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un imbécil en todas partes

Da un jodido gusto enorme estar metido en mitad de octubre en calzoncillos en tu propia casa mientras estás en la calle, trasuntos de vivir en un ático y del invierno que no llega. Estoy convencido de que el sentido de la vida anda cerca, pero no lo bastante como para sitiarlo y hacerle las preguntas pertinentes para comprenderlo. Llegaron los resultados económicos de mi propia puta economía y, aunque sin sobresaltos, no ando para excesos. Bien por Rumanía. O por el país que sea, qué coño, me siento generoso, es jodido comprender que uno está bien porque muchos de los demás están mal. Mi banco es tan oneroso que me hace un resumen semanal, mensual y anual sin que nadie se lo pida. Entiendo que bien por él, aunque es una putada. Una basura malinterpretada.

Abro una cerveza. Estos son los días de introspección que tanto temía que, al final, llegaran. Enciendo un chester. Abro una cerveza más. Pongo a Seether en uno de los mil sitios que tengo en casa para hacerlo. Qué coño, pongo una lavadora y un lavavajillas a ver si todo sigue igual de bien. Me olvido de que las facturas llegan a final de mes, la de la luz, la del gas, la del agua, la del teléfono, la de todas esas cosas que tengo y en muchas partes no tienen y soy afortunado por más o menos poder pagar.

Hoy he ido al gimnasio del pueblo al que me he ido a vivir, y eso sí que es una buena metáfora, metido en la bici estática con los cascos puestos mirando al suelo mientras el mundo se derrumba a mi lado y yo pierdo algo de grasa. El mundo pierde cualquier dignidad humana y yo recupero un poco de la falsa poniéndome un poco más en forma. Es pronto para sentir arcadas, supongo, aunque nunca es demasiado tarde para hacerlo. Si siento náuseas, siempre puedo ir al sumidero del ático y desahogarme. Mientras mucha gente se muere de hambre yo tengo que ponerme a dieta y hacer ejercicio para perder grasa. En muchos sitios dan la vida por mis michelines y aún así yo tengo que seguir en esta bici sudando mi esfuerzo. Y es probable que me tenga que sentir mal por estar gordo pero según el sitio. Quiero decir que es relativo.

Aquí me tengo que sentir jodido porque una piba dice: joder, está gordo. Y a mí no me importa menos que una mierda, pero lo dice, y eso significa algo.

Pero allí donde la gente se muere de hambre yo sería un puto iluminado, un afortunado.

Y en ambos sitios podría decir que soy un imbécil.

Y eso está muy bien, pero me gustaría saber de quién soy hijo, para saber qué tipo de imbécil soy. No es muy complicado, de verdad, lo siento, no lo es, sólo quiero saber si estar gordo pertenece a una categoría u otra, si me debo sentir culpable o debo hacerme un monumento. Porque pase lo que pase yo hago lo que puedo, intento mantenerme vivo. Y me siento extraño cuando comprendo que sólo con cambiar el sitio podría estar muriéndome de hambre cuando ahora mismo soy un valor en desuso por estar gordo.

No vamos a complicarnos, soy un imbécil y lo sé, pero quiero saber de qué tipo. Ayer estaba en una zona de skate sin montar porque no sé mientras gente se moría de hambre en otra parte. Quiero decir que yo estaba allí, sin montar en nada porque no sabía y temía romperme mi débil nariz, mientras en otra parte alguien (más de uno) moría de hambre sin poder hacer nada para llevarse a la boca algo que no fueran sus propios nudillos.

Y me pregunto si ambos no poder hacer nada son lo mismo. Y me lo pregunto por rutina ordenada existencial calculada, porque sé que no son lo mismo. Y voy a mear y se me calientan los pies que se me congelan fuera, en la terraza del ático, pero me pregunto si esa congelación no es un precio demasiado pequeño por estar aquí y no morir de hambre en otra parte. Y la vida es ese tipo de colección de desavenencias y no me importa una mierda, porque mientras el mundo muere fuera yo no puedo soportarlo y me emborracho tanto que las fronteras conceptuales se diluyen y me digo que no soy culpable de nada como no soy culpable de tener diez dedos en los pies.

Pero no es lo mismo. No tiene nada que ver con nada. Con el momento en el que saco unas salchichas de la nevera y las pongo al fuego. Para no sentir hambre. NO para no morirme de hambre, no, sólo para no sentir hambre. NO tiene nada que ver. Y tiro las salchichas y paso un poco de hambre. Y salgo a la terraza y paso un poco de frío. Y sufro un poco, que no es casi nada. Sufro un poco de lo que puedo sufrir como un tipo radicado en España, con curro. O algo así, una marioneta semejante, un vacío de ese tipo.

Yo siento frío en los pies porque quiero, paso un poco de hambre.

No muy lejos la gente muere.

Y no sé qué hacer.

Así que escribo esto sabiendo que no vale nada. Ni para ti. Ni para mí.

Ni para ellos.

Y, aunque valga a un menos para nadie, rezo por emborracharme pronto.

Por desaparecer fuera del cálculo numérico del seguir existiendo. Y me prometo encontrar un modo. Y no es una promesa vacía. Nunca lo ha sido. Mientras tanto, paso hambre y frío.

Voluntariamente, lo que es algo. No mucho. Pero algo.

se pensó sola

Y ahí estoy yo, después de tanto tiempo (que no es tanto) volviendo a hacer páginas web, y tocando. Haciendo el tonto para Surf and Sun, yo soy el gordo que disfruta al fondo. Tengo miedo porque todo va bien (simplificación). Tengo miedo de tener miedo. Eso es un poco más correcto. Quién sabe. Si alguien lo sabe que se pronuncie, si alguien tiene algo que aclarar que deje de callar de una puta vez.

En los tiempos post victor, después de jurarme que no volvería a hacerle una web a nadie, tengo cinco proyectos en borrador y activos. Y quién soy yo. Me juego el puto culo a que no sabes decírmelo. No volvería a trabajar en un bar, y justo después vino la Señá Gregoria. Vete tú a saber. Vete tú porque no tengo ni idea. En el fondo estoy en el puto centro del centro mismo, y me cago en todo. En el fondo siguen siendo las mismas cantinelas:

El que no tiene miedo a perder es el que siempre gana.
El que no tiene esperanza vive la vida de cero. Sin recuentos. Más libre.

En el fondo sólo había que pensar en una cosa.

Y se pensó sola.

Me puedo lanzar a recluir improperios en mi boca pensando que de ahí al mundo. Pero al final sólo el mundo. Al final sólo las cosas. Al final sólo lo que siempre es al final recordándote tus errores remarcándolos.

Al final sólo las cosas sucediendo.

Y tú, amigo, en medio.

tiempos peores

Eran tiempos duros.

Las señales de tráfico habían desaparecido y nadie tenía muy claro por dónde ir ni a qué velocidad. Pero no podíamos dejar de movernos, así que solíamos ir dando vueltas en círculos concentricos sobre el punto en el que empezamos. Desesperante a ratos, descorazonador el resto del tiempo. Las mujeres nos habían abandonado sin que nadie se diera cuenta, y las que se quedaron habían envejecido y tenían el calibre de hermanas, madres, amigas. El sol se había convertido en un estercolero didáctico que recogía los abrazos y los devolvía convenientemente enlatados mientras rumiaba las lecciones del día: sobrevivir, acampar, mantenerse en movimiento. No quedarse quieto, abandonar los compartimentos estancos, no dejar de rezar, pero no rezar a nadie en concreto. El calor es una estufa de butano y mantenemos el flujo arrinconando el gas sobre sí mismo hasta que no le queda más remedio que seguir el tubo, largarse lejos por él para arder.

Algunos aún tienen manos, y fertilizan el mundo.

Se desperezan despacio. Se tiznan con barro y murmuran cantos extraños de otras guerras que han desaparecido pero han dejado sus restos en forma de antiguos odios, perennes distancias de abrevadero. Se sienten diferentes. Saben sobrevivir, acampar, mantenerse en movimiento, y lo hacen por los demás. Todos nos levantamos y todos nos vamos al trabajo. Comemos, hablamos. Nos sentimos nerviosos pero no dejamos que nadie pueda observarlo. Aunque todos lo hacemos. Cuando cae la noche nos sentamos frente a la hoguera que repliega las sombras y mimetiza los ángulos. Siendo optimistas, lo estamos consiguiendo. Lo de sobrevivir acampando sin perder el movimiento. Pero no es fácil. Son tiempos duros.

Dejamos muy atrás los años en los que la vida era promesa que se abre y el viento sólo lo que te impide encenderte este cigarro. Entonces era fácil, extremadamente sencillo. Entonces sólo tenías que salir por la puerta para sentir el roce cálido de la vida tocándote la frente con su melodía triunfal. Ahora ya no hay señales. No está nada claro. No es nada tan luminoso y cada uno tiene que buscar la palabra en la que mecerse, la frase que constituye el sentido. Damos vueltas sobre el punto en el que nos perdimos por si alguien nos ve y nos recuerda: «eh, amigo, no te quedes atrás, es por aquí». Pero no hay nadie que, a estas alturas, sepa tanto. Y los que lo saben están completamente equivocados. Como salir de un tunel para comprobar que estás en otro aún más oscuro. Como cogerte con alguien de la mano para no estar tan solo para ser consciente al rato de que las dos manos son tuyas, y que poco consuelo te puedes ofrecer sin una segunda opinión disponible. Y como si la segunda opinión, si la consigues, fuera tan borrosa y confusa como la tuya, tan desdibujada y desordenada como la tuya, tan insatisfactoria y fría como la tuya.

Porque eh, amigo, son tiempos duros. Y en los tiempos duros uno deja de intentar aprender a calentarse, a esquivar el frío. Uno ya sólo intenta aprender a vivir con ello, hacerlo más llevadero. Ya sabes, sobrevivir, acampar, mantenerse en movimiento. No quedarse quieto, abandonar los compartimentos estancos, no dejar de rezar, pero no rezar a nadie en concreto. Levantarse por la mañana y hacerte brotar unas manos, tiznarte de barro. Aprender que el frío es una cuestión de grado, y que sólo olvidando el calor que fue podrás comprender el que es ahora. Y es una cuestión de grado, y sólo sientes frío porque estás viviendo con el recuerdo del calor que fue y ya no es. Ya no sé si el sol es un estercolero o una estufa de butano. Y no importa, porque no se deben acumular demasiados recuerdos de esto, porque en algún otro momento habrá que volver a arrinconar el gas hasta que no le quede más remedio que largarse lejos para arder.

Y reservar una piedra de sal en el estómago, una lágrima en el ojo y un corazón en el pecho que pueda latir mañana.

Porque hay tiempos peores.