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la taza del váter

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Da vueltas, da vueltas por todas partes y aún no es la hora, debo tener un bajón de azúcar o un exceso de salinidad insalubre en algún lugar no determinado del largo buzón-tubo digestivo que corretea feliz y ágil en mi interior, cumpliendo habitualmente su función. Me he agarrado al toallero con desesperación para no acabar preso de la blanca taza y mecido en sus lentas palabras zalameras. Tengo un par de recuerdos que debería depositar allí mediante regurgitación espiritual, donosa y fiera. Un par de cosas espesas que hablan de cómo caía tu melena sobre mi cara cuando estabas justo encima, cómo las puntas me hacían cosquillas en la nariz hasta que me reía como un idiota. Hablan de más cosas, por supuesto, esto es sólo un ejemplo.

Pare el taxi grita Paco Bello mientras los diablillos estúpidos de los sentimientos y los recuerdos dictan nuevas reglas y las aplican. Esta taza no es normal, como pajarillos hambrientos pía requiriendo comida. A mí se me ha olvidado el noble arte de regurgitar en su debido momento. Pobrecilla.

viernes tarde

En el curro marrones, porque tiene que haber de todo, así que te implicas un poco más y está bien, te sientes bien, te sientes parte de algo, algo así de complejo como tener un pedazo de tierra en este suelo que se quedó tan vacío. Te preguntas si me importa que te lleves las cosas, y yo pienso que qué importan las cosas si te llevaste el sentido de las cosas. En ese estado semi de sitio uno se encuentra desabrido, transido por la furia y el dolor como conan el bárbaro cuando le matan a la heroína guerrera de turno y se enfada, tensa tendones, echa carbón a los músculos y se dispone a cargarse a treinta o cuarenta cabrones muy malvados que, sin lugar a dudas, se lo merecen.

Tomas una desviación primero, porque no es conveniente lanzar la sangre caliente, y paras a tomar un montadito y una caña en la cafetería. La discordancia conceptual de el pasado con el presente constituye de por sí un ridículo tan tremendo que te entra la risa, escupes la cerveza y pringas a doscientos culos de oficina que están delante tuyo y está bien, no porque casi tengas que salir de allí corriendo, sino porque has enfadado a alguien y eso es simpático y, además, con las prisas olvidaste pagar (o fue el instinto de supervivencia mensual).

Leyendo: la política de los chimpancés (Franz de Vaal)
Música ambiente: Grapelli, directo en París.
Estado anímico: comatoso.
Estado psicológico: marejada.
Estado físico: resacoso.

Un buen momento para recordar que es viernes, que todo está en su sitio y tienes mucho que leer antes del lunes.

Cést la vie.