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brama la llama

Hagamos poesía o algo.
Estamos allí sentados, con los ojos en las estrellas
mientras brama la llama.
Basura.
La llama no brama.
No brama nada más que el sobrecogerse por un cielo tan amplio.
Podría haber dicho enorme, o infinito.
Podría, pero no lo he hecho.
Amplio es más confortable, menos desolador.

Es un bramido interior en cualquier caso.
No es el espacio el que brama, es tu cabeza reventándose entera mirando
el espacio desnudo.
Frente al que tú estás y te sientes desnudo.

Tú querías comerme entero pero yo dudaba de tu embriaguez, aunque más bien, pienso ahora, dudaba por tu embriaguez. Al fin y al cabo es necesario apresar el momento siempre y sólo cuando el momento es lo único que te interesa. Bramaba la llama frente a nuestros pies, aunque ahora que lo pienso más bien crepitaba. Y tú estabas borracha, hasta el punto de vomitarme encima. Vomitarme encima era una especie de gesto de cariño, de reconocimiento, de quererme un poquito. Al fin y al cabo, no habías vomitado sobre nadie más. No habías vomitado sobre otro. No. Lo habías hecho sobre mí, y eso, de algún modo, me reconfortaba. Podría incluso haber levantado mi camiseta para enseñársela a los demás y decir “eh, sobre mí”. Silencio. “No sobre otro, sobre mí”.

Cicatrices de guerra, pasto de la lavadora mañana.

“Bramaba la llama” es bonito porque es musical, pero la llama desde luego no brama. Supongo que el fuego del herrero con la ayuda del fuelle enorme brama. Supongo que en ese caso sí. No es cuestión ahora de ponerse a discutir. El cielo amplio sobre nuestras cabezas dibujaba caricaturas en las que tú, y yo, y el resto del mundo perdía importancia paso a paso. No éramos nada en comparación con todo lo demás, pero nosotros no somos todo eso. Nosotros somos sólo nosotros. En esa escala joder si importaba lo que estaba sucediendo.

“Eh, sobre mí”. Silencio. “Sobre mí”.

Yo no quería decir nada y estaba empequeñecido dos veces. La primera frente al techo de estrellas que bramaba, en mi cabeza. La segunda frente a ti, que habías escogido vomitarme a mí frente al resto del universo (estelar) y a este mini universo (más local). Bah, no tenía ganas de enseñárselo a nadie. No tenía necesidad, en realidad. Me bastaba saber que ese vómito era para mí, y a la mierda los demás. Ese vómito era mio como el aire que respiro, al menos mientras está dentro de mí. Se multiplican las metáforas imbéciles, los caminos trillados de versos desgastados. Pero eso pasa ahora. Entonces, en ese momento, no pasaba. En ese momento aún no existían. La poesía viene siempre después, a remolque, a mitificar lo que ya ha sucedido.

Entonces era algo así como que mañana te iba a recordar no sé qué, y si todavía era qué, o era algo de algún modo, hablaríamos de negocios. Ya sabes, es necesario apresar el momento siempre y sólo cuando el momento es lo único.

La llama no bramaba. El resto sí. Volví a casa sordo, atontado.

había barro

al otro lado del espejo.

Se habían ido quedando calvos de ganas,
huérfanos de cosas que mirar,
de sitios a los que ir y tomar algo.

Habían esponjado primero y triturado después
todos los puntos de interés curístico.
Ya no quedaban esos puntos rojos en el mapa.
Nada hubo mejor que nada y nada podía serlo.

Esclavos del
pan
la carne
el ajo
y el pescado

era milimétricamente eso lo que les había quedado.

Rotores, pernos, engranajes duros que machacan
tu llama
sitiando por hambre el cerebro.

Asfixia por sobredosis.
Sobredosis como pantalla de humo.

Puedes hacer lo que quieras.
Si eres capaz de permitírtelo.
Nada es gratis, ni siquiera el sol.

De entre todas las cosas,
mucho menos el sol que todas
y cada una
de las demás.

Y menos aún el tuyo.
El propio.

odio ciertas cosas

como

«si no lo hubiera hecho yo lo hubiera hecho otro».

Lo odio a muerte si es falso. Lo odio mucho más si es cierto.

O como

«el que no sabe cómo mantenerse a flote merece estar muerto, merece lo que le pase»

pero

¿de qué coño de humanidad estamos hablando?

Odio, con locura, que me pidan pasta a la entrada de los supermercados, porque me pregunto

¿cómo cojones permitimos que todo dependa de la caridad?

¿sabes a lo que me refiero?

La caridad es una voluntad, no un derecho.

Es un estado de ánimo.

La caridad es circunstancial, un derecho es siempre válido.

Odio cuando dicen, «lo básico, sí, excepto para los que no se lo merecen».

¿Quién cojones decide quién no se lo merece?

Odio a la gente que defiende el sistema de que los que más tienen van a ser los que más tengan siempre y

oye

que yo he entrado en el juego

que pago mi casa, y mi luz, y mi agua

y pago la ropa que llevo

y pago mis vicios, todos ellos, todos y cada uno de ellos

sacrificándome entero (¿negrita, cursiva, subrayado?)

Y aún así no comprendo cómo es posible que la gente no tenga ni siquiera derecho

a un techo.

Derecho a vivir.

Los convenios son la regulación de la esclavitud. Y tú lo sabes.

Es cierto.

La zanahoria del «quizá tú seas rico mañana»

y esas mierdas.

Jugamos a un juego horrible en el que vemos
cada día
a gente
en la calle
pidiéndonos algo
para poder
comer

(mientras compramos un juego online, nosotros lo hacemos,
yo, por supuesto, lo hago).

Alimentarse.

Y nos decimos «eh, nosotros no estamos en eso»

Sin preguntarnos
«¿por qué nadie tendría que estar en eso?»

Por qué cojones nadie, en un mundo como este, tiene que estar en eso.

Si esto es civilización yo me piro.

Yo lo dejo.

Me han educado para amar mis propias argollas. Para darles besos.

Pero quizá, algún día, no lo haga más.

¿Y entonces qué, seré un hijoputa,
un deshecho?
¿No seguiré siendo el mismo?

¿No seguiré siendo ese yo al que aman los que aman y odian los que odian?

¿Seré algo, en concreto?