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trueque

La mañana es igual para todos. Ya lo entiendo. Pero hay situaciones y situaciones. Hay situaciones en las que el hecho de que sea igual para todos es injusto. Supongo que no se puede hacer nada. Tengo dentro de mí el recuerdo de mil mañanas inútiles, en las que me daba igual que fuera ayer u hoy. Y claro, cambiaba cualquiera de esos despertares por este. Esos días que me quedé en la cama hasta el mediodía, harto de todo. Hoy, precisamente, no puedo. Hoy que sí me importa algo.

Entiendo que la mañana es igual para todos. Ya lo entiendo. Pero no deja de ser injusto. Dame un beso. No corras. No te rías de mí. Todo esto de lo digo en serio. Ya sé, ya sé, ya sé que estoy tonto. Te veo luego…

ausencia de luz

Supongo que era como si toda la luz del mundo se hubiera instalado en sus pupilas.

No sé cuándo la conocí. No recuerdo muy bien de qué modo. Nunca tuve en cuenta sus constantes mentiras. No tenía mala intención. Ella misma era la primera a la que mentía. Mucho más a gusto así. La vida es cruel, y nunca nadie dijo que hubiera modos ilegítimos de esquivar las balas.

Si alguien lo hubiera dicho habría podido ser un completo imbécil.

Hace dos semanas estábamos tomando café mientras me contaba que había vuelto a las pasarelas porque le habían insistido más de lo que podía tolerar. “Eso me condena, soy demasiado buena para negarme cuando me lo piden tan desesperadamente”. El filtro de su cigarro manchado de rojo carmín, el pelo electrizado recogido en una blanda coleta en la nuca. “Espero que no cambies nunca, no me gustarías tanto si no fueras tan honesta”. “Tontorrón”. “Reina”.

Estaba en la calle, sentada en un portal. No tenía la mano extendida, nunca tiene la mano extendida. Ella no pide, porque no le hace falta. Al menos no en su perpendicular mundo interior. Me ofrecí para invitarle a un café, le encendí un cigarro. El filtro ya manchado de carmín cuando. El abrigo harapiento salpicado de sangre y vómito, en el espectro de lo reconocible a simple vista. “Estás cambiado”. “Sí, el pelo, más largo”. “Estás guapo”. “Tú siempre me dices lo mismo”.

Una vez la lleve a casa, una vez. Una vez en la que me la encontré y no parecía más aquí que allí, o que en cualquier otra parte. Nada más entrar me preguntó por el baño y me pidió permiso para darse una ducha. Me indicó amablemente, como quien se lo dice al camarero, que bajara a por unas cervezas. Asentí y le dejé ropa de alguna residente de dormitorio desaparecida. Nos bebimos hasta el cristal mientras reíamos hablando de París, de Milán, de Roma. Siempre ha estado obsesionada con la moda. Cosas. Me dormí en el sofá, agotado. Por la mañana me largué al trabajo y la dejé durmiendo en la cama. Cuando regresé me encontré una casa extenuantemente limpia y una nota: “Tengo mucho lío, cuídate. Un soberano beso.” Ella y su facilidad de estar en dos lugares al mismo tiempo.

Aquí y allá, aquí y allá. A veces en el quiosco, otras frente al Cajamadrid. A veces, después de un tiempo sin verla, salía a buscarla. No puedo negarlo. Aquí y allí, de cuando en cuando. A veces pasaban meses. Siempre Roma, París, Milán. Siempre trabajo, supongo. Siempre un café y las mismas historias, siempre tabaco. “Estás guapo”. Bah, nadie nos explicó nunca cómo esquivar las balas, que no se extrañen si lo hacemos cada uno a nuestro modo.

Un par de semanas, un café. Tenías las horas contadas, más o menos como todos. No sé qué hiciste antes de meterte en mi vida, ni me preocupa. Uno comparte con las personas lo que son.

Ahora, delante de mí, es como si toda la luz del mundo se hubiera instalado en tus pupilas. Estás guapa. Es como si tus pupilas no quisieran más luz y se dedicaran a reflectarla. “Te hacía en París”, te digo. El silencio es aterrador, porque deja hueco para los pensamientos. Sin embargo, el ruido es indoloro. Tumbada. Pelo suelto. Es como si tus pupilas se hubieran hartado de luz y no pudieran metabolizar más. El pelo suelto sobre la camilla de acero. Qué buena noche, con qué resaca me fui al trabajo. No sé si me he reído más alguna vez en mi vida. No creo. No sé.

Es como si tus pupilas no necesitaran ya más lo que sucede aquí fuera.

Uno comparte con las personas lo que son.

escorzos

Ella estaba sentada en el sofá, esperando. No sé a qué, pero esperaba. Yo saqué del microondas un par de tazas de café y traje un cenicero del escurridor de la cocina. Necesitaba uno esterilizado, esta vez. Venía, como vienen todos, a contarme su vida. Apliqué el oído en lo mío.

Acabamos el café y empezamos con las cervezas. Su historia no era ni mejor ni peor que cualquiera. No era ni siquiera diferente. Las cervezas sí que lo eran, o contribuían, de algún modo, a que todo lo fuera. Trocó el llanto por sonrisas cuando apuré las cuerdas y me dió suficiente para un par de canciones tristes y lentas, lentas y tristes. No sé ni cómo ni por qué la acompañé a la puerta, mecido en sonrisas, dibujando una alegría que ni sentía ni necesitaba. Dije hasta mañana como si se lo estuviera diciendo al cerco de lo que nunca entiendo. Ella sonrió, me dió un beso en la mejilla y me rozó la mano.

– Siempre me alegra verte.

A mí también, demonios, a mí también. Pero dejemos de una vez de hacerlo.