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dos caras de una misma moneda

Últimamente no tengo mucho tiempo para estar en ninguna parte, siempre voy corriendo, y nunca llego. Como el conejo blanco, o la gente maldita por los hombres grises en momo. Es más o menos la misma sensación: rentabilizas todo lo que puedes para no llegar a nada. No te sobra más por correr más.

Hoy me he reencontrado con Paco, ex-dueño del Ra junto a su hermano, después de dejar a N. en casa. Me ha hablado de que todo es una mierda y de lo difícil que es todo. Yo le estaba viendo donde le vi mientras me hablaba desde donde está. A veces no te puedes creer ciertas cosas que, sin embargo, suceden. Serán los muertos los que enseñen a vivir a los vivos, porque está escrito. Ciertas respuestas me recuerdan muy mucho a la indefensión aprehendida. Nos hacen descreídos a fuerza de negarnoslo todo, o al menos de negarnos lo prometido.

Con N., sin embargo, todo fue bien. Somos dos caras de una misma moneda. Eso está bien. Privilegios de andar aún con una casa: podemos estar juntos y solos sin tener que andar de bar en bar, de parque en parque o de coche en coche. Mientras dure bueno será. Después, será otra cosa.

No son los treinta los que descolocan, es el mundo, que tiene un sentido del humor histriónico.

Nos hemos tomado unas cervezas mientras hablaba y yo me preguntaba si todo el mundo tiene las mismas certezas, en el fondo. Supongo que sí. Algunos tiran para adelante sea como sea, y les va bien o les va mal. Otros se quedan parados, y al final siempre les va mal. Da que pensar.

Cuando salía de casa con N. ella se ha adelantado, y yo me he quedado un segundo mirando su nuca. Una nuca preciosa. A la gente como yo, como ya dije en su momento, le sobra y le basta con un empate para seguir viviendo tan ricamente. La victoria es un concepto sobrevalorado, porque uno no puede ganar siempre: tiene que aprender a disfrutar del momento en las raras ocasiones en las que no pierde.

dentro de las horas que aún nos quedan por estar


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Dejé el silencio en tu voz, como las horas que nunca están y no se acaban de ir.
Deje la voz en tu boca, dejé mi corazón en tu latir.

Dejé las horas sentado en la voz que nunca di, dejé mi piel,
dejé las horas sentado en las horas que no te di, lo sabes bien.

Cada voz que fui cayendo sin saber,
cada voz que fui cogiendo sin querer.

Dejé las horas sentado, cada vez que pienso en ti me sabe mal,
dejé mi cola en tu carro, dejé mi corazón en tu cerviz.

Como siempre en verano me siento a reír,
como siempre en verano me siento a mentir.
Como siempre en verano me siento a reír,
como siempre en verano me siento a mentir.

Dejé mi piel en tu voz, dejé que soñaras en mi corazón.
Dejé mi piel en tu voz, dejé que sonaras en mi corazón.

Dejé mi piel en tu voz, dejé que sonaras en mi corazón.
Dejé mi piel en tu voz, dejé que sonaras en mi corazón.

Cada vez que me pierdo en no decir.
Cada vez que me pierdo en no reir.
Cada vez que me pierdo en no decir.
Cada vez que me pierdo en no reir.

Dentro del tiempo, dentro del mar,
dentro de las horas que nos quedan por estar.
Dentro del tiempo, dentro del mar,
dentro de las horas que aún nos quedan por estar.

Recuperada en 11-2017 tras años perdida.

el asunto de los ojos

Si tuvieran la mitad de ojos que nosotros
no tendríamos que andar esperando migajas.
Si tuvieran alguna esperanza de ser algo
no mostrarían tanto empeño en justificarse.
No, no soy idiota. No es que el mundo nos odie.
Es que no tiene ni puta idea de que estamos aquí.
No van en contra nuestra.
Es que no aparecemos en ninguna parte. No nos ven al ir a comprar el pan.
No nos ven en el supermercado del barrio. No nos ven en el ambulatorio
pidiendo por un poco de algo que nos salve de esto.

No es que no estemos,
es que siempre pueden mirar a otro lado.

A veces nos da por gritar, y nos ven un segundo.
Después vuelven a su vida y hemos sido sólo un pequeño susto.

A veces llevamos pancartas,
y salimos por el televisor.
Entonces nos conceden algo de crédito
hasta la publicidad.

Hay gente en la puerta de sus hiper pidiendo un pavo por llevarles las bolsas.
Pero prefieren cargar con ellas.

Evidentemente, yo aún, tiempo al tiempo, no he estado en esta situación.
Todo se andará, estoy progresando.
Hace tiempo que no voy al trabajo.
Hace tiempo que no pago mis impuestos.
Hace tiempo que no sonrío a las abuelas en el semáforo.
Las abuelas me caen bien, pero no soporto el mundo.

Un incompetente sólo quiere una mesa con un café encima.
Y se siente bien. No le hace falta más. Después, justo después, se enamora de sí mismo,
y no hay quien le dé los buenos días que no le quiero dar.

En realidad, pagarlo con las abuelas
es de una estupidez apabullante.
Pero no puedo hacer otra cosa.

Me dejo el pelo largo, desgreñado,
y se lo toman como un asunto estético.
Otros dicen que quiero llamar la atención.
Ni los unos ni los otros se dan cuenta de que ya pasé cualquier fase.
Que estoy encima y debajo y al lado de todo.
Que sólo quiero un cigarro y mirarles pasar cuando atardece.
Que lo demás me da soberanamente igual, y me aburre soberanamente.
Que reconozco que me han vencido en una batalla que sólo
de adolescente quise librar.
Cuando pensaba que podía cambiar el mundo.
Cuando pensaba que su mundo podía cambiar.

Después de mucho tiempo,
me quedo con la mejor de sus creaciones.
La cerveza, el tabaco, mi ordenador que escribe cuando se lo mando.

El resto me es igual.
El resto me da igual.

Sólo si tuvieran ojos tú y yo estaríamos aquí por gusto.