
Empiezo
a entrever
las cosas que juré no recordar,
agujeros
atrapados en la
llave de la puerta,
que abre por casualidad.
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Empiezo
a entrever
las cosas que juré no recordar,
agujeros
atrapados en la
llave de la puerta,
que abre por casualidad.

Estaba claro que me había pasado,
que no está bien eso de ir por ahí derramando,
perdiendo las cosas que no son mías,
que no tenía derecho a derribar la puerta,
que no andaba recto aquella luna que estuve mareando,
que puedo perder sin estar a solas y
no es sencillo estar a mi lado,
pero aún me gritan los oídos,
aún me duelen las mejillas delante
de la holgura de los dientes,
aún no es tarde para una disculpa
y alguna que otra cerveza,
aún no es tarde para que nos sentemos
a observar como la noche
deviene más noche,
sólo tienes que calmarte,
dejar de zumbarme,
tranquilízate,
intenta no estampar mi frente en la pared,
dame la mano,
(yo te tenderé un cigarro),
pásame el brazo por el hombro,
ayúdame un poco
y cuando me recompongan el rostro
los tipos vestidos de blanco
iremos a estrenarlo donde nada importa
porque todo es ya pasado.
Lo suyo sería un despuntar del alba más sereno, con los ojos en su sitio, las manos claras, los brazos dormidos y profundidad bovina en la mirada. Lo suyo sería un despuntar, creo, más diáfano, con luces tras las cortinas que no quieran decir nada. Lo suyo, en suma, sería que todas las partes tuvieran sus propias cimas para que todos los todos dejaran de tener esquinas, recovecos (agujeros).
Burlar es de necios.
(Recuerdo a aquella chica que siempre miraba al hueco entre tu cara y la pared de la izquierda, recuerdo esa expresión interesada por cualquier menudencia, la fuerza (indolente) de sus palabras. Recuerdo que era tonta, y que una cosa no quita la otra. Recuerdo que hay olas porque las guardo contenidas en el pecho. Recuerdo que no había conversación interesante que fuera posible, recuerdo el desprecio y, al mismo tiempo, la envidia).