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Samuel Jenkins.

Pues sí, ese mismo soy yo mismo: Samuel Jenkins. Ayer llamaron al telefonillo a las once de la mañana. Era lele. Me había llamado y me había mandado algunos mensajes, pero yo no le había hecho ni puto caso al teléfono. Venía a hacer mudanza.

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Preparé café. Recogía las cosas, los cuadros, mientras yo escuchaba a los piratas, la miraba a intervalos. Ella me miraba.

Me asomé a la ventana. Se acercó por detrás y me dijo «¿vas a llorar?» yo le respondí «¿qué tipo de pregunta es esa?». Me acarició la espalda. Después se sentó en el sofá, a fumarse un cigarro. Después siguió recogiendo y empezó a llevar cosas a la Cefe. Al principio no pude, pero después la ayudé.

Ella no podía con el monitor del ordenador (19»). Llame al trabajo y pedí un día de asuntos propios. Me monté con ella y le ayudé a subir todo a la nueva vivienda que no es nuestra, que es suya sólo. Probablemente sea masoquismo. No puedo asegurarlo. Pero fui y le ayude a instalarse en otra parte.

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Después estábamos cansados. Le dije que yo subía lo último y que se fuera a por unas cervezas. Subí lo último y le eché un vistazo a su nueva casa temporal. Es pequeña, pero no está nada mal. Va a estar bien allí. Va a estar muy bien allí.

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Hablamos mucho, como siempre. Reímos mucho. Nos divertimos. Por primera vez hablamos de cosas que no eran nosotros mismos. Pero no mucho. No demasiado. Fundamentalmente hablamos de nosotros. No sé, no tengo claro lo que quiere ella. No lo tengo claro. Ni ella. Ni yo. Ella tiene claro que volver sería llegar a lo mismo. Yo le digo que no lo creo, que todo esto nos ha pegado una buena ostia. Ella me dice que lo sabe. Yo le digo que la entiendo (y es verdad). Ella me dice que me está destrozando. Yo le digo que de algo hay que morir. Y qué mejor que ella para eso.

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Ella hoy curraba, facultad. Por la noche tenía una fiesta. No me hizo un agujero en el pecho ni nada por el estilo. Llegas a salirte tanto de ti mismo, a veces, que incluso te alegra.

Luego, más tarde, cogí la puerta. El agujero negro del metro. Un autobús. Medio vivo medio muerto. Llegué a casa, me costó dormir.

Por supuesto.

Luego, ya de día, salí a comprar tabaco. Un hombre con un cacharro de esos en la garganta que pitan compraba tabaco y le explicaba a la cajera entre gestos y sonidos estridentes que prefiere fumar a comer, pese a la operación y el cáncer.

Ya. A mí me pasa lo mismo con Lorelay. No creo que me importe matarme en ella. Comprendo al tipo perfectamente.

Me ha llegado una carta de la bolsa de pipas. Voy a leerla.

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Quizá es deformación emocional, pero es preciosa.

deambular

Hay gente de la que te alejas porque te joden. Lo sabes.
Te la juegan una, dos, tres veces y no esperás más. No tienes más que una cosa que hacer, y la haces.

No siempre es así, la gente no siempre tiene tan mala ostia.

A veces no tiene nada que ver contigo, sino con una percepción discordante entre las dos cabezas. Supongo que ahí suelen estar la mayor parte de los problemas. Piensas que el otro va por otro lado… y la cagas, o la caga él contigo.

Entonces sí que es jodido hacer algo.

Hay gente confusa, además, que no sabe lo que quiere y titubea. Si no te importan demasiado, los titubeos son incluso simpáticos. Si hay cosas que tienes claras en algún sentido preciso, los titubeos pueden llevarte a la tumba. Eso es definitivo.

Así que hay veces en las que coger el petate y hacer de tu capa un sayo son algo más que una alternativa. Son tu único medio posible de vida.

Aún así no es fácil. Te cuesta. Normal, estás vivo, serías un anormal si no jodiera. Pones tu mejor canción en el cd, revisas los viejos poemas. Abres una cerveza, lloras un rato mientras le das un beso de tornillo al cigarro. Haces algunas fiestas, te corres algunas juergas. Caminas, das una vuelta.

Te tomas tu tiempo. Haces las cosas como es debido. Te retiras.

Reconoces que has perdido. Lo dejas. Tiras la toalla blanca llena de sudor y, probablemente, de algo de sangre. Te rajas. Comprendes.

Levantas la mirada. Enciendes un cigarro. Coges tu abrigo y vuelves camino a casa. Allí al menos tienes un sitio donde nadie te toca las pelotas demasiado.

Si no quieres.