Las últimas dos semanas del mes me las paso comiendo verdura congelada e invitando gente a mi casa. Traen cosas.
Ruina vida.
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Las últimas dos semanas del mes me las paso comiendo verdura congelada e invitando gente a mi casa. Traen cosas.
Ruina vida.

Después de vivir ya un poco de tiempo, me doy cuenta de que una de las cosas que más pueden llegar a costar es comprender que realmente nos merecemos lo que tenemos. Bueno, quiero decir lo que nos merecemos que es bueno. Lo que es malo lo asumimos en seguida.
Cuesta mucho trabajo. No sé por qué. Quizá es que estamos predispuestos a lo malo. Cuando algo es bueno, parece como si fuera de otros, como si no nos perteneciera y fuera nuestro sólo por un tiempo prestado.
Como si tuviéramos que darnos prisa porque va a durar poco.
Porque lo nuestro es lo otro, perder, lo malo.
Una de las cosas más costosas es llegar a comprender que nos merecemos lo que tenemos, aunque sea bueno.
Las cosas suceden, seguimos estando en medio, pero suceden, no hacen más que suceder. Los días pasan y muchas veces me pregunto cómo tan rápido. Supongo que es sinónimo de pasarlo bien. Eso está bien. Pero aún así, un poco más despacio quizá… bueno, no se puede pedir todo, creo.
El reto de las cosas es que sigan estando en su sitio, y eso ya es más que bastante, lo demás son lloriqueos de niño con rodillas magulladas en la puerta del colegio antes de entrar.