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más fresquito el verano

Venga Monjas: Llamadme Claudia de los Venga Monjas en Vimeo.

Esa es la intención, ¿no?, hacer más refrescante el verano. Pues hoy voy a empezar a hablar sobre lo que nunca falta en mi reader. ¿Por qué? Ni idea. Me apetece. Y lo voy a meter en una categoría nueva que se llamará… me lo llevo puesto, por ejemplo.

Y hoy es el turno del blog de Miguel Noguera. Qué grande, el tipo. Enorme humor absurdo que a veces naufraga en un estrepitoso ridículo y otras te hace rozar la yema de los deditos de Dios… Imprescindible mirar un par de sus Ultrashows, los del Macba, por ejemplo, el primero o el segundo (1 y 2). Al tipo le conocí (de un modo completamente 2.0, por supuesto) viendo Llamadme Claudia, de los Venga Monjas, que es exactamente el vídeo que tenéis arriba, tan discreto él, tan tímido.

piedra angular del desencabronamiento

Pues sí, juego al wow. Por ahí, buscando casi nada, menos de un poquito, encontraréis mi personaje en la armería. Está bien llegar a casa, recoger lo que no queda más remedio que recoger, leer un ratico a Miller (ando tan enganchado con Sexus que a veces no me permito leer más de un parrafo al día, para que dure —aunque ya tengo Plexus a su lado en la mesilla—, así que me lo raciono con «Otra manera de vivir», de Goodal y firmado por ella misma, cortesía de mi hermana la Cara de Cola; también a raticos me zampo «hijo de Satanás», de Bukowski, muy refrescante para este veranico tan plácido en pequeños sorbitos y risas enormes).

Y a donde iba perdido entre tanto paréntesis y raya: está bien llegar a casa, hacer mi punto de cruz diario (platos, suelos, mierdas varias), leer un rato, tocar la guitarra media horica y entonces, sólo entonces, meterse a dar ostias como panes.

Sí, sí, como PANES.

En el juego puedes hacer misiones. Poco me interesan. Puedes subir profesiones, cosa que me interesa menos todavía —excepto días muy raros que tengo que vez en cuando—. Puedes irte de instancias con tu banda de rock wow, un healer, un tanque y tres dps (amos, batería, cantante y bajo y guitarras).

Pero a mí lo que me gusta es pegar ostias a tipos que estén sentados delante de su ordenador. No a subprogramas.

Entrar en la Garganta Grito de Guerra a repartir. La dinámica es simple, muy simple (y me acuerdo de Walter Sobchak diciendo más o menos «en su simplicidad estriba su belleza, nota»), es como el pañuelo. Cada grupo tiene una bandera en su casa, y el objetivo es traer la del otro a la tuya y entregarla. Sólo puedes entregarla si la tuya está en su sitio.

Sencillo. Y eso es enorme porque permite la posibilidad de cientos de estrategias. Como la gente que se mete lo hace sin pensar demasiado, las estrategias de grupo no funcionan nunca excepto en sus niveles más elementales, como «quedaros tres a defender» o «ahora subimos todos», así que uno ha de centrarse en las estrategias personales de tocahuevos, que son en las que precisamente despunta un druida (tiene varias formas físicas, como oso aguanta muchos leñazos, como guepardo corre que se las pela, y como gato pega que da gusto y, lo que es lo más tocapelotas, se puede hacer invisible si no está combatiendo; además, en su forma humana tiene un par de hechizos que frenan al contrario muy dignamente, raices y ciclón, otro par que ayudan mucho a los demás, estimular y tranquilidad, y otros para echarse sobre sí mismo y aguantar más, piel de corteza e instintos de supervivencia recuerdo el nombre: sí, tiene muchos golpes, yo juego con 38 teclas y algunos movimientos más con el ratón, busco en ebay manos de cirujano o pianista).

Así que me paso un par de horas tocando los cojones y me quedo tan a gusto. Y me quedo tan a gusto porque toco los cojones siguiendo unas reglas de juego establecidas y que los jugadores conocen. Es decir, ni miento ni engaño a nadie: utilizo lo que tengo con el objetivo de ganar un juego, y mientras tanto meto ostias como panes a pobres alianzos desprevenidos. Y eso me hace olvidar por un rato lo mierda que es el mundo.

Lo mierda que es el mundo de verdad.

Miller me encabrona espiritualmente (si no fuera bastante el encabronamiento de ese sutil hijodeputa que es el día a día). Y los tipos que rascándose el dedo gordo del pié sentados en una silla de cinco apoyos dijeron en su día «pues yo prefiero la alianza», lo pagan. En el proceso ni se pierde ni se destruye energía. Sólo se gana entropía, pero eso es inevitable.

Después, si quieres un poco de comedia, puedes leer lo que la gente escribe sobre lo que le ha aportado el wow. Supongo que todos tendemos a exagerar, pero es que algunos parece que sitúan al juego por encima de la penicilina… Aunque es posible que cierta parte del juego sí que sea más importante que la penicilina…

Para mí es un lugar donde puedo sacar punta a ciertas habilidades y tocar mucho los huevecines. Y eso, amigo mío, es la piedra angular del esparcimiento y el desencabronamiento.

PD: si realmente quieres ver lo freak que es el juego, intenta leer este estupendo manual sobre el druida feral.

la linterna: la vigilancia

Esto es la maldición del sentido común. Uno ve un cuadrado y dice “mira, un cuadrado”. Y resulta que las normas sociales, lo políticamente correcto, los sistemas educativos, las carreras profesionales, en definitiva la humanidad entera parece estar edificada sobre el pilar de que aquello es un círculo y te lo tienes que llevar rodando, calladito y sin rechistar, con iniciativa y motivación propia. Y como se te ocurra ni siquiera mencionar que aquello parece cuadrado, miles de años de moral se te echan encima con la fuerza del big bang. Eres un radical egoísta soberbio anarquista conflictivo que cree ver un cuadrado por motivos de inmadurez, cobardía, odio a la humanidad, envidia, resentimiento.

La gente es así. No puedo precisar con exactitud por qué, pero tengo mis teorías. Lo que tengo realmente claro es que tienes que empezar a asumirlo si quieres hacer algo de todo esto que te rodea. Puedes convertirte en un anacoreta, por supuesto, pero eso te hará prescindir de algunas buenas conversaciones y de algún que otro polvo excelente. No abundan, pero los hay. Te toca a ti decidir si quieres prescindir de eso o no. O si puedes.

Es como es, y negarlo no va a servirte de nada. Desde el cerebro más primordial hasta las circunvalaciones de la corteza exigen, de algún modo, que todo continúe en el mismo tonto punto. Todos se resecan para conseguir las mismas cosas que no saben si quieren pero que necesitan. Ya sé, ya sé que no tiene sentido, pero las quieren sin saber realmente si las necesitan. Es más, muchas veces directamente saben que no las necesitan en absoluto y, sin embargo, las siguen queriendo igual, del mismo pertinaz y recalcitrante modo. Y eso sería anecdótico, sería una absoluta nulidad, si no fuera por la linterna. ¿Qué coño me importa a mí que todo el mundo escoja el modo de vida que le salga de los cojones? Nada en absoluto. Por mí como si se encierran. Evidentemente, estoy a favor de las drogas, de la eutanasia y de todo aquello que cualquiera escoja sobre sí mismo. Tengo derecho a hacer conmigo lo que me plazca.

Y, atención al requiebro, los demás también tienen ese derecho sobre sí mismos.

(Me resulta curiosa esa tendencia de cierta ideología política que defiende que cada uno es libre de hacer lo que quiera, pero pone el freno en ciertos condicionantes religiosos y/o inveteradamente morales, como si uno fuera libre de conducir con una botella de vino metida en su sed pero no de coger su coche y estrellarse contra un pino voluntariamente; literalmente y al pelo, eso es comulgar con ruedas de molino).

El único problema es la linterna, definitivamente.

Y es que, cuando uno se aparta aunque sea moderadamente del camino, empieza a notar que le iluminan constantemente con una linterna, y que se convierte en una especie de deporte de sofá esperar a ver que algo te vaya mal. Evidentemente, algo siempre te va a ir mal, lo cual me gustaría reformular diciendo que alguna vez algo te va bien. Son contadas las ocasiones, pero a veces todo te va bien. Y esa gente que ha escogido y tomado sus decisiones sin tomarlas en absoluto necesitan verte caer.

Dependen de verte caer.

Están esperando verte caer.

Y sólo porque te has apartado un pelín del camino.

Sólo porque no has firmado los mismos contratos, porque no gustas de las mismas argollas (arcaico que es uno al escribir, de cuando en cuando, qué le voy a hacer).

Y no se dan cuenta de que todo requiere tomar una decisión, todo absolutamente, meterse en un cuarto a tomar cerveza esperando que pase algo requiere tomar una decisión. Requiere un esfuerzo. Requiere dejar cosas de lado. Requiere reventarte la cabeza contra tu propia incomprensión, requiere un ejercicio de libertad cifrado en encontrarle un lugar a tu felicidad personal, ¡que sólo tú decides dónde está, por muy ridículo o valiente que les pueda parecer a los demás! Requiere mirarse un momento…

Mirarse un momento.

Y preguntarse, ¿ahora qué coño quiero hacer?

Llegar a una conclusión.

Y hacerlo.

Si tú estás feliz dentro de tus propias decisiones no deseas que a los que han tomado decisiones distintas la vida les reviente el recto, no estás deseando que la vida les destroce para reafirmar tu decisión de suicidarte voluntariamente eludiendo lo que realmente quieres.

Ese es el juego de la linterna. Yo lo llamo la vigilancia, y a encontrarse en esa situación estar en estado de vigilancia, y a vigilar ejercer la vigilancia, y a los que lo hacen los vigías. Un deporte de sofá. Una implicación a distancia.

O estoy muy equivocado o todos, realmente todos, sabéis de qué cojones estoy hablando.

En realidad no importa qué es lo que quieras. Importa que te pongas en camino para ello. Importa que lo asumas y empieces. Importa que te busques y, aunque no te encuentres, te mires. Echarte un vistazo, colega. ¿Te has tomado alguna cerveza contigo mismo últimamente? Pues siempre es recomendable. Hazlo. Sorprendentemente te dices cosas que no les dices a los demás.

Hay cierta gente que ha tomado decisiones motivados por motivos externos a sí mismos (joer, qué blandito soy cuando quiero). Y que para sentirse menos tontos necesitan que todo aquel que no haya hecho lo mismo se estrelle contra un muro ineludible. No se sienten tontos por haber tomado malas decisiones, se sienten tontos por haber tomado la única decisión de dejarse llevar.

No, no, no. Por ahí no. Por ahí no se llega a ninguna parte.

San Agustín dijo, hablando evidentemente (o no) de otras cosas: ama, y haz lo que quieras.

Ámate. Y haz lo que quieras. No me vengas con milongas ni con jodiendas, no es tan complicado. Échate un vistazo, ten una charla contigo mismo. Date un abrazo, que nunca está de más. Compréndete un rato.

Ten el valor de escucharte.

Y haz lo que quieras.