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curso de supervivencia



En la última canción que compuse digo: «lo que me atrae de la vida es que sea tan mezquina».

A lo mejor es posible. A lo mejor es incluso cierto. A lo mejor disfruto con todo esto, viendo cómo las palabras no llegan y cómo se confunden las cosas que no deberían confundirse nunca. ¿Quién me sabe ya a estas alturas? También dije en otra canción que te pusiste las lágrimas del revés, sin tener muy claro qué coño significa eso en este pluriverso de significaciones inevitable y tristemente solipsistas. También dije que paraste el tiempo en fotografías que nunca entiendo. ¿Quién sabe? Yo no. Yo sólo compongo y compongo y hago canciones y canciones una sobre otra y las guardo en cajones y en las neuronas de mis amig@s.

Es verdad que puedo ver un millón de series en paramount comedy (verbigracia), o leer medio millón de best-seller razonablemente clónicos, pero tengo la sensación (en caso de necesidad bien argumentada) de que son formas más o menos complacientes de perder el tiempo.

Esto requiere la aquiescencia de la persona que se dice que fui y ahora estorba por sus aficiones sibaritas. Está bien conservado, en una bolsa de plástico transparente en el congelador.

Si abres y ves mis ojos pasa y pilla hielo, que la copa se enfría a marchas forzadas.

Si no queda ron coge cerveza, si no queda cerveza coge vino, si no queda vino ataca la reserva, si la reserva murió ven aquí, siéntate y cantemos un rato. Cantar calienta las cejas, le hace sentir a uno terriblemente vivo. El dolor de los dedos ancla al ritmo pedestre de los ciclos vitales.

Pese a todo hay mierda en los intestinos camino del váter. Estás haciendo esto, le estás dando brío, quieras o no.

Podemos componer una canción, no hace falta mucho. Sólo una música. Algo que decir. Atrae de la vida que sea tan mezquina, ¿verdad?, ver tanta confusión en algo tan sencillo…

Uno sólo es sufridor si se coloca dentro. Ponte fuera y verás como todo es más divertido. Qué mezquino.

Pedro Salinas. La distraída.

No estás ya aquí. Lo que veo
de ti, cuerpo, es sombra, engaño.
El alma tuya se fue
donde tú te irás mañana.
Aún esta tarde me ofrece
falsos rehenes, sonrisas
vagas, ademanes lentos,
un amor ya distraído.
Pero tu intención de ir
te llevó donde querías,
lejos de aquí, donde estás
diciéndome:
«aquí estoy contigo, mira».
Y me señalas la ausencia.

Pedro Salinas.
La Distraída.
De Seguro Azar, 1929.

José Hierro. El rescate imposible.

Invieno vestía de plata
sus lajanías. Primavera
pulsaba sus verdes. Estío
bruñía la espada sangrienta.
Otoño desencadenaba
los torrentes de su tristeza.

Y él está siempre allí. Miraba
lo imposible. (Han pasado cerca
de veinte años.) Y él está
ensimismado, ante la puerta
infranqueable.

Estío funde
su estatua de ola, viento, piedra.
Y él está allí. Desnuda otoño
su torso pálido de estrellas.
Invierno oculta con su máscara
la desolada calavera.

Ý él está allí. Sigue allí, bajo
la invención de la primavera.
Desde allí mira no sé adónde,
caída la clara cabeza.

Quiero arrancarlo de su éxtasis
para reintegrarlo a la rueda
temporal, para darle vida.
(Olvidé que han pasado cerca
de veinte años. Olvidé
que ya no es clara su cabeza,
que ya no puede ser posible
que me escuche y que me comprenda.)

José Hierro.
El rescate imposible.
De Libro de las Alucinaciones. 1964.