# perdiendo.org/museodemetralla

entraron en mi cabeza (203) | libros (21) | me lo llevo puesto (7) | pelis (2) | Renta básica (9) | series (6) | escasez (2) | frikeando (94) | arduino (1) | autoreferencial (11) | bici (1) | esperanto (4) | eve online (3) | git (2) | GNU/linux (4) | markdown (7) | nexus7 (2) | python (7) | raspberry pi (3) | vim (1) | wordpress (1) | zatchtronics (3) | hago (780) | canciones (167) | borradores (7) | cover (46) | el extremo inútil de la escoba (2) | elec (1) | GRACO (2) | guitarlele (11) | koala (3) | ruiditos (11) | Solenoide (1) | fotos (37) | nanowrimo (3) | novela (26) | criaturas del pantano (5) | el año que no follamos (12) | huim (5) | rehab (4) | poemas (366) | Anclajes (15) | andando (3) | B.A.R (7) | Canción de cuna para un borracho (38) | Cercos vacíos (37) | Cien puentes en la cabeza (7) | Conejo azul (6) | Contenido del juego (5) | De tiendas (3) | del pantano (3) | Destrozos (2) | Epilogo (4) | Fuegos de artificio (5) | Imposible rescate (15) | Jugando a rojo (7) | Libro del desencuentro (2) | Lo que sé de Marte (11) | Los cuentos (21) | Montaje del juego (5) | Orden de salida (4) | palitos (31) | Piernas abiertas (7) | Poemas medianos (12) | Privado de sueño (7) | rasguemas (5) | Tanto para nada (17) | Todo a 100 (2) | Uno (4) | relatos (97) | anatemas (9) | orbital (2) | prompts (8) | vindicaciones (103) | perdiendo (1.726) | atranques (1) |

cosas de cosas

No sé y nunca sabré probablemente qué es una fiesta hawaiana pero aún asi estaba invitado a una. Llegamos con un atonte general oliendo a colonia y a las flores del collar que todos llevábamos puesto. Nos metimos en el portal, uno de esos viejos con filtro de ciudad dormitorio que parecen sacados de una realidad paralela ambientada en las fotos de los álbumes de familia en las que somos nosotros pero extraños y como otros. Como un poco otros porque no nos acordamos de nosotros mismos haciendo nada de eso. Así que subimos las escaleras con el flip-flap orquestado de las sandalias y los escalones, tropezándonos a ratos por la falta de costumbre, mirándonos medio expectantes medio emocionados porque oficialmente esta iba a ser la primera fiesta de la primavera, y habíamos decidido que marcaría el ritmo del resto de la temporada.

Una decisión como cualquier otra, pero que compondría el resto de nuestras vidas.

No, no lo haría, pero es de ese tipo de frases que quedan bien y generan atención mientras andas contando una historia. Llamamos a la puerta con los nudillos, como con respeto, y esperamos a que nos abrieran. Y lo hizo una tipa en bikini con lo que parecía un mojito en la mano y un cigarro en la otra, apoyada en el borde del marco. “Hola, chicos, veo que traéis la entrada, pasad”. Y nos metimos hasta el fondo en el salón, los demás para echar algo en un vaso y yo para tomarme mi remedio para el dolor de mente incipiente: una pequeñita rodaja de limón rodeada de tónica y ginebra. En un vaso. Del tipo que sea. Y el ambiente no estaba mal, nos dispersamos por la fiesta saludando e intentando conocer gente, porque nunca nos ha gustado encerrarnos en nosotros mismos o porque, a esas alturas, ya no nos soportábamos demasiado. Quizá ambas cosas, que por separado ya son razón suficiente. Música hawaiana. Supongo. Guitarras con slide y ritmos cadenciosos, lentos, de chillout remoto. Podían vendernos lo que quisieran, al fin y al cabo no habíamos estado jamás allí. Música infinita de ritmos de olas rompiendo en playas largas de arena blanca como la espuma del mar que seguramente no veríamos nunca.

Me quedé enganchado cerca de una chica llena de pendientes y tatuajes que decía que era estilista. Ese tipo de palabras siempre me ha gustado, me suena a pugilista, a remoto y peligroso. Y bien que me la podía imaginar pegando puñetazos o, mejor aún, tortas con la palma abierta. Decía que era estilista y que trabajaba en un centro de belleza. Anarquista, maternal, lista. En un centro de belleza. Qué cosa más bella. Las cejas perfectamente depiladas que se ensanchan según se van acercando a la nariz, lo que le da un cierto aire de halcón. Los labios sutilmente pintados de rojo intenso. Bikini, pareo, sandalias y un colgante con una piedra azul al cuello, con un cordón de cuero que se desliza quedo sobre sus clavículas, dejándose llevar por las formas y la gravedad. Habla de las diferentes texturas del cabello y de como, en algunos casos, es imposible hacer nada para estilizarlo. Y estilizarlo cae entre sus labios como un anacronismo. Todos estamos llenos de la fraseología que nos vemos obligados a utilizar en el trabajo, y todos hacemos el ridículo constantemente con ella. Porque son palabras aprendidas, que no nos pegan. Que no nos casan en absoluto. Son palabras que la mayor parte de las veces no son más que eufemismos de otras cosas que no resultan agradables al oído. Afeites, maquillajes, perfumes. Sobreactuaciones. Me obligo a dejar el tema, porque me conozco, y le sonrío y le digo que yo no sé qué hacer con mi pelo. Ella me dice que mi pelo está bien, lo toca y añade que tiene mucha fuerza, y que seguramente vería resultados estupendos si utilizase el peine más a menudo.

Y yo sigo sonriendo, como un idiota varado en el fin del mundo esperando que alguien venga a rescatarlo. Pronto.

Al rato me largo porque se ha enfrascado en una conversación con un masajista en la que yo sólo puedo salir perdiendo, y no está el tiempo para esfuerzos vanos. La mirada de Dios es imponente, pero el resto es un poco más llevable. Me acerco a por más limón natural convenientemente aderezado a la mesa del comedor, que han habilitado como barra improvisada, y allí arranco de nuevo conversación de las paredes y me quedo un rato charlando de Pearl Jam con una diva de la mediocridad, un caso agudo de estar a punto de sobresalir en algo sin hacerlo en nada. Casi todo. Pero nada al fin y al cabo. Me agrada, no obstante, encontrar a alguien con quien hablar de uno de mis grupos de música favorito, e incluso tarareamos algo de “Even flow” un ratico a dos voces. Me doy una vuelta buscando el baño, espero a que terminen el polvo y entro a mear, recogiendo el condón del suelo, envolviéndolo en papel higiénico y dejándolo en el lavabo. Menudo regalo. Meo dentro, sin gotas apreciables, tiro de la cadena y salgo.

Salgo a un mundo agotado.

Un mundo que ya no existe.

Supongo que ya no somos como antes.

Quedamos sólo unos pocos, en el salón, sentados en el sofá. Todavía no sabemos qué es lo que ha pasado. Algo nos ha reventado vivos. Algo ha acabado con todas las criaturas del pantano.

Un mundo que ha mutado y se ha vaciado.

La tipa del bikini y el mojito saca una guitarra de lo que supongo que es su cuarto. La toco un rato. Nos animamos. Sí, sí. No, no. Vamos cantando. Ya nos hemos vaciado, todo es bienvenido. No quedan ni siquiera los míos.

¿Sabes esa de Celtas Cortos, la del 20 de abril?

Por supuesto.

Y la cantamos. Intento quedarme todo lo posible. Intento quedarme por debajo de sus bragas. Es fácil que ocurra, viendo lo demás. Es fácil que suceda, así que canto con ganas. Al final sólo quedamos cuatro. Ella. Yo. Una pareja.

En la pareja ella es su compañera de piso.

Canto con más ganas. Reviento la guitarra como si me fuera la vida en ello, porque me va. Tiene un precioso pelo largo que cubre sus hombros y me anima a cantar. Canto. Me destrozo en ello. La pareja se va a su habitación.

Quedamos ella y yo. Mirándonos. Me gustaría abrazarla, así que lo hago. Se siente sola. Yo, en cierto modo, también.

Y como nos hemos quedado solos, seguimos abrazándonos. Mucho tiempo. Después del rato. Es la fiesta de la primavera, una fiesta hawaiana. No sé qué es eso. No puedo saber qué es eso, nunca he estado allí.

Frotamos las narices y me dice “no me importaría que me abrazaras esta noche”. Eso dice mucho más de lo que simplemente dice. Le respondo que no me importaría abrazarla esta noche. Nos vamos al cuarto.

Se desnuda sin ideas. Tímida. Yo miro hacia otro lado y me desnudo sin hacer ruído. Entiendo que su lado de la cama es el derecho. Volvemos a abrazarnos. Hace mucho tiempo que todo ha perdido el sentido, pero eso ella no lo sabe. O no lo sabía hasta ahora.

Así que dice: “no me importaría que, simplemente, nos quedáramos abrazados”.

Le respondo que a mí tampoco. Cuando me despierto, muy aún de madrugada, tengo un beso en la mejilla y una nota que dice:

Tengo que dejarte o no voy a llegar, me gusta cuando duermes y odio madrugar,
no tienes por qué sentirte mal, te echaré de menos hoy.

Hay ruinas con las que empatizo naturalmente. Hay ruinas que son mi propia ruina. Todos nos sentimos mejor. Eso es mucho más que bastante.

descartes

Es curioso como el sistema nos iguala haciendo que los criterios relevantes para cribar la sociedad sean, con respecto a la mayoría de la gente, productividad y eficacia. Es decir, de todo lo que puede aportar la humanidad se seleccionan solamente unos pocos valores. Eso nos cosifica, por supuesto. Y en los descartes se va lo mejor de nosotros mismos.

Y, al mismo tiempo cuanto más y más hicapie se hace en lo privado frente a lo público se crean fronteras que nos separan. Básicamente, lo que cada uno puede pagar.

Es decir, se nos iguala en lo que se nos exige y se nos diferencia según a lo que podemos acceder. Después hay múltiples modos de legitimar la desigualdad, usualmente culpando al excluido de su propia exclusión.

Esto ya es una lucha abierta. Se han retirado las máscaras. La humanidad se revuelca en el barro e intenta sacarse mutuamente los ojos para ser el único que se quede con los despojos.

Vista así, tiene muy poco de humanidad, muy poco de grande, muy poco de bondad. Lo único que es nuestro es nuestra consciencia de nosotros mismos, nuestro carácter finito y experiencial y las infinitas líneas que eso genera. Empeñarnos en limitarnos e igualarnos en lo que somos es un desperdicio. El desperdicio definitivo.

Desigualdad en lo que somos, igualdad en lo que merecemos.

Todo lo que estamos dejando de descubrir por acabar con nosotros mismos, con un egoísmo y una brutalidad propia sólo de alguien que es meridianamente consciente del daño que puede hacer, es algo profundamente equivocado. Nos estamos centrando en lo que no importa.

Realmente, nos estamos quedando con los descartes.

ok

1.

Unas bragas rosas minúsculas sulfurando encima de una silla.

Un despertador que suena
desde algún lugar indeterminado
por ahí abajo.

La luz del sol que entra por la ventana y
hace supurar vida por todas partes,
suturando heridas
y cubriéndolas de vendas.

Quién sabe qué se podría haber dicho
o qué no,
en vez de
“ahh, pensé que te habías largado anoche”
como un extraño y educado
“¿has dormido bien?”
pero de una forma mucho más distante.

Porque la distancia es el signo de los nuevos tiempos.
Que no sé si son nuevos, de todos modos.
Que no sé si son los mismos pero menos confiados.

Protege su cuello con la sábana
y deja entrever las piernas.
Las piernas son mucho menos vitales,
de algún modo.
En el cuello está la carótida, por ejemplo.
En la pierna la femoral.
Su cuello le preocupa, las piernas no.

“Cuando te dormiste decidí quedarme”.
“Todo un caballero”.
“Tenía sueño”.
Y así.

Así, de este modo, se juega el juego.
A los treinta y últimos los naipes están ya repartidos
y el mazo se ha vuelto a barajar.
Todas las bazas que vas a recibir son aquellas
que ya descartaste en algún momento.
Aunque parezca esquizofrénico,
todos lo saben.

Todos aquellos con los que te encuentras
de forma inevitable
por todas partes.
Comprando el pan, o la carne, o rellenando algo
en hacienda.
Todos lo saben.
Si les miras a los ojos
podrás ver que todo el mundo es consciente.

No hay nadie que lo ignore.

Pero, del mismo modo, pocos que lo comprendan.

“Querrás desayunar, ¿no?”
“Es posible, pero si me dejas ducharme
podemos ir a tomar algo en una cafetería”.
“Sí, será mejor”.

Será bastante.

2.

Ruinas personales que se tambalean
sin objetivo
en medio de la deshumanización
ubicua.

Criaturas de pantano. En medio de la tierra
podrida que se licua en limo
fangoso sobre la capa de arcilla.
Tenemos ojos y sabemos utilizarlos,
pero de un modo distinto.
Todo lo que nos habían dicho que
componía el mundo se ha desintegrado,
y estamos de vuelta de la capa
de maquillaje preciosista que era
lo que solía ser todo.

Usamos los ojos, pero de forma distinta.
No hemos aprendido a mirar de nuevo.
O sí. O no lo sé.
Creo más bien que dejamos de creer en el cuento.
Creo que es algo así.

Dejamos de pensar que todo era eso.

O sólo eso.

O simplemente eso.

Usamos los ojos, pero vemos otras cosas
que nunca vimos.
Mundos nuevos.
Realidades que ahora nos parece que siempre
estuvieron ahí, invisibles, en la sombra.

Reclamando su porción de realidad cuando nadie
podía verlas.

Era hermosa la vida cuando era mentira.

Ahora también lo es, pero tenemos que
aprender
a descubrirlo.

O lo que sea.

Tan diferente y llena de cosas, de vibraciones,
de matices, de enfermedades que crean,
de soledades bien interpretadas
que descubren límites que no habían estado allí antes
y marcas nuevas.

Usamos los ojos, creo.
Creo que antes no lo hacíamos.
No del todo, en cualquier caso.

Solo si no fuera porque ahora
de puro escaldados
derivamos a la defensiva,
nos volveríamos grandes.

3.

La cafetería es asquerosa, de otra época, de otro ritmo, de cuando el tiempo era otro tipo de tiempo. No sé cómo han conseguido detenerlo todo, qué esfuerzo titánico ha conseguido detener el fluir en este sitio con la fuerza de la pura convicción, pero al fin y al cabo lo que sí sé es que este sitio ha sido arrancado de otro mundo. Se han tomado mucho esfuerzo en detener la entropía y el cambio y la metamorfosis de significados y ahora estamos en medio de este mundo como si nunca nos hubiéramos movido de mucho tiempo atrás, con un café con leche y unas porras y un cigarro mañanero destroza resacas. Y una cara al otro lado que me mira intrigada sin saber muy bien lo que esperar, y eso sí que es algo en lo que me puedo llegar a sentir cómodo porque yo tampoco sé muy bien qué esperar, ni de mí ni de ella ni de todo. Voceamos nuestros miedos a gritos hablando de todo y de nada e intentando no hablar demasiado de nosotros mismos. A veces lo mejor para ganar es aparentar que lo estás haciendo. Lo demás viene rodado.

Son otros tiempos, creo, y estamos bien escaldados y ahora lo importante es no revelarse mucho mientras no se permite que el silencio hable. Así rellenamos todos los huecos con cháchara intrascendente, bromas y gracias que no tienen sentido pero que nos hacen pensar a ambos que al fin y al cabo no está tan mal y que aún somos capaces.

Me muerdo las manos de ganas de salir corriendo. Mucho mejor borrachos, donde va a parar. Mucho mejor cuando las tonterías son realmente tonterías y no vacío mal cubierto. Me gustaría volver a estar aquí borracho con una ella borracha. Si no fuera porque temo que se escandalice o algo le pediría que empezáramos otra vez con la corriente de tercios. Sería seguro algo más que esta colección de naderías. Esta intrascendente defensa de lo que somos. Lo que somos lo mantenemos protegido dentro de nosotros mismos. Nos ha costado tanto que ninguno quiere morir aplastado.

Al despedirnos nos damos dos besos. El tiempo ha pasado justo al salir de la cafetería, donde estaba detenido. Bajo las escaleras de la estación de metro y como en una estúpida metáfora veo como desaparecen sus pies, luego sus rodillas, después su caderas y paulatinamente todo lo demás.

Lo último que veo y veré es el nacimiento del pelo sobre su frente, justo antes de bajar un escalón más y morderme las manos de ganas de volver atrás

e intentarlo de nuevo, pedir los tercios. Entrar de nuevo en la cafetería que huele a mollejas y entresijos donde el tiempo no fluía.

Pero sigo bajando, deprisa.
Corriendo al final.
Paso los torniquetes con un largo suspiro que huele a victoria. O quiere oler.

Ok. Zero killed.