Me salió un regüeldo de la mierda serie de ricos de la que vi ayer el primer capítulo y había escrito unos cuantos detalles idiotas sobre ella, pero me niego, lo he borrado. No merece ni que hable mal. Estoy leyendo a Pinchon, Vinyard, por regalo casual de navidad. Me está dejando loco.
Detalles, tantos detalles, historias, tantas historias. Durante diez, quince, veinte minutos estoy perdidísimo y de repente se hace la luz y alucino. Luego vuelve a perderme a posta, me da vueltas, me cuenta, hace que me encuentre en otra capa de la cebolla. Es forma de escribir es maravillosa. Y me ha hecho comprender de dónde viene Foster Wallace sin avisar, sin decir nada, sin referenciarse. Creo que de hecho Wallace negó conocerlo cada vez que le preguntaban. (Pinchon, al menos aquí, me está diciendo mucho más que Wallace en la broma y en la escoba).
No leo mucho últimamente, el libro tiene que tener mucha fuerza. El móvil, los nervios, la ansiedad de que todo esté siempre en la cuerda floja, la necesidad de aprovechar el tiempo con algo tangible compensando el que pierdo en el curro, completar la check list del tiempo libre para aprobar. Y el caso es que no pasa nada pero todo está a punto de pasar, nada va mal pero todo parece que va a empezar a estarlo. Y así pasan los meses y el cerebro se fríe. Y no puedo quejarme pero tendría que hacerlo, y estoy bien pero temo. El mundo y las cosas son un escenario tremendo.
Voy con el piloto automático porfaplis una paradita.