta que ha dejado a Michael, y a ella de rebote.

historia de la sardinita en la pila o cómo escaquearse de seguir limpiando la cocina

Tres o cuatro o incluso cinco días después de la cena de ibéricos a base de embutidos ibéricos y cerveza abundante, tierna, roma e indolora, comprendí que algo no funcionaba bien en mi cocina. Cada vez que me acercaba a la puerta una sensación intensa me repelía ineluctablemente con una fuerza igual a la suma de la peste desalojada.

Me acerqué a la pila. Levanté un par de platos sucios, algunos vasos grasientos, un par de spaguetis blandos, semipodridos, verdosos en algunos puntos. Debajo del quinto plato encontré lo que buscaba. Allí estaba la sardina. Lo que en su día debió ser una sardina natatoria completa.

No podía cogerla con las manos, así que pergeñé un invento que se asemejaba a unas pinzas. Utilicé las pinzas de la cocina, vamos. En el justo momento en el que estaba a punto de hacer una carnicería intentando captarla para la gran causa del cubo de la basura (nudo rápido y al contenedor, que apeste a la comunidad entera, mal de muchos…), habló:

– Hola, soy tu sardina madrina.
– Qué asco, pensé que las hadas madrinas eran otra cosa, más limpia, menos perfumada.
– No tienes derecho a un hada madrina, yo soy tu sardina madrina.
– Podías haber hablado el otro día, olías mejor.
– Había gente.
– ¿Es que eres tímida?
– No, te hubieran tomado por loco, hablando con una sardina.
– Esa sería la menor de las estupideces que he ido haciendo últimamente.
– Bueno, al tema, que no me pagan por horas. Vengo a salvarte.
– Qué hijos de puta los del ramo de las sardinas madrinas, no es justo haceros currar a destajo. Seguro que te pluriemplean, ¿de cuántos más eres sardina madrina? Hmmm… ¿salvarme?, ¿de qué?
– De ti mismo.
– Ahora tengo claro que soy tu primer cliente. Deberías empezar por algo más sencillito… consígueme unos litros, por ejemplo.
– No, soy tozuda. Vengo a salvarte de ti mismo.
– Vamos a ver, lista podrida de mierda, ¿cómo lo vas a hacer?
– No lo tengo claro.
– ¿Y lo de los litros?

Fue la primera vez que me emborraché con una sardina madrina. Al final nos pusimos sentimentales y pasamos la tarde bebiendo y tocando canciones de los panchos. Luego, nos besamos. Ya en la cama, mientras ella practicaba el noble arte de la fellatio, me pregunté cuánto tiempo tardaría en desprender de mí el olor nauseabundo de sus cariños.

…………………….

Odio quedarme en babia. La cogí con las pinzas, se desmenuzó (la intensidad del olor aumentó exponencialmente). Al final la empujé a un vaso grasiento, lo tiré todo a la basura, salí descalzo a la calle, me pinché con un cristal, se me pegó un chicle en la planta del pie, el asfalto quemaba someramente, volví a casa, me tumbé y me puse a dialogar con el cadáver de debajo del sofá, que amablemente me quitó el chicle y se lo metió en lo que le queda de su corrupta boca.

cercos vacíos

bano.jpg

Al salir del curro la imagen era deprimente. Estábamos todos allí, como idiotas, esperando el bus del curro. No puedo decir que hubiera tenido un buen día. Al final llegó y nos montamos, y la verdad es que el autobús es una mierda, y jode meterse dentro, porque uno se siente exactamente una mierda, aunque no tenga nada que ver. No era día de saludar, y mucho menos de conversar, así que me enfrasqué en Cortázar, con las rodillas apoyadas en el asiento delantero y el libro así, sobre ellas. Se bajó todo el mundo en la primera parada y me quedé con la becaria. Pero no era un buen día para hablar, así que seguí con el libro, escondiendo al mundo de mí. Al bajarnos le dije que íbamos en la misma dirección, porque yo iba al opencor. Con una sonrisa me dijo «qué, ¿a por cervezas?». No, más tarde de las diez no hay cervezas. Ya las tengo en casa. Entré a por una mierda de pizza y durante el camino no hacía más que luchar contra mis propias intuiciones, que me decían que Lele me iba a hacer una visita sorpresa. De ahí la pizza, las cervezas que compré esta mañana. Al mismo tiempo sabía positivamente que sería lo último que haría ella. Antes se haría niña de papá (bueno, eso ya lo ha hecho, tendré que buscar otra cosa). Vine medio corriendo, como un gilipollas.

Al entrar algo olía a podrido. Mucho. Se me olvidó por un momento lo de que en mi imaginación Lele estaba en el salón con las luces apagadas. Me fui al cubo de la basura.

Lo que me temía.

Una ensalada del sábado y los pedazos llenos de moho (esa pelusilla verde-blanquecina, se llame como se llame) que quité al filete del domingo. A la calle con ello.

Después me di cuenta de lo solitaria que es esta casa cuando no está ella, aunque tenga dentro a veinte personas vomitando-follando-bebiendo-riendo-bailando un sábado por la noche.

Abrí un litro, perpetré el crimen de meter una pizza en un microondas. Medio litro de cerveza y un par de piezas para niños de bartok después estoy un pelín menos enamorado. O más reforzado, no lo sé. Saco la pizza, me la como. Cuando termino me doy un poco de asco. Así que, como estaba escrito, salgo.

Llevo mucho tiempo sin salir solo. No sé a lo que me enfrento. Al principio lo hice mucho, pero nunca me gustó llegar a límites drásticos, y dejé de hacerlo. Fui a un garito casi al azar, porque no quería volver al baibén (llevo sin ir desde el uno de enero) y la estación es un pastelón y la noche del yazz en el cool fue ayer. No os dejéis engañar por el yazz, es uno de los garitos más cutres que conozco. Y de los que más me gustan.

Entré al garito y le pedí un litro al camarero. «Me acuerdo de ti. Tío, no he visto a nadie beber tanta cerveza en mi vida». «Bueno», estoy inspirado, «pues hoy me vas a ver batir mi propio record. Hoy sólo traigo un litro dentro». El camarero está por ahí, en la bitácora, creo que le hice una foto. Recuerdo esa vez, vine con Koldo. Es bueno tener memoria cuando es necesario. Si jamás hubiera vuelto y el no me hubiera dicho eso, nunca me habría acordado de esto. Memoria adaptativa, supongo.

Me sirve el litro y le miro. Me cae bien. No quiero hacer lo de siempre, así que le doy el billete de veinte euros que llevo.

«No, tío, no me traigas la vuelta, sírveme hasta que se agote».
Continúa leyendo > «cercos vacíos»