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Tautologías

A fuerza de no saber nunca quién soy
me he hecho una imagen bastante aproximada de mí mismo.

«Su locura le mantenía cuerdo».

Es posible que todo lo que he hecho
que todo lo que he dicho
que todo lo que he sentido
tuviera un fin oculto más o menos evidente.

Tautologías…

Es evidente que el camino de uno mismo siempre es tautológico…

Eludimos ir al lugar al que siempre estamos yendo…

mientras no dejamos de ir, por supuesto.

Le pregunté a algún idiota por el cybercafé más cercano,
y cuando me respondió le mandé a la mierda.

No tenía nada en contra suya, odiaba a la humanidad entera
y le tocó a él recibir el paquete. Simplemente.

Me pregunto por qué odiaba a la humanidad entera.

Era sencillo.
No era nada complicado, no tenía misterio.

Él era parte de todo lo que me estaba diciendo dónde ir,
dónde encaminar mi derrota.

Después le pedí perdón,
convencido de que no serviría de nada.

Es cuestión de silencios cuando las palabras duelen.
Es cuestión de mantenerse firme cuando el tiempo cae.

Es cuestión de mirarte fijamente y decirte «te amo»,
sabiendo que eso no va a ninguna parte.

En el tiempo.

No hace mucho tiempo no tenía dinero para cervezas, ni para tabaco,
así que pasaba medio mes borracho y lleno de nicotina y el otro medio esperando.

Esperando a que viniera alguien con lo que a mí me faltaba.

No solían tardar. Llegaban con sus guitarras y sus litros y sus paquetes de fortuna
agradeciendo un techo bajo el que estar y una cabeza en la que reventar.

Me decían que la vida era una farsa y que les gustaba estar aquí,
donde todo era más real. Nos emborrachábamos y luego les despedía
apoyado en el marco de la puerta, mientras el portal se llenaba de humo.

Pero, claro, sólo venían de visita. Luego se iban. Debía ser que en el fondo
no les parecía tan mal que todo estuviera como estaba.

Ahora suelo tomarme las cervezas solo, porque me harté y tuve más dinero
más o menos al mismo tiempo. Ahora que me tomo mis cervezas tranquilo
me pregunto si puedo o debo o quiero buscar algo más,
aunque la respuesta dormita prístina entre trago y trago,
entre vuelta y vuelta de tuerca.

A veces me pregunto si hice mal insuflando distancias, en días débiles
en los que sólo puedo mirar la pantalla blanca del procesador de textos
sin respirar, para no hacer ruido.

Pero eso es como preocuparse por haber cerrado la puerta del descapotable,
no importa en absoluto.

El tarado

Nos conocimos en un garito
y nos dijimos hola de alguna forma
que hoy todavía no encuentro y nos
largamos convencidos a una habitación
que tú habitabas convenientemente
en alguna parte cercana para no caminar
mucho. Nos largamos sin preguntar
a nadie porque a nadie no le importan esas
cosas tan nuestras y porque con nuestro
nivel de cerveza debíamos forzosamente
concedernos cero en protocolo. Llegamos allí y
allí nos pusimos a conocernos en
serio durante el tiempo suficiente como
para que tú quisieras echar raíces en mis
bolsillos y yo te dijera que aquello
era imposible en aquel preciso momento.

“Míralo, tengo los bolsillos rotos del
peso y aún así te juro que de ellos no se cae
nada y ya no puedo insertar nada aquí,
rebosan de objetos que he ido compilando
en mi vida y se han quedado, sin
educación alguna, reventando la
tela del interior del pantalón. Quisiera
hacerte un hueco pero ya ves que es imposible
mientras no eche fuera todo esto que
no es sino un abismo insondable entre
tú y yo”.

Recuerdo cómo te reías mientras afirmabas
que allí dentro tan sólo encontrabas
unas llaves miserables y un paquete de pañuelos
de papel sin pañuelos. Yo mismo no sé cómo
no veías si yo te observaba mirar las
perrerías que se han ido haciendo fuerte en
mis costados y se adosan a mis piernas como
lapas metafísicas si se comprende así de
inextricable y jodido. Tú te seguías riendo y
yo cruelmente te indicaba que no, que tenía que
irme porque otra realidad más en mi forzosa colección
y me aplastaría sencillamente la fuerza de
la gravedad de los cuerpos.

Y por eso me fui y tú te quedaste no sé
muy bien cómo en realidad. Quizá pensando
que yo sólo quise entrar por la cincunvalación
de tus piernas al sendero de tu sexo,
nuestro nexo físico orgánico, o quizá
pensando vayaunamierdadenochelajodíotravez
y encima conunidiota.

Después volví y te dije “quizá si me ayudaras,
quizá sólo si tú me ayudaras volvería
a habitar algo más que piernas y nexos
y a llenar unos bolsillos limpísimos
y diafanísimos sólo con las cosas que realmente
me importan”. Hiciste café -por fin te diste
cuenta de que aquello era Aquello-,
sonreíste -querías irradiar
confianza-
y comenzaste pacientemente a
desgranar las cosas que me cosifican
y me solidifican en algo que no me deja
buscar yos en otras partes y que sólo
me deja ser Yo todo el tiempo. No sé
si sabías lo que estabas haciendo o ni siquiera
cómo lo estabas haciendo pero yo sí,
y es lo que importa,
sabía que estabas allí con todo tu empeño
y con algo que yo deseaba llamar amor
y eso y llamar amor amor amor a eso
y vaciar el peso
de tantos años
recolectando
cosas y vidas y seres
que, si hubiera dependido de mí,
se hubieran esfumado como
lapiceros en cafeterías cuando vas a tomar
café con un libro y la intención de
subrayar algo.