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metido en qué

Al final el camino remataba en un sendero medio difuminado que se ensortijaba entre árboles y zarzas, como si se le hubiera olvidado a dónde iba o ya no fuera lo bastante importante. No me quedó más remedio que seguir: con cuidado de no perder el hilo o de dejarme cazar por los pinchos, con el artilugio este de andar volviéndose exasperantemente lento, con la levedad de la mañana ayudando a que no me hinchara de mierda y me volviera hacia atrás. Tener todo el tiempo del mundo hace las cosas menos irritantes.

A la derecha el río canturreaba cosas raras en el aire, crepitares de agua sobre piedra y chapoteos de bichos vivos haciendo lo imposible para mantener ese estado. El empeño está ahí, el esfuerzo lo es todo. Llené de agua la mochila, no, no, llené de agua la cantimplora, pero tampoco lo hice porque alguien me comentó que una empresa de algo estaba vertiendo más arriba. Me había salido del camino para ver las algas, verdes y largas en el sentido de la corriente, pobladas de bichos. De insectos, larvas, peces y pequeñas ranas. Me arrodillé en el borde y metí la mano en el agua, y en no mucho tiempo las cosas empezaron a arremolinarse junto a ella, tocándome. Las algas viscosas, los insectos nerviosos, peces mordisqueando sin dientes mi piel. Qué raro. El camino estaba detrás de mí, lo tenía bien agarrado. Me había quitado la camiseta y la había puesto encima de las zarzas donde podía retomarlo y seguir.

Hacía un calor tremendo de repente. El sol debía haberse molestado con algo. Con alguien, no sé. Yo no me enteré de nada pese a estar atento. No cubría demasiado al fin y al cabo. La sensación de las algas es rara, no son pegajosas pero sí viscosas, es como estar metido en un vaso con algo denso que hace su vida pero no puede evitar tocarte todo el rato. Me quedé así, con los piés en el sentido del río y la cabeza bajo el agua hasta los labios, mirándolo todo, notando la corriente en mis hombros bajar por mi cuerpo hasta seguir su camino después de haber hecho su desgaste en mi piel. Era curioso. Los bichos se movían, zigzagueaban el agua y extraían cosas que podían comer de mí, piel muerta y cosas así, supongo. Me quedé inmóvil y registrando lo que sucedía, lo que se movía, lo que hacía. No me importaba en absoluto, pero no me pareció una cosa que no pudiera hacer un rato.

Después salí del agua, el contorno de mi cuerpo se quedó marcado en las algas un momento. Todo volvería a su cosa. Supongo que había trastocado algunas rutas de servicios y ritmos metiendo mi volúmen ahí dentro, supongo que los ciclos se habían adaptado a mí rápidamente. Entiendo que ahora que ya no estoy todo volverá a sus rutinas, como si yo no hubiera estado nunca o como si nunca hubiera hecho falta realmente.

despacio, abajo, sin prisa

Vivimos en estado de trance. Acojonados porque en cualquier momento nos puede dar un chungo aceptamos cualquier mierda como verdad. Marcas que nos hacen mejores que los demás, alimentos procesados que nos harán estar sanos, ideologías, pantanos.

Y mientras tanto todo es un timo para acrecentar la colección de papelitos de colores y anotaciones contables, nos venden motos que compramos acojonados para comprar más empresas y hacerse con más y más papelitos. Más y más anotaciones contables.

Más y más máscaras, perfumes, afeites. La realidad es fría y con aristas y nadie quiere mantener más contacto del necesario con ella. Que nos cuenten lo grande o pequeños o evolucionados o atrasados, pero que nos lo cuenten en películas, series y novelas que nos evaden mientras amortiguan la caída. En estado de trance, dentro y fuera, dentro pero desde una vitrina.

Despacio, abajo, sin prisa.

abrir el ojo

Siempre he sido de despertarme a última hora y con prisas, ducharme en cinco minutos, no desayunar, salir de casa corriendo y llegar tarde al curro sistemáticamente cada día. No me parece una mala rutina, pero tenía la sensación de que empezaba el día algo estresado, no sé muy bien por qué. Innumerables las duchas a lo largo de los años en las que me aclaraba el pelo mientras me enjabonaba cualquier otra cosa y, a la vez, me peinaba. Entiendo que como sistema para ahorrar agua es perfecto.

¿He cambiado? Eso es mucho decir, las rutinas son persistentes.

Me bato algo. No sé, una pera, un melocotón, un cacho melón y un par de naranjas (hoy), lo que haya. Y me lo bebo. Está bien mirar por la ventana mientras te metes algo en el cuerpo. Mi casa es preciosa, pero no me he dado cuenta del todo en el tiempo que llevo en ella, son sólo cinco años (o más). Está bien ducharse relajado. Bah, nunca seré de duchas largas, pero qué coño, tener al menos siete u ocho minutos para la ducha es un lujazo. Incluso a veces, si me despierto pronto, me casco un baño con sal. Luego me quedo tonto, con la tensión por los suelos, y eso merece la pena. Me visto con calma. Me miro en el espejo. Me reconcilio con el tipo gordo que me mira al otro lado. Hay días que incluso me sonrío.

Las rutinas son persistentes, levantarme con tiempo me requiere un esfuerzo. Mi cabeza tiene tendencia a aprovechar todo el tiempo posible para dormir, porque nunca he sido de darle mucha importancia. Cinco horas un día es mucho. De vez en cuando me echo una siesta que aparenta de media hora y me despierto al día siguiente: el cuerpo toma lo que no se le da. Pero, no sé, creo que es interesante correr un poco menos. Me estoy sonando fatal, evidentemente, parece que he empezado a soltar tópicos sin parar.

No sé, la verdad. Esta bien no correr tanto. Y estar donde estás cuando estás allí. Era más o menos eso lo que quería decir.