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caminar

Caminar es una cosa extraña. Hace dos años y medio empecé a hacerlo después de que renovando el carnet de conducir me dijeran que esa tensión no molaba nada. Caminar es lo más aburrido en lo que puedo pensar desde que recuerdo. Cuando era crío y mis padres decían que se iban a dar "un paseo" me preguntaba qué puede llevar a alguien a caminar sin tener que ir a ningún sitio. Me aburría sólo de pensarlo, pero algo tenía que hacer y no estaba precisamente abrumado por las opciones. Pesaba 20 kilos más que ahora (y sigo pesando mucho más que demasiado) y mis articulaciones pedían un armisticio solo por ir del salón a la cocina, tenía una forma física nula, asma, mi piel en las axilas y la entrepierna se irritaba en cuanto me movía un poco convirtiéndome en robocop, la bicicleta me devastaba la espalda de tal modo que después de un par de días montando una hora me pasaba una semana sin poder moverme, sin poder sentarme, sin poder tumbarme, sin poder estar de pié, y cualquier ejercicio intenso parecía un pase directo a una lesión jodida a poco que le diera un par de vueltas en la cabeza. Pensé en empezar a correr porque el viento en la cara siempre es el viento en la cara, pero siendo realista no era capaz de hacerlo. Y, por extraño que me siga pareciendo, lo fui. Fui realista. Rebaje mis expectativas, encajé lo que las cosas me estaban diciendo a gritos frente a lo que mi cabeza creía ser todavía.

Después de la primera caminata estuve a punto de llorar al ver el coche porque siguiera aún ahí y aceptara llevarme de vuelta al sofá. Ese tramo sigue formando parte de mi ruta habitual (la que sigo cuando no me apetece ver algo en concreto y no quiero pensar demasiado por dónde ir). La única diferencia es que entonces fue un logro inaudito y ahora es un 5%, siendo indulgente conmigo mismo, del camino. Siempre que paso por ahí sonrío.

Caminar fue un aburrimiento horrible durante mucho tiempo. Cuando os digan que en cuanto empiezas a hacerlo notas la recompensa no os lo creáis del todo. Seis meses, quizá casi un año después, seguía teniéndo que obligarme a ponerme unas zapatillas e ir a quemar el asfalto arrastrándome, siempre con un podcast preparado, untado en vaselina para evitar la irritación de la piel y convenciéndome de perder una hora del día para algo que no me aportaba demasiado. Mi cuerpo, además, no sabía caminar. Mis pasos eran torreones de batalla levantándose sobre sí mismos y cayendo violentamente al suelo. Durante semanas me dolieron tanto las espinillas que cada paso era dolor, dolor intenso, dolor preocupante. Después durante semanas empezaron a dolerme los muslos. Después, durante semanas, las rodillas.

Después el dolor terminó de un día para otro.

Gracias a la bicicleta conocía los caminos de la zona, así que cuando cogi confianza dejé de caminar por la ciudad y empecé con ellos. Con el tiempo y la frecuencia fui conociendo los sembrados, los caminos y los árboles y ahora tengo que volver cíclicamente a zonas concretas a ver cómo sigue todo. No es algo que planee, es algo que de algún modo me produce curiosidad y que funciona independientemente de lo que yo organice. Simplemente, de cuando en cuando mi cabeza me recompensa por volver a los lugares que conozco y de los que guardo su desarrollo. Yo, romanticamente, pienso que mi pasado recolector necesita un informe situacional frecuente. No creo que esté muy desencaminado. Me gratifica volver y tomar datos, y eso son drogas gratis y sin resacas.

Ahora sé lo que crece y de un modo superficial cómo lo hace. Dónde están las sombras cuando hace calor y dónde pega más el sol cuando hace frío. Tengo conocimientos de mi entorno que me hacen sentir bien. No sé si más seguro en un tiempo en el que mi supervivencia no necesita de ellos, pero tampoco estoy convencido de que mi instinto sea plenamente consciente de cómo han cambiado las cosas. 2000 años no es nada para ellos, siguen girando sus ciclos.

Hace un par de domingos, en pleno agosto, caminé 40 kilómetros. No arriesgué, lo hice por un circuito urbano de 10 km en el que si algo se torcía nunca tenía el coche a más de media hora caminando. Y completé cuatro vueltas. Me sentí fenomenal. Me dolían los pies, pero poco más. Y a cambio había recorrido 40 kilometrazos en siete horas.

Ahora mis pasos vuelan, tengo la sensación (que es mentira) de rozar ligeramente el suelo al caminar. Aguanto esfuerzos sostenidos que hace un par de años me hubieran parecido imposibles. Hago diez kilómetros en hora y media y cuando termino no me siento agotado. Cuanta más energía gasto en eso más energía tengo para el resto del día, aunque intuitivamente me siga pareciendo un contrasentido. Tengo una teoría según la cual si como menos y mantengo mi ritmo basal alto caminando perderé peso mejor, y de momento está funcionando bien.

Pero eso es lo de menos. ¿A quién le importa estar gordo como un gotelé de los 70 cuando tu cuerpo responde, cuando te sientes bruto, enorme, capaz de hacer lo que necesites sin que suponga una hernia, cuando tu cerebro de recolector te recompensa al recorrer 90 kilómetros a la semana mapeando la zona en la que vives? ¿Cómo funciona eso? No tengo ni idea, pero lo hace. Lo está haciendo.

Y hay algo más… cuando llevas caminando el tiempo suficiente dejas de oir el podcast que suena en los cascos. Te conviertes en pasos, en lo que estás haciendo. Desconectas el cerebro consciente. Apagas el ruido. Acabas con él. Eres tus pasos.

No sé si las consecuencias de caminar son ciertas o me las sugiero a mí mismo tanto que me las creo, pero… ¿qué importa eso? ¿Qué certeza?

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