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la vida como obra de arte

Hacer de la propia vida una obra de arte provoca una intempestividad, una ilocatividad en la contemporaneidad, que responde a lo que ella reclama. Ello supone un cierto desplazamiento en el seno de lo que consiste en ser de cada día: lo cotidiano. Lo contemporáneo de cada día y las posibilidades de irrupción de lo inaudito en lo cotidiano se juegan en que ese tiempo que es la distancia entre recuerdos alumbre cada vez en toda su energía. En lo cotidiano, la vez está poblada de posibilidades. Son las vicisitudes de cada día, que no se dejan, sin más, ver. Son, sin embargo, legibles. Entonces, el cultivo de sí ya no es simplemente el cultivo del lenguaje, sino, a su vez, las pérdidas de éste en la mejor de las creaciones, la que soporta la pérdida de las significaciones. Sin referencias, en miríadas de sucesos perdidos (lo que tiene cada día de sin lugar, lo que grita en el sopor de las horas, en el aburrimiento, en la rutina o en el éxtasis) ofrece, sin embargo, esa capacidad de aproximar de la noche. Aproximar no es simplemente juntar, es propiciar una cercanía en la que ya prácticamente no cabe ver, ni siquiera ser. Es casi un ir con ello, un irse, un ser casi sin ser, un ser sin lugar.

Ángel Gabilondo. Menos que palabras.
Filosofía y pensamiento. Alianza Editorial.
© Ángel Gabilondo, 1999.
© Alianza Editorial, S.A, 1999.

y para variar el tono…

Que no es tan terrible.

Llegué y compuse dos canciones, así, del tirón. Me pegué un duchote y me comí macarrones (algo más pijo, eran «plumas») a la carbonara. Intenté hacer una filigrana como portada para la bitácora, no me salió (tiempo al tiempo, que ya aprendo).

No hay mejor sensación que estar debajo del chorro del agua caliente de la ducha, no hay nada más relajante que el olor multifrutal del champú de té verde, el jabón de manzanas silvestres, el desodorante de pera de agua y la colonia de jazmín. Vamos, que la pituitaria se hace un nudo con los pelillos de los veintibastantes porque no puede afrontar el kaos olfativo.

¿Mis planes? Bien sencillos.

Bien comido y bien aromatizado, a tumbarse en el palomar, pillar el libro (con un boli y un papel, que siempre viene algún poema o alguna estrofa), leer hasta que se caigan los ojillos.

Un buen pedo, fuerte y embriagador, siempre pone un punto.

Estirar la pierna todo lo largo que es uno, sacarla por el borde del palomar, y balancearla

adelante y atrás, adelante y atrás… hipnótico….

que es que a veces soy de un exagerao… cómo me gusta dramatizar.