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los misterios de la puerta y la serpiente

Mythic lo mantiene congelado mientras que Bamba le golpea la cabeza con un totem y sonríe. Astil juguetea con una de sus garras en el borde del ojo de Dhor, haciendo brotar gotas diminutas de sangre nerviosa. Desde sus dos metros veinte, Tronador, algo apartado, mira al prisionero con la misma preocupación con la que el Destino del Universo le presta atención rigurosa a la mosca de la fruta.

—Dhor, por última vez, necesito respuestas. Y cuando necesito respuestas me cuesta hacer bien la digestión y tiendo a cornear rápido.
—Por favor, no tengo ni idea. ¡Entré en servicio hace una semana!
—El enano estaba borracho y la puerta abierta cuando llegamos, ¡de eso seguro que tienes que saber algo! Cuando un barbilargo se emborracha y llama a un par de golems a su lado la gente tiende a empezar a morir alrededor, ¿no te llamó eso la atención?
—No lo sé… por favor… yo sólo tenía que vigilar la escalera. Un trabajo sencillo, me dijeron. Vas y miras los escalones. Si te aburres, los cuentas. Ocho horas al día seis días a la semana y podrás jubilarte en la playa de Feralas. ¡Eso era todo! ¿Quieres saber cómo es cualquiera de esos escalones, cualquier detalle?
—¿Le saco el ojo?
—No, gato, por tercera vez, no. Bamba, deja de pegarle todo el tiempo en el mismo sitio, se está amoratando. ¿Mythic?
—¿Jefe?
—Prepara un portal a Orgrimmar, vamos a presentarle a algunos amigos. ¿Te apetece un viajecito a Orgri, Dhor?
—Oh, no…
—Cuéntame aunque sólo sea lo de los elementales del tipo serpiente. ¿Por qué aparecen a veces sí y a veces no? ¡Dímelo!
—No lo sé, señor toro, no lo sé…

Nehebkau observa la escena sentado en una piedra al fondo. Las súplicas de Dhor. El gato con la garra pinchando ya la cornea. La montaña morada que ha hecho brotar Bamba. El portal-farol a Orgri. Tronador riéndose como un meteorito despeñándose por un pozo. Bebe maná, se retira el sudor de la frente y se pregunta cómo ha sido posible que haya acabado siendo el sanador de este grupo de psicópatas. Empieza a pensar que en una vida anterior fue alguien detestable.

—¿Nehe?

Suspira. Asiente a Tronador y lanza a Dhor un destello curativo un segundo antes de que muera. Se da cuenta de que no lo ha hecho antes porque en el fondo él también tiene un puntito psicópata. Se relaja, sonríe. Acaba de ser consciente por primera vez de que va a encajar perfectamente.

halcón

A veces entro en estado de calma y soy consciente de un montón de cosas que habitualmente me pasan desapercibidas.

Dura poco, de repente dejas de verlo, pero lo recuerdas.

La tranquilidad del transcurrir, el pensar en meses o en años en vez de en el siguiente fin de semana. La perspectiva.

Es raro. No tengo paciencia para eso. Al rato estoy de nuevo en lo inmediato, lamentándolo un poco, resignado el resto.

DIY

En la Gran Empresa de TelemárketingTM en la que trabajaba solían despedir a la gente los viernes. Es el día en el que tenemos la cabeza más en la libertad de las 48 horas por delante que en el apéndice que te están amputando, sin anestesia, delante de tus ojos.

Los fines de semana entendidos como esa parcela en la que se nos considera lo suficientemente adultos como para gestionar nuestro tiempo, pese a que miríadas de empresas-sanguijuela quieran trocar planillas-abalorio a cambio de dinero. Nosotros, acostumbrados a ser dirigidos, a veces incluso lo agradecemos. Ya no sólo les damos nuestras vacaciones, les damos todo. Las horas del día que no trabajamos en cursos que no nos importan demasiado, los fines de semana en los templos del márketing, las vacaciones en experiencias burbuja de usuario.

De pequeño asombro volátil en pequeño asombro volátil. Siempre hay uno nuevo para sustituir al que acaba de convertirse en humo ante ti, a tiempo para que no cierres la boca, siempre a tiempo para que no mires de frente al vacío.

Por favor, no les dejes. Aléjate de los centros comerciales y de las visitas fugaces planificadas. Aléjate de los vendedores de crecepelo.

Hagas lo que hagas, hazlo tú mismo.