Podría decir que nunca me han gustado Los Enemigos, pero no sería cierto del todo porque no tengo recuerdos de haberlos escuchado. ¿Por qué? Pues supongo que porque no. Porque en aquel entonces me definiría de un modo que su imagen no se identificaba con la que yo quería demostrar, por el rock and roll clásico que a veces sacan y que nunca me encaja, porque la voz no me entra del todo. Vete tú a saber ahora el porqué cuando hace tanto de aquello. Sea por lo que sea no los buscaba ni les prestaba atención cuando les encontraba (porque debí encontrármelos más de una vez), nada racional, nada defendible, intuición pura. Nos definimos demasiado a menudo. Decimos, queremos decir, queremos que se nos entienda cómo.
Compré el libro porque justo unas semanas antes de que lo publicaran Pablo, el batería de Planetes, me mandó una canción en solitario de Josele para que la escuchara. Me prometí sacarla pero supongo que un momento siempre es la perfecta antesala del siguiente. ¿Me gustó? Pues sí y no. No me molestó, tampoco me entusiasmó. Pensé en sacarla, ya digo, por darle un gustazo al batería, pero no lo he hecho. No es tanto culpa de la canción como por estar más o menos en general al pairo, esperando a ver qué pasa sin terminar de decantarme por un lado u otro. Es agotador estar agotado, de verdad, es agotador no saber qué camino tomar y es muy difícil emocionarse por algo cuando estás así. Cuando te sientes encerrado solo puedes darle sentido a (lo que consideras) un modo de escapar, y lo demás se difumina.
También lo compré porque a raiz de todo esto y de la salida del libro yo estaba atento a qué veía y le hicieron una entrevista en El País en la que decía llevar quince años sobrio y pensé que me gustaría leer la experiencia de alguien así. Como primer spoiler (aunque en este punto todavía no sé si habrá más) de eso encontré bastante poco, más bien de todo lo contrario.
Y empecé a leer. Todo un handicap cuando no conoces las canciones y el libro se estructura en torno a ellas. Cuando llevaba un par de discos me di cuenta de que las letras estaban al final y tuve que volver a empezar leyéndolas antes del texto pensando que me perdería algo. Y sí y no, ni las letras me parecen (sin ánimo ninguno de ofender, solo intento contextualizar) nada del otro mundo ni aportan siempre algo al texto. Comprendo que la experiencia para alguien que ha ido viviendo los discos cuando salieron debe de ser gloriosa.
Fui recordando mis diecimuchos y veintipocos según leía, el rollo de ir siempre con la guitarra a cuestas y cifrarlo todo en canciones propias o de otros, sazonándo el viaje con toda la cerveza que cupiera y las situaciones más absurdas posibles. Me sentí como entonces. Aunque fuera solo por eso tengo que agracecer mucho la lectura, ese viaje a sitios anestesiados ahora por el curro y la vida de adulto sin expectativas (no me quejo, soy muy consciente de que podría ser peor y de que seguramente termine siéndolo). El rollo de un grupo, nervios, tensiones, pequeños (o grandes, según se mire) egoísmos, lucha de titanes de patio pequeño. No es una estupidez, no es una cosa diminuta. Que alguien tenga la capacidad de llevarte a según qué sitios partiendo de gustos tan distintos a los tuyos es algo bien difícil.
Al llegar al primer cuarto del libro me encuentro con un pasaje en el que describe cómo compone y algo me explota en la cabeza. Supongo que todos pensamos que nuestras experiéncias son únicas y ponernos en contacto con los demás nos recuerda que no hay mucho de eso y al mismo tiempo hay un todo en algún sitio. Me gustó reconocerme en el proceso de otro de hacer canciones. No sé qué es lo creativo ni a dónde va, mucho menos de dónde viene, así que me reía viéndome allí a mí, en un resultado completamente distinto: mis canciones no suelen salir de mi cuarto o mi barrio y ahí estaba este tipo contando más o menos lo mismo y haciéndome sentir afortunado. Porque si las canciones además venden y te arreglan la vida es maravilloso, pero solo el hecho de poder retener pedacitos de tiempo en canciones ya es más que estupendo y, de algún modo que no sabría explicar, te llena. Canciones propias olvidadas completamente que al mismo tiempo le dan calor y cariño a tu propia vida como pocas cosas más pueden hacer.
Me pierdo. Lo de componer y lo que significa es otro asunto para otro día. Pero es verdad que me gustó oír a alguien hablar desde dentro de mi cabeza.
Cosas a vuelapluma de aquí en adelante, una por párrafo con cita inicial, que esto ronda ahora las mil palabras y, aunque el libro lo merece, tampoco creo que sea el lugar ni el momento adecuado para ir a fondo. Recuerdo que estoy al pairo y que de ahí no sale nunca nada remarcable.
Por ahí van los tiros. A veces hay un camino de vuelta. Ya he escrito unas cuantas canciones por los que se han ido, pero ninguna que celebre a los que vuelven.
Camino de vuelta. He intentado muchas veces hablar de ello y siempre me ha resultado complicado. No todo son idas que terminan en el precipicio de turno, a veces es posible simplemente dar la vuelta. Levantarte un día y darte cuenta de que ya no, que ya no toca, que ya no quieres, que todo sigue más o menos igual pero tú eres otro. Leo el capítulo con lagrimas en los ojos, no sé por qué ni referido a qué en concreto pero soy más que consciente de que lo he microvivido más de una vez. Epifanía de lo propio en lo ajeno.
Pero en seguida le cogemos el truco y, de repente, ocurre "eso". En algunos bolos sucede y en otros, la mayoría, no. No se trata de que salga todo de puta madre, por suerte eso sucede bastante más a menudo y es fantástico, claro. Me refiero a algo más intenso. Un cambio de frecuencia, como si no estuvieras del todo allí. Te instalas en la ingravidez y, desde esa posición privilegiada, te es dado observar el concierto mientras tocas sin pensar ni por un segundo en acordes, letras, ecualizaciones o cosas así. Estás flotando y sabes, por el brillo de su mirada, que tus compañeros también lo están percibiendo. Y el público. De golpe y porrazo, el tiempo desaparece.
Me ha pasado un montón de veces, y la primera vez que le pude poner nombre fue al leer un artículo sobre baloncesto en jotdown. Me flipó ver, de repente, a Josele hablar de lo mismo con sus propias palabras. Uno puede engancharse a estar ahí, en esa tranquilidad con movimiento en la que no hay nada más que hacer que ser. Dar un concierto es una putada en muchos sentidos, pero cuando entras en fase de flujo es algo que no querrías dejar de hacer nunca, no te cansas, nada te preocupa. Estás exactamente en el sitio justo en el que quieres estar. Más lágrimas leyendo el párrafo, libro echado a perder para prestarlo.
La música era lo de menos. Siempre he tenido la sensación de que, a principios de los ochenta, el arte fue desplazado por su función social. Creo que eso fue lo que hizo de Malasaña un lugar tan especial para los amantes de la música popular. En aquellos bares se respiraba un eclecticismo que, desprovisto de zarandajas, nos dio mucho cuartel a un montón de desarraigados. La consigna era huir de toda aquella cerrazón de las tribus urbanas y devorar discos en paz. Así de simple.
Pues qué decir a eso. Lo del principio. El primate humano hace grupos en función de lo que se identifica o de aquello con lo que se quiere identificar. Es muy difícil obviar cierto tipo de mierdas. Como si me estuviera pegando un toque el Josele, "eh, Miguel, que no me has escuchado antes porque no era aquello que". Entro en mi cabeza como un cuchillo caliente en mantequilla y solo pude decir, bueno, eh, lo siento. Avergonzado. Que es posible que algo no te guste, por supuesto, pero me gustaría haber tenido más herramientas entonces para distinguir entre lo que no me gusta y lo que no le gusta a los míos.
Esto tampoco me está funcionando del todo. No puedo citar todas las frases de todas y cada una de las notas que fui tomando mientras lo leía. Las notas hablan de mí y no tanto del libro, pero tampoco tengo claro del todo si yo puedo hablar de él separándolo de mí o si puedo aportar algo que no sea lo que sentí leyendo. Vaya cosa más complicada. Creo que quiero ir acabando esto aunque no sé cómo acabar algo que tengo tan en principio, tan a medias, así que voy directo al final.
Debería existir más gente como Josele. Tantos que deberíamos ser todos y cada uno. Ojo, nota uno y única y de tamaño párrafo:
Josele ha tenido una suerte inmensa. No digo ni de lejos que le haya sido fácil, vete tú a saber lo de la cabeza de cada uno, pero sí que ha tenido tiempo. Según envejezco más mido todo el tiempo que he pasado y sigo pasando en una u otra mierda en la que no quería estar. Él no ha tenido un curro de 9 a 5 y eso le ha dado un montón de ventanas en las que irse haciendo ("lo que no me gusta tanto es estar encerrado ocho horas al día", de cuando la cosa no iba fina y pensó en currar en una clínica veterinaria).
Tampoco me engaño, no debe haberle sido fácil. No sé si los demás no lo hacemos porque no podemos o porque no nos atrevemos, pero intuyo que el sistema está diseñado para un rendimiento óptimo cuando hay muchos más palos que zanahorias. Ni le quito mérito a él ni un ápice ni nos flagelo a todos los demás.
Y creo que todos deberíamos disponer de ese tiempo (explico porque es importante para la conclusión), construirnos con independencia de la necesidad, no vernos narcotizados en las 40 horas durante 49 años (más lo que lo vayan retrasando).
Conclusión. El libro de Josele me parece un testimonio importante sobre lo que sucede con uno mismo cuando puede.
Más allá de la música, del grupo, de la biografía (creo de hecho que recomendaría una más al uso de Los Enemigos antes de leer esta, aunque tampoco estoy seguro al cien por cien, para no variar, de que fuera a aportar algo), con lo que me ha puesto en contacto el libro es con lo que sucede cuando dispones de tu tiempo. Nadie dispone de todo su tiempo a su antojo, Josele tampoco, pero sí mucho más que el resto.
Lo que para mí es la magia de la redacción deslabazada, medio inconexa, errática (y estoy casi seguro de que es así a propósito, porque no hay otro modo) del texto es que me ha metido en esa atmósfera, es que me ha hecho sentir por un buen rato lo que sucede cuando sucedes. Y eso no creo que pueda agradecerlo lo bastante.
Revisando un poco por encima parece algo un poco tonto y que le quita algo de mérito, pero no es así. Algo así como que bueno, no le das mérito a sus canciones, no le das mérito a sus ideas, reflexiones, no le das mérito a lo que vivió. Y sí, sí lo hago pero no cabe aquí, en esta nota al pié que se ha ido un poco de madre. Lo que cabe es destacar el valor que tiene que haya sido capaz con palabras de crear y transmitir esa atmósfera en la que me hizo vivir bastantes horas y a la que querré volver a menudo. Describir eso y conseguir hacerlo es todo un regalo que me quedo.