# perdiendo.org/museodemetralla

entraron en mi cabeza (202) | libros (21) | me lo llevo puesto (7) | pelis (2) | Renta básica (9) | series (6) | escasez (2) | frikeando (94) | arduino (1) | autoreferencial (11) | bici (1) | esperanto (4) | eve online (3) | git (2) | GNU/linux (4) | markdown (7) | nexus7 (2) | python (7) | raspberry pi (3) | vim (1) | wordpress (1) | zatchtronics (3) | hago (773) | canciones (163) | borradores (7) | cover (46) | el extremo inútil de la escoba (2) | elec (1) | GRACO (2) | guitarlele (11) | ruiditos (11) | Solenoide (1) | fotos (37) | nanowrimo (3) | novela (26) | criaturas del pantano (5) | el año que no follamos (12) | huim (5) | rehab (4) | poemas (363) | Anclajes (15) | andando (3) | B.A.R (7) | Canción de cuna para un borracho (38) | Cercos vacíos (37) | Cien puentes en la cabeza (7) | Conejo azul (6) | Contenido del juego (5) | De tiendas (3) | del pantano (3) | Destrozos (2) | Epilogo (4) | Fuegos de artificio (5) | Imposible rescate (15) | Jugando a rojo (7) | Libro del desencuentro (2) | Lo que sé de Marte (11) | Los cuentos (21) | Montaje del juego (5) | Orden de salida (4) | palitos (31) | Piernas abiertas (7) | Poemas medianos (12) | Privado de sueño (7) | rasguemas (5) | Tanto para nada (17) | Todo a 100 (2) | Uno (4) | relatos (97) | anatemas (9) | orbital (2) | prompts (8) | vindicaciones (103) | perdiendo (1.723) | atranques (1) |

no me gusta el fútbol

No es ninguna novedad.

Ayer, mientras hacía que leía para engañarme a mí mismo, vagabundeaba por los canales hasta quedarme en el Madrid-Milan. No vi mucho, pero fue mucho más de lo que quería ver.

El fútbol es un deporte de masas. Mucha gente lo sigue, lo vive, se desespera y se emociona con cada resultado. Desde ese punto de vista es innegable que ejerce una tremenda influencia sobre gran parte de la población.

¿Y qué vi? A un tal Inzaghi empujando con saña a alguien del Madrid que ni siquiera tenía el balón. Un segundo después, o menos, gesticulaba intentando transmitir que él no había hecho nada, que el otro se había caído sin ayuda… un poco más tarde vi un gol y un estadio entero aclamándolo mientras todo el mundo veía en la repetición de las pantallas que no había sido gol, sino un evidente y flagrante fuera de juego.

No me alargo más, que no estoy en mi elemento. El fútbol no es un lugar donde haya justicia, sino más bien engaño, ocultación. Y gana quien mejor engaña.

Eso es lo que está transmitiendo, eso es lo que enseña. Que todo vale si nadie lo ve, que todo vale si no te cazan. Una lección estupenda para todos.

Evidentemente, eso viene tarde o temprano de vuelta, y retorna al fútbol en un círculo vicioso.

Durante unos segundos la sensación de Traje del Emperador fue tan tremenda, la angustia por el miedo al engaño colectivo tan sofocante, que tuve que apagar la tele y la luz, apretarme los ojos hasta ver círculos blancos e introducirme en el aletargante dolor de cabeza que llegó puntual y sin excusas.

Porque quizá, empecé a pensar, es al revés. Quizá nuestra imbecilidad comunal tendenciosa e ignorante es lo que se ha adueñado del fútbol como de todo. Esa falta de honradez a la hora de decir «me he equivocado» que nos lleva a enormes discusiones en las que la culpa se diluye, esas horas perdidas justificando lo justificable.

Porque la razón es una pero razones hay para todos. Y somos cada día más partidistas y menos críticos, más pasivamente idiotas y menos activamente gilipollas. Eso me puso triste.

Aunque al fin y al cabo yo ya soy un triste.

miembro fantasma

Es una curiosa sensación. Una extraña deformación del vacío, de lo que no debería estar. Una pequeña intromisión de algo en la nada, supongo. Levantarme por la mañana con la imagen de otra casa, con otra sonrisa en el espejo. Con el pelo corto, más delgado, comiendo otra cosa. Luego me monto en el coche con ese indefinible en la cabeza. Siento que me cruzo conmigo mismo, en otro coche. En un A3 rojo, casi siempre. A veces llevo otro, uno más grande, más familiar, más nuevo.

Siempre me veo con el rabillo del ojo. Cuando enfoco me pierdo. Desaparezco.

Y sigo mi camino, nervioso.

Llego al trabajo y percibo que no estoy haciendo lo que hago, que estoy sentado en un escritorio revisando números. No, definitivamente no es lo que estoy haciendo. Me cruzo con pensamientos que no me pertenecen: pasar por la tintorería, no olvidar planchar las camisas. No sé qué es lo que se está adueñando lentamente de mi cabeza, pero no por eso puedo ignorarlo. Pensamientos de tirar a la basura cosas que no encuentro en un cubo que no está donde lo busco. Así de enfermo. El otro día estuve media hora intentando encender el home cinema que no tengo. Me costó esa media hora completa darme cuenta de que estaba palpando el vacío pretendiendo pulsar botones.

Después me puse en pie sacudiendo la cabeza. Fui a mear y abrí una cerveza. Compulsivamente busqué un vaso, y me pareció oír “¡ni se te ocurra beber directamente de la botella, y coge un posavasos!” Claro, no tengo posavasos. Miento, tengo uno de Forges que alguien me dio, pero no tengo ni idea de dónde está ahora mismo. Me pareció oír, de forma algo lejana, una voz que ya no recuerdo más que a duras penas, saliendo de unos labios de los que ya no guardo mapas ni rutas interesantes garabateadas con lápiz.

Coinciden las trayectorias a veces, y entonces lo siento más fuerte. A veces siento que estoy en el mismo restaurante en el que ya estoy, o en el mismo garito. En esos casos la sensación es tan fuerte que me revuelve el estómago. Tengo ganas de pedirme que salga de mi vida y me busque una propia, pero no sé dónde está el tipo al que debo dirigirme.

Porque sí sé quién es ese tipo. Por supuesto que lo sé. Es el tipo que no dejó a N. y que vive con ella en un piso de protección oficial. El tipo que tiene un sobrino que debe rondar el año ya. Ese tipo lleva otra vida. Es el yo mismo que no hizo lo que hice. Ese tipo a veces entra en mi cabeza después de hacer él el amor, y tengo la sensación de estar feliz y saciado sin estar especialmente feliz ni saciado. Supongo que para él debe ser muy incómodo percibirme cuando estoy borracho, o follando con alguien a quien no conoce.

Coinciden las trayectorias, a veces. El otro día estaba en Aki con mi madre comprando pintura, y supe que estaba ahí. Con N., comprando cosas para la casa de El Casar. Sabía que estaba ahí. Podía casi olerme, oírme respirar. No sabía detrás de qué esquina me iba a encontrar. Mi madre me veía cada vez más pálido y pensó que me estaba subiendo la tensión que y me estaba mareando. Me dijo “vamos a sentarnos aquí un rato”. Pero yo no podía sentarme, no sé si me explico, no podía arriesgarme. No podía arriesgarme a encontrarme a mí mismo ahí. Ni en ninguna otra parte.

Porque puede suceder, y entonces no sé qué me quedará de cordura. Es posible que en algún momento realmente me encuentre con el yo que ya no soy por haber tomado una desviación diferente. Y entonces qué.

Qué será cuando mis ojos se posen en mis ojos y me vea a mí mismo y me sonría. Ese tipo dispone de una información que yo no tengo, y él pensará lo mismo de mí. Seguramente nos vayamos a tomar un café y digamos que somos gemelos si nos preguntan. Gemelos con ganas de individualizarse, de ahí mi pelo largo y su delgadez. Seguro que nos hacen bromas, y nos dicen que pese a todo somos como dos gotas de agua. Al fin y al cabo no ha pasado tanto tiempo, dos años escasos… no es tiempo suficiente como para haber abierto brecha, como para haber generado fronteras definitivas. Las líneas de demarcación tienen la pintura aún húmeda, se pueden borrar con el pie…

Y entonces qué. Qué será de esa conversación. Y de nosotros después de tenerla. Que será del tejido de la realidad, que no puede permitir que nadie disponga de tantos datos sobre dos senderos diferentes, es competencia desleal… Qué será de mis ojos tras posarse en mis ojos.

Qué será de mis ojos, ¿supurarán daño? ¿Se moverán a otro nivel o algo parecido? No lo sé.

Y no puedo afrontarlo.

Cuando salí de Aki sentí un alivio inmenso.

Después de todo debería ser lo normal.

Pero no todo el alivio provenía de mí.

Parte provenía de fuera.

De ese tipo que no soy que piensa que yo soy el tipo que él ya no es.

tiempo perdido: castle

El fin de semana resfriado, dormitando, sufriendo Castle con una especie de curiosidad morbosa: algo tan malo no puede ser real: algo tan malo no puede superarse a sí mismo otra vez. Pero lo hace. Constantemente.

Los guiones americanos pueden ser tremendamente buenos (The Wire, por ejemplo) o absurdamente infantiles. El centro de Castle es esa relación tipo Mulder-Scully estúpida entre ambos protagonistas, a través de un sinfín de sucesos y acontecimientos absurdamente infantiles. Verbigracia: aparece una ex de él y ella se cabrea, aparece un ex de ella y él intenta crujirle el lomo como el buen macho alfa lobotomizado que es.

Me da pena por el papelón de él en Firefly. Por poco más. A duras penas consigue acompañar el resfriado y mecer las horas. No. No merece la pena. Los casos no revierten ninguna revelación, el resto de las relaciones entre personajes son esporádicas, fluctuantes y sin mucho sentido. La relación de Castle con su hija quizá repunta en ciertos momentos, pero lo hace justo para bajar después al infierno de «yo he sido un cabrón y sé lo que puedes hacer ahí fuera, así que no te dejo salir de casa». Preciosa lección. Hermosa justificación del cinturón de castidad.

Un lugar común en el que se dan cita todos los tópicos.

Basura.

Narcotizante.

Idiotizador.

Te hace desear entrar en contacto con algo que te cubra más allá de los tobillos. No todo iba a ser malo.