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pre-texto

La vida es una circunvalación sobre un centro. No tengo claro cuál es, por supuesto, pero tengo meridianamente claro que cada uno tiene el suyo. Una boca, un ano y un centro sobre el que giran ambos. Sobre el que nunca dejan de girar. Esta cuestión del centro de giro no es una estupidez, porque ayudaría bastante tener claro el de uno para no removerse en los imposibles que se constituyen con las cosas que no queremos hacer en absoluto, es decir: lo que no está dentro de las fuerzas gravitatorias de nuestro sistema solar personal.

Seguimos de mudanza, el jueves la Marysyster me volvió a demostrar que la fuerza es un asunto mental, y construyó con mis cosas un tetris en dos maleteros y un asiento trasero que yo jamás hubiera sido capaz de engarzar. Aún así se fue cabreada porque, afirmaba, aún cabían más cosas. Estoy seguro de que si se pone podría haber hecho mi mudanza, lavadora, armario y nevera incluídos, usando sólo sus propios bolsillos y un viaje. Y seguramente hubiera comprado el pan por el camino y habría salvado a un niño de ahogarse o algo así. Menuda es.

Después comimos en la terraza de mi nuevo ático (el nuevo museo es un ático) y me eché una siesta forzosa. Fue forzosa porque con todo esto de mover cosas las arañas que llevan conviviendo conmigo pacíficamente más de once años se han cabreado bastante y han montado una protesta. Y lo han hecho dedicándose a morderme por todas partes, para que quede clara constancia. En una especie de sueño onírico jodido me dormía, me despertaba con la mano hinchada, me dormía de nuevo, me despertaba con el pie hecho una bola de carne tumefacta, me dormía y me despertaba con un cuerno en la sien izquierda. Y esto en el duermevela tonto, sin saber si realmente estaba hinchado o me lo estaba imaginando.

Pero lo estaba. Fuí plenamente consciente al despertarme.

Lo que hizo que iniciara dos acciones que me repugnan: 1. aspirar debajo de la cama y 2. comprar insecticida y rociar con él a mis viejas compañeras de piso. Yo pago el alquiler y tengo acceso al chino para comprar el asqueroso aerosol, deberían haberlo sabido y haberlo considerado antes de recurrir a la fuerza. Aún así el uso de la violencia en este caso me hizo recordar lo muy inestable del tema de la tolerancia en la convivencia. Y en general. Y en todas partes. Y eso me puso triste. Bastante triste. Por unas malditas y jodidas arañas que se habían pasado la noche mordiéndome. Pero mi estado anímico depende de un gatillo que nunca sé dónde está y que se dispara sólo cuándo y cómo quiere. No puedo esbozar una teoría científica al respecto, porque no podría repetir en un laboratorio las situaciones y que dos veces dieran idéntico resultado. Sería imposible generalizar sobre esto. Simplemente.

El viernes dormí estupendamente, aunque me imaginaba a las arañas acojonadas en las lamas del somier diciéndole a las pequeñas que guardaran silencio o La Gran Lluvia Mortal caería de nuevo sobre ellas. Un asunto turbio. Un asunto sucio. Me largué de casa antes de que todo ello pudiera atenazarme la garganta y recogí a mi madre para volver al nuevo museo, limpiar, poner lavadoras y demás mundaneces soeces y estúpidas y, sin embargo, tremendamente necesarias. Dejada la madre en su descanso merecido y trocada por Merayo nos tomamos unas cervecitas y lijamos las baldas de la estantería al sol hasta que anocheció, entre el humo de los petardos del maese de la trova y los vapores oníricos del serrín mezclado con espuma de cerveza. Le dejé en casa y volví a esta guarída que no es guarída ni museo ya ni nada.

Mi casi ex-casa se está convirtiendo en un atronador silencio, y eso es raro. Es muy raro andar yendo y viniendo sin irse todavía del todo. Es muy raro no reconocer tu casa cuando estás en ella y reconocerla a trozos cuando estás en otra, la nueva. Uno se siente ligeramente retorcido, desplazado, zarandeado, en cierto modo desgajado y a tirones, marchando en primera acelerando y soltando todo el rato. No me reconozco aquí y todavía no allí, y ese lugar físico, en el que un tipo al que le gusta leer y escribir y componer se siente listo para el combate de encerrarse en uno mismo para hablar de lo de fuera, está desdibujado y maltrecho. Probablemente sea una estupidez, pero cuando me pongo a decir algo soy un tipo en una concha reconstruyendo lo que ha visto fuera. Y ahora un tipo sin concha intentando recrear la realidad conocida desde el medio de un silencio. Alguien me dijo alguna vez en alguna de las clases a las que asistí (creo que fue en Pedagogía) que un miope es como una marsopa, al no ver decentemente necesita tener ubicado todo lo circundante para que la composición de lugar suplante la vista ausente. No sé si es por eso o por otra cosa, pero yo soy así. Literalmente. Me gusta salir y estar en el centro del desconocimiento absoluto y ver cómo las cosas se van desarrollando, pero después necesito volver a mi museo para interpretarlo todo y rumiarlo como una vaca diastólica.

El sábado recogí de nuevo a la madre y nos fuimos a por barniz y una ampliación de la estantería a Ikea-Leroy. Yo estaba empecinado en llegar a las diez y la vida me dió la razón, porque cuando nos íbamos a las once aquello ya se había convertido en un partido de fútbol sin equipos y sin campo, pero con todo el público. Salir del parking me costó tres amagos de infarto y un par de puntos menos para ir al cielo debido a un vocabulario excesivamente florido cuando algún animal, por algún motivo que aún desconozco, se empeñaba tozudamente en incrustarse en mi asiento trasero, o mi maletero, pese a mis insultos y pitadas de aviso. Salí de allí quitándome un par de peatones con los limpiaparabrisas y en ese momento me llamo Nano para ver el nuevo museo, que es que él es parte del todo y como parte contratante y adyacente y constituyente quería ver dónde van a ir todos estos años desordenados en cervezas, canciones y tardes enormes. No pueden ir a cualquier parte como si fueran meros olvidos, por supuesto, como si fueran despistes intranscendentes. Quedamos en un restaurante y abrimos las puertas del garaje (sip, el nuevo museo tiene garaje para leny, que ya va camino de los 21 añitos y se merece dormir bajo techo y dejar de ser un homeless), y entramos en ese proyecto en minúsculas aún que será uno de los lugares donde nuestros caminos se escriban de ahora en adelante. Él y Vero degustaron las nuevas salas y se encandilaron con lo que puede llegar a ser.

Nano y yo terminamos de lijar la estantería y nos pusimos a montarla, Vero secó la terraza y mi madre entro en velocidad de crucero y nadie pudo seguirle la pista más que a ratos, cuando alguna bayeta o estropajo aparecía de la nada, limpiaba algo y luego volvía a desaparecer en un golpe frenético. Suponíamos que su mano estaba pegada al estropajo, aunque no creo que ninguno pudiera afirmarlo con seguridad debido a que cuando entran en el hiperespacio es complicado definir la posición de los cuerpos. Después ella y Vero charlaron un buen rato mientras Nano se desbastaba con mi cutrismo voraz y soportaba con estoicismo mis explicaciones imbéciles. «Pero… ¿no has marcado las piezas para saber dónde van?», «no… es que así cada parte adopta un nuevo papel en la estantería y vive cosas diferentes y así la estantería muta siendo la misma…» y todo eso para no decirle «tío, soy un puto desastre, he desmontado esta estantería y ahora voy a montarla como le dé la gana». No «me», sino «le». Nos fuimos a comer a medio montaje y entramos en un sitio a pedir algo de comer, y nos sorprendió que nos sirvieran una vaca a cada uno, con sus pezuñas y sus ubres, entre dos trozos de pan estándar de hamburguesa. Yo hice acopio de valor y me lo comí todo, aunque no soy de buen comer habitualmente y por eso estoy tan delgado que cuando me acuesto aumento en altura, en perpendicular al suelo (por si quedan dudas). Estuve hablando brevemente con Vero, que es argentina, sobre el tema de la opinión que les merece España después de lo educadamente que nos ensañamos de forma brutal con ellos mientras les despojábamos de todo el oro del que fuimos capaces en el menor tiempo que la ingeniería de la época permitía (todo un señor logro aún para algunos), y me sorprendió saber que al idioma lo llaman «español» y que España es «la madre patria».

En eso no puedo dejar de estar de acuerdo. A menudo las madres son bastante hijas de puta, aunque luego la vida cambie lobos por corderos en paridad uno a uno sin despeinarse demasiado.

Como Vero es un sol respondió a mis preguntas con verdad y sencillez, aunque seguramente eran bastante desatinadas y quizá maleducadas (por indiscretas), pero es que uno es curioso, y me guardé las más desafortunadas como un gesto cálido al buen gusto. Habrá más días.

Nos despedimos de los restos de las vacas saludando a los corderitos y volvimos al museo, terminamos de montar las estanterías con un colocón de barniz como Dios y La Santa Madre Iglesia Canónica manda (si para amar a Dios sobre todas las cosas necesito esnifar barniz entiendo que la Iglesia Católica aceptará con devoción que esnife barniz, porque responde a una finalidad divina, que no puede intrínsecamente ser malvada en sí misma), y en las mismísimas puertas de San Pedro decidimos volver cada mochuelo a su olivo, así que me metí en el ex y vi la guitarra y compuse una canción porque últimamente vuelve a ser natural hacerlo (ya iré colgando cosas, de ínfima calidad pero insoslayable devoción), me duché y salí porque Nano me estaba esperando fuera con el coche.

Cuando entré en casa de Vero y Nano no esperaba volver tan pronto al paraíso. Una decoración medida, precisa, intencionalmente milimétrica, velas, guitarras y cerveza, una buena conversación y dátiles con filadelfia y jamón, anchoas con caviar, olivada o escalivada… y de postre dulce de leche de allende los mares, que me hizo preguntarme por qué detesto el dulce si con ello me estoy perdiendo cosas tan exquisitas como esto. Y después esa cosa amarga como una puta ruptura inopinada y llorosa que es el licor de alcachofa. Di un sorbo sin mezclar y de repente me desapareció el paladar. Y la glotis. Y el esófago. Se largaron a otra parte a beber agua a ver si así recuperaban el tacto, mientras me llamaban hijo de puta por ponerles en contacto con ese tipo de cosas. El licor con cola, sin embargo, era mucho menos hiriente y muchísimo más que tolerable: era perfecto (para un enamorado del café solo, la guiness y el earl grey).

Los tipos de The Big Bang Theory tienen una cortina de ducha con la tabla periódica. Cuando fui a mear a las cinco de la mañana descubrí que esta gente tenía una con las posturas del kamasutra.

Cualquier lugar es bueno para buscar inspiración, pero es mejor tenerlo a mano, pensé. Mi empedernida soltería dudó un momento de sí misma, se miró en el espejo y se preguntó por el fin y el sentido de todo esto. No llegó a ninguna conclusión. Así que levanté la cerveza, brindé por ellos, por el sentido del humor y por las cosas agradables en general y me volví a enfrascar en la programación de la2 hasta que me quedé completamente dormido.

Y al despertar y después de acercarme a casa volví a lo mismo de los últimos días: la eterna mudanza. Barnicé con mi madre la mesa y las sillas, más lavadoras, más lavavajillas, cajas deshechas, armario lleno, libros en la estantería, más colocón de barniz (y de nuevo la reconciliación con Cristo), y después de todo volví a casa con unas cervezas con la intención de escribir esto y no quedar mal del todo pese a la extensión indecorosa que preveía, con un más que precioso recuerdo de todos y de cómo la vida se esfuerza por seguir poniéndote en contacto con la gente que es capaz de darlo todo y hacerte sentir querido, cálido, a gusto.

Pero mientras tanto… uno es un animal de raza. Ha faltado deambular por las calles borracho intentando no perder el gusto por la próxima cerveza, la desilusión, el desamor, el desastre, la muerte en vida de reventar en los litros que te debo, de reventar contra las comisuras de la boca el hecho imperfecto de que la vida, a veces, debe aniquilarse para resurgir de sí misma con más fuerza en la boca y en el ano que en los brazos, el hecho mismo de que una conversación inteligible no es más que un prolegómeno del grito que vendrá después, cuando nos desangremos y escupamos espumarajos sólidos mientras realmente me meto en tu cabeza y tú en la mía para unirnos en un tracto que ya no será ni mierda ni miseria ni esputo ni dolor ni concrección, sino sólo vida y más vida desplegándose ante nosotros como

lo más perfecto

que cabe

en estos días.

La vida es una circunvalación sobre un centro. Siempre y sobre todo. Y ese centro es una voz ineludible en la cabeza de cada uno. Inevitable.

Y yo no puedo ser más. Ni menos.

bocatuboano, los tractos

Un fin de semana haciendo cajas no es ni más ni menos que eso: un fin de semana entre cajas. Y recuerdos, porque las casas tienen un componente que no ha sido estudiado nunca, que yo sepa, y son los agujeros espacio temporales (tractos, en adelante). De repente, en un cajón, o al fondo de la cama, o detrás de unos papeles, puede aparecer algo que te retrotrae a un momento del pasado de tal forma que puedes volver a sentir olores, texturas, a escuchar palabras que se dijeron entonces, a saborear otros tractos en el tuyo.

Ya, ya, la historia de la evolución en la Tierra no es más (ni menos) que un proceso continuado de tunning sobre un tubo digestivo, compuesto por un orificio por donde entra la comida, el susodicho tubo o tracto y otro orificio por donde se excretan los desechos. Tú eres eso en esencia orgánica (si es que eso existe). Y todo lo demás son adornos (más o menos valiosos para cada cual) que se han ido añadiendo sobre el diseño original como un plan taimado de los genes para seguir reproduciéndose. Pero quizá por eso mismo son tan importantes los tractos, porque nos remontan al origen o lugar donde empezo todo, a eso tan fácil de definir a priori y tan jodido si te pones a ello que es lo primigenio. Eso está bien, pero no se queda ahí, porque además de ser digestivos los tractos también son, por definición, 1. el espacio que media entre dos lugares y 2. lapsos de tiempo.

Nada menos. Ahí es nada.

El tracto digestivo original es eso que media entre el culo y la boca, y es nuestro centro orgánico. Pero como tipos, o como seres, o como individuos con recorrido narrable (con una historia que contar que es la historia de nuestra vida) tenemos más tractos menos localizables en coordenadas exactas y precisas (por nuestra propia imprecisión, por supuesto). Quiero aludir con esto a ese espacio que media entre dos lugares (físicos, en las tres dimensiones), por ejemplo, combinado con ese cuartito anexo que media entre dos situaciones vitales temporales: los lapsos de tiempo (añadiendo la cuarta). Estamos recorridos de tractos: el tiempo desde que entré en la universidad hasta que no volví a ir, por ejemplo; o el tiempo desde que me apunté a la autoescuela hasta que me saqué el carnet y pude enseñarles el dedo corazón de ahí hasta siempre, pérdida de puntos mediante; el tiempo desde que entré en esta casa hace once años hasta el día en el que me vaya, resumido en las cajas que estoy haciendo ahora; el tiempo en el que a una edad indeterminada me regalaron un muñeco de Pedro de Érase una vez la vida hasta hoy que Nano lo ha reencontrado en un cajón de mi escritorio, enseñándomelo, disparando sin quererlo todo un tracto de recuerdos completo y complejo.

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Y… ¿qué conecta al tío o tía o abuelo que me regaló ese muñeco con Nano? Pues aparentemente nada, por supuesto. Evidentemente nada. Excepto que, sin intención de ofender, uno fue la boca y el otro el culo, y desde ese momento están unidos por el tracto vital de los años en los que he tenido cerca a Pedro. Yo soy el nexo al fin y al cabo, por supuesto, un tracto digestivo evolucionado para facilitar la supervivencia de sus genes, pero además con la capacidad de contar y contarse su propia historia.

Contar y contarse su propia historia.

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Me cuento mi historia, y la voy contando como puedo por aquí. Me narro. Y me sirvo de los tractos para hacerlo. La memoria es imprecisa y desorganizada, y los necesita como toque de atención para regresar a esos datos dispersos por y caóticos en el cerebro (hay gente que escribe una autobiografía, que es lo más parecido salvando las kilométricas distancias a defragmentar nuestro disco duro; aunque siempre nos mentimos y reubicamos todo en función de dónde estamos ahora, pero esa es otra historia fascinante y larga, cómo no). Pedro me ha hecho recuperar una línea que ha existido siempre pero en la que antes de verle no estaba focalizando la mirada. Después, al verle, pude observarla en toda su intensidad y longitud.

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Pedro era el capitán de todos los clicks, aunque no podía sostener una espada y ni siquiera era capaz de levantar los brazos y sostenerlos así. Yo construía castillos con una especie de tente de piezas enorme y máquinas de asedio con Moltó (las enormes bisagras, con una goma, eran catapultas voraces al lanzar las bolas de hierro que saqué de una mini máquina de pinball). Durante tardes y tardes que eran eones en el transcurso del tiempo de un niño sobrevivimos a enormes aventuras y demoledores ataques del enemigo brutal. Y siempre ganamos, aunque no fue fácil. Después se fue quedando más y más en el cajón hasta que lo reencontraba, abriendo un nuevo tracto. Al mudarme a Madrid. Al volver a Alcobendas. En cada limpieza. Y ahora, de la mano de Nano.

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Después tocamos de nuevo, Nano y yo, en este extraño domingo dentro de este aún más extraño fin de semana. Las canciones viejas. Abriendo las ventanas, aspirando el polvo, remozando la música, esbozando la melodía. Esas canciones que están apolilladas y que requieren una ventilación completa. Cada una de ellas abriendo y cerrando su propio tracto, ese tipo de tracto bucal-tubo-anal que es el componente de todo tracto, incluso el central que es el sentido primigenio de nuestras vidas, pero que no lo resume, lo contiene pero no lo completa. Porque nuestras vidas no son sólo eso (bocatuboano), por supuesto. Y yo pensando en Pedro, y en las canciones, y en todos los tractos abiertos.

Y me sentí transido de vida, de la verdad, de la que no se limita a la boca, el tubo y el culo. De la que los incluye, inevitablemente, pero como parte de mucho más.

Lleno de historia. Lleno de presente. Y lleno de futuro.

Porque una cosa es estar vivo (y para ello sólo hace falta un tracto digestivo) y otra cosa es sentirse jodidamente vivo.

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Y Nano me repitió un par de veces que al tocar «Piedras» volvió al lugar de partida (boca) de cuando la cantaba con Cris en el coche día sí día también, y yo me sentí feliz porque fui capaz de ser un punto de partida de tracto en la vida de un amigo, aunque no fue mi intención. Y él fue feliz porque recuperó historias que, aunque presentes en las circunvalaciones de su cerebro, estaban tan desorganizadas que no se hubieran podido recuperar con tanta riqueza de detalles sin ese hilo conductor, sin esa linternita apolillada que ambos compartimos mientras acariciamos las guitarras ahora, en el excretor del tracto que nos une y nos hace uno.

volver a tocar y eso

Bueno, y al fin el museo fue de alguna utilidad, yo tenía claro desde el 2003 que en algún momento eso se iba a producir… o no tan claro… o no tenía ni idea en absoluto. Guardadme celosamente el secreto, pero desde que Nano y Hare estuvieron tocando aquí el domingo pasado… y desde que estuve tocando en el All-In en la barra libre de paella y cerveza (jrande, enorme, jrande) y desde que me liaron para subir a un escenario en Torremocha hace una semana… tengo el gusanillo de tocar de nuevo. Novedad.

¿Por qué no, coño? Si al fin y al cabo tocar me sale mucho más natural que pajearme o engordar, si no me cuesta apenas esfuerzo… más que el de esa relación autodestructiva que guardo con mis propios agujeros mentales, esa relación que me hace estar un día en la cresta de la ola y otro en todo aquello que no es ni siquiera ola… pero eso son tontunas, zarandajas, estupideces: tocar me sale de dentro en cuanto me ponen una cervecica o alguien que me pida extremoduro delante. Si es chica dos puntos más. Si es visible tres puntos más. Si es preciosa el resultado de la ecuación tiende a infinito en todos sus vértices y vórtices, ordenadas y abscisas. Se dispara la gráfica mientras berreo en todas sus acepciones.

Y hoy quedé con Nano para tocar, e intentábamos volver a tocar las canciones clásicas, amos, las viejas de cojones, pero no nos acordábamos. Y entonces me acordé de este museo. Y nos pusimos a fozar. Y nos estuvimos echando unas risas pensando en besar jazmines meados, encontrando miradas en retinas ajenas, viendo gatos pardos por los tejados, luchando contra el desengaño de las hormigas, revoloteando con las ramas en flor, disfrazándonos de horas a veces, llorando como idiotas porque algo nos hizo acordarnos del 11M y, sobre todo, sintiéndonos jodidos por la levedad.

Menudas risas en lo de «cómo jode esta levedad», risas y visitas al baño a mear y al goyete del litro a reponer líquidos, que no es cuestión de deshidratarse de tanto mear. Hare está de cruzada furgonetera y colchonera de semana santa, absteniéndose de la carne que se digiere en el estómago, que no de la que se percibe por la boca, y por eso no ha podido estar. Pero hemos cuidado el fuerte poniendo rieles sobre los que asentar el tren de esos grandes éxitos que se producen sin éxitos previos. Quiero decir, un resumen de nuestras mejores canciones sin que esas canciones hayan sido grabadas en un disco antes. Pero claro, a ver quién de los que nos conocen no quiere volver a escuchar un hacha de guerra voladiza o esos versos que rezan (al aire) «quédate con mis días, con mis noches también, quédate con mi vida si no te vuelvo a ver»… a tres voces, dos guitarras, y un cajón plus congas plus djembe. Y si nadie quiere (lo cual es una fuerte posibilidad), de todos modos nos estamos riendo tanto y tan fuerte que los cimientos de nuestras vidas, construidos a base de cemento, jornadas de 40 horas semanales y sobredosis de estrés, se tambalean tanto que nos acordamos de y encajamos en esos tipos que quedaban por la tarde para tocar un rato, sin más preocupación que rezar para que no llueva o que ese pedazo de tipo que acompaña a esa chica no sea su novio ni nada de nada de nada y que, por favor, le guste tanto esta canción que me permita tocarla un rato y engatusarla lo suficiente como para que en ella la noche se transforme en día y besos y risas, en esa mañana prometedora que siempre nos estaba esperando.

Y que de repente, años después, nos vuelve a esperar al doblar la esquina mientras me despido de Nano con un abrazo, un nos vemos y un rosario de buenos momentos bajo el brazo.

Y cuando Nano se va me quedo a solas con esa esperanza a la que hace años no veía. Esa misma esperanza de antaño. «Me alegro de verte», le digo.

«Y yo de que por fin puedas verme».

Y cogidos de la mano nos pusimos a redactar esta entrada, con una botella de buen vino y un saco entero de ilusiones al lado, aún intacto pese al devastador efecto del paso de los años. El vino es mediocre, en realidad. Lo demás es cierto.

Y cantamos:

y entre tanto pienso…

que no sé cómo hacer
que todo vuelva a rodar,
cómo jode esta levedad,
cómo jode dormir sin tu voz… ni puta idea de

cómo coño hacer
que todo vuelva a rodar,
cómo jode esta levedad,
cómo jode dormir sin ti… no sé dónde estás.

(Han pasado siete años, mi voz sigue siendo mi voz, la esperanza ha vuelto y el saco de ilusiones nunca se ha movido de mi lado, y eso hace que la vida sea un lugar estupendo para ser visitado).