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grandes y pequeños

Hay voces lentas. Hay voces que no se quieren. Voces que hablan despacito, con cuidado, temiendo hacerse daño al hacerlo. Voces que tienen miedo, que por algún confuso motivo sienten pánico ante las perlocuciones (la intención no cuenta cuando otro interpreta). Hay voces que temen que lo que tienen no sea nada, que no signifique nada.

En algún punto remoto de mi infancia me di cuenta de que era pequeño.

Eso le pasa a todo el mundo.

Algunos al sentirlo decidimos (de algún modo) hablar mucho y muy seguido. Hacernos (parecer) grandes para que nadie se diera cuenta de lo pequeños que éramos.

Otros se metieron dentro de sí mismos, por lo mismo, para que nadie se diera cuenta de lo pequeños que eran.

Nosotros hablamos a gritos, con grandes aspavientos, con efectos de luz y sonido para deslumbrar al de enfrente (no podemos dejarle ver que somos pequeños).

Ellos hablan en susurros, despacio, temiendo hacerse daño cuando hablan. Es muy difícil escuchar sus voces, hay que estar atento y en silencio. Un leve soplido, pequeño. No saben hablar. No lo han hecho nunca. Pero, cuando lo hacen, a nosotros, los de los gritos, nos apetecería quedarnos callados mucho, mucho tiempo. Sólo escuchando.

más en torno a la causalidad

«Se llama «causa», en un sentido primario, a la materia inmanente de que esté hecha una cosa: el bronce es la causa de la estatua; la plata, de la copa, y también los géneros del bronce y la plata. En otro sentido, la causa es la forma y el paradigma, es decir, la definición de la cualidad; y sus géneros: por ejemplo, para la octava, es la relación de dos a uno, y, de forma general, el número; la causa es también las partes de la definición. La causa es, además, el principio primario del cambio o del reposo: el autor de una decisión es causa de la acción, y el padre es la causa del hijo, y, en general, el agente es causa de lo que se hace, y lo que se hace es también el fin, es decir, la causa final. Por ejemplo, la salud es causa del paseo. ¿Por qué se pasea? Contestamos: para mantenerse sano, y al hablar de esta manera, creemos haber dicho la causa. Por último, se llaman causas todos los intermedios entre el motor y el objeto. Así es como el adelgazamiento, la purgación, los remedios, los instrumentos del médico, son causas de la salud, pues todos estos medios se emplean en vistas a un fin; estas causas sólo se distinguen unas de otras en que unas son instrumentos y otras acciones.»

Aristóteles. Metafísica.

Es curioso recordar a Feyerabend hablando acerca de los especialistas, refiriéndose a los científicos, y cómo su lenguaje se ha deshumanizado de tal modo que ha perdido todo contacto con la carne en aras de una supuesta claridad expositiva.

Cito (Feyerabend, «Contra el método», nota 13): «Así, en la página 65 del libro (W. H Masters y V. E. Johnson, «Human Sexual Response», Little, Brown, 1966) leemos que la mujer, al ser capaz de orgasmo múltiple, tiene a menudo que masturbarse una vez retirado su compañero para conseguir así la culminación del proceso fisiológico que le es característico. La mujer sólo se detendrá, quieren decir los autores, cuando se encuentre cansada. Esto es lo que quieren decir. Lo que realmente dicen es: «Por lo común, el agotamiento físico pone fin por sí solo a la sesión mastubatoria activa». Usted no se masturba, usted tiene una «sesión masturbatoria activa». En la página siguiente se aconseja al hombre preguntar a la mujer lo que quiere o no quiere en lugar de intentar averiguarlo por su cuenta. «Él debería preguntarle a ella»: esto es lo que nuestros autores quieren hacernos saber. ¿Cual es la frase que aparece en realidad en el libro? Lean: «El hombre será infinitamente más efectivo si anima a su compañera a vocalizar». «Anima a vocalizar», en vez de «le pregunta». Bien: acaso alguien diga que los autores quieren ser precisos, que quieren dirigirse a sus compañeros de profesión más que al público en general y, naturalmente, tienen que emplear una jerga especial para hacerse entender. Por lo que respecta al primer punto, esto es, a la precisión, recuérdese, sin embargo, que los autores también dicen que el hombre será «infinitamente más efectivo», cosa que, considerando las circunstancias, no es ciertamente un enunciado muy preciso de los hechos. Y en cuanto al segundo punto, hay que decir que no se trata de la estructura de los órganos, ni de particulares procesos fisiológicos que puedan tener un nombre especial en medicina, sino de un asunto tan ordinario como preguntar. […]»

Es decir, que la comunicación prepara sus propios actos perlocutivos para que sincronicen con los ilocutivos (y viceversa). Es claro que la intención de los buenos científicos era parecerlo. Retorciendo el lenguaje de un modo concreto su ilocución es parecer algo, y la comunicación social permite que sea exactamente lo que consigan. Excepto para Feyerabend, por ejemplo, que mira lo que está viendo y ve lo que parece que no se ve. Pero no nos engañemos, en estas situaciones el agente de la acción es tan víctima de las convenciones como el paciente de la acción. Enredados en el campo de la convención las asumimos tanto y de tal modo que al final las consecuencias son lógicas, retroalimentando el rizo hasta hacer un tirabuzón.

Pero con ello se pierde la costumbre de mirar.

Las verdades son las mismas (¿o no?), pero en Aristóteles tengo la sensación de estar tomando café con él en el salón de mi casa, y con la jerga cientifica parece que uno está metido en un tubo absurdo de ensayo. No hay convención en Aristóteles (o no nos ha llegado, vaya usted a saber), y se puede estar tranquilo y alerta con su discurso. ¿Y esto qué tiene que ver con las causas? Pues nada, pero es que al releer a Aristóteles me acordé de Feyerabend y se me fue la pinzita… otro día.

Conclusión: necesitamos la ley de la causalidad porque nada parece responder a regularidades observables, lo cual nos desorienta. Y como el mundo no responde a ella, reificamos un mundo de preguntas y respuestas unidas de forma convencional. Creemos tanto en ello que al final no somos capaces de identificar ni otras preguntas ni otras respuestas, convertimos la convención en realidad. Es decir, que nos hemos despistado en algún punto y hemos dejado de ver el mundo, sólo nos vemos a nosotros mismos englobados en un concepto de comunicación interpersonal que no es más que un juego de «¿Quién es quién?» bastante limitado. Arendt dijo algo así como: ¿funciona la estadística porque es predictiva o funciona porque conocemos las leyes de la estadística? Un punto muy espinoso.

actos ilocutivos y actos perlocutivos

Supongo que Hierro dixit: ‘alguna vez un alma encontró aquella que la completaba’. No sé qué idea le rondaba la cabeza, ni si la tónica estaba en perfecto estado o caducada, o si la ginebra era una aleación de Larios y endrinas a partes iguales e insolubles. No sé, supongo que estaba sentado en su escritorio, jodido por algo, y se dijo algo a sí mismo que le pareció bien. Lo escribió, lo leyó, y le siguió sonando bien. ‘Vaya, parece que vamos teniendo un poema’. Y él vió algo de luz mientras nos llenaba de oscuridades a los demás.

En cualquier caso, toda acción siempre parece ser una representación intencional. Haces las cosas con la intención de sugerir algo (de conseguir algo, pero decirlo de este modo es más bestia). Ahí tienes y llevas tu ilocución, en bandeja y maleta de plata sobre ruedas de goma (que no hacen ruido). Ahí declina cualquier responsabilidad (se dice) sobre la acción. Qué eufemismo, lo que termina es tu campo de actuación, la historia se larga del tiesto y te deja oteando, para ver qué demonios pasa ahora. Luego pasa algo, y ahí anda la perlocución. Si coinciden razonablemente una y otra te creces, y te da por pensar que tienes control sobre las consecuencias. Reafirmas tus lazos con la ley de la causalidad.

¿Y si no? Pues te dices que el mundo está gilipollas y no responde como mandan las leyes y sigues con tu causalidad, que no te vas a hacer empirista radical a estas alturas y ponerte con estos Humes y Berkeleys y demás bichos de tamaña ralea a decir «bueno, sí, hoy por hoy… pero bueno, no es algo sobre lo que se puedan fijar inferencias de ningún tipo, más que ya históricas… hay que ser prudente, estimado colega, prudente con la bola de billar, el taco y la mesa…» Y el café se calienta justo después de un minuto y medio en el microondas si y solo si este último está enchufado, con la puerta cerrada, si efectivamente el vaso se encuentra dentro conteniendo café con leche, si tú mismo o alguna otra entidad corpórea con capacidad para ello gira la rosca del tiempo y le da ese golpecito requerido a la puerta y hacia dentro, si efectivamente se permite que transcurra el minuto y medio requerido a tal efecto y, después, si y solo si tú mismo o alguna otra entidad corpórea con capacidad para ello comprueba inmediatamente (en la medida de lo posible y de las restricciones del espacio) la temperatura.

Porque si dejas pasar una unidad temporal a la que podríamos llamar, perfectamente, x, es más que probable que el café esté frío de nuevo.