Ella estaba sentada, ¿me sigues?, bien. Estaba sentada en el suelo del salón, comiendo pipas de calabaza y diciendo ordinarieces sobre Bakunin que yo sopesaba con el rigor de un obseso sexual esperando arribar a puerto caliente y protegido de las corrientes de la soledad, ¿sabes? Sentada allí, como si tal cosa, como si mi mundo aislacionista y sin radiaciones evolutivas no estuviera sufriendo una convulsión cualitativa. Sentada allí como si mi puto suelo fuera el lugar más cómodo del mundo donde arrimarse a conversar. Ella hablaba y comentaba y yo predecía una hecatombe en honor a los dioses, un desbarre fenomenal a partes iguales de cerveza, pizza, tabaco y sexo. Como te lo cuento. No, no te sonrías, te juro que era así. Yo no sé qué coño había visto ella en mi maldita cara de borracho temprano o qué elucubraciones seguía estableciendo sobre mis cuatro canas y mi perilla pulcramente descuidada. Genial, ¿no? Te cuento: ella hablaba y hablaba y yo soltaba chascarrillos imaginativos que le hacían reír hasta el paroxismo, en una lidia desconocida en la que me sentía como pez en el agua. Yo asentía, escuchaba, fumaba como si no hubiera fumado nunca hasta entonces, me revolvía en el suelo, me dolía el culo horrores, pero lo callaba. Ella siempre golpeaba el cigarrillo contra la mesa antes de encenderlo, y yo te juro, créeme, que estaba preciosa golpeando cada uno y todos de aquellos cigarrillos contra la madera extraviada de la mesa, recogiendo suavemente el mechón díscolo de su cabello para someterlo al régimen inconstitucional (por lo perdido) de detrás de su oreja. Y como te lo cuento, tenía calor, no dejaba de tener calor, y el ligero jersey se fue y apareció, por arte de magia, tranquilamente reclinado en el respaldo de una silla. Y yo te aseguro que miraba el jersey cómodamente establecido en una nueva rutina existencial y sus hombros tan desnudos, tan asombrosamente desnudos que mis mejillas se enrojecieron. ¡Coño, tío, me ruboricé! Vamos a ver, tío, nunca se puede decir que en exceso pero te aseguro que estoy harto de ver hombros descubiertos, desprotegidos, cercanos, nexos o promesa. Te aseguro que no es eso, te aseguro que de repente el obseso se retiró y entró en escena el tipo que soy yo, sea este quien sea, y se encontró a la tipa, preciosa desde todo ángulo o demarcación visual, diciendo ordinarieces sobre Bakunin en sinergia vital con mis cuatro canas y mi perilla pulcramente descuidada, te juro que se lo encontró de repente y… joder, tronco, no te rías de mí… te juro que fue así, ¿sabes lo que quiero decir? Yo no estaba porque estaba el obseso sexual y de repente el obseso se fue y me dio entrada al escenario y mientras él, el muy cabrón, podía soportar las ordinarieces sin sentido porque sólo quería follar, yo de repente me encontré todo de frente y la tipa preciosa seguía hablando, sentada en el suelo y golpeando cigarrillo tras cigarrillo contra la mesa y me entró un ansia irrefrenable, no, no es broma, me entró un ansia irrefrenable de decirle que no, que no era así, que todo lo que decía eran sandeces, que la cosa va por otro lado, que tenía tiempo y si me lo permitía le iba a intentar explicar mi idea informada del asunto. Y me pregunto qué coño me importa a mí Bakunin, en qué parte de toda su maldita ideología o en qué palabra de su propia fraseología me iba a mí la vida, o por qué este repentino interés de defender su memoria cuando, no lo olvides, estaba en juego la hecatombe, la satisfacción de los dioses, la pizza, el tabaco, la cerveza y, yo no lo olvido, el sexo. Y ella hablando sin parar y golpeando la mesa como el tic-tac de un reloj de unidad temporal siete minutos, y yo con mi ansia que iba tomando puestos claves dentro de mi unidad cerebral, habiendo sometido ya la corteza con todos sus pliegues y todos los lóbulos posibles y todas las zonas excepto el hipotálamo, el más interesado en follar a discrección, sin importar a qué o hacia qué o el qué, simplemente. Y cómo te cuento que en la democracia de mi sistema nervioso central, con el único voto en contra del hipotálamo, mi boca empezó a hablar como siempre, tú sabes mejor que nadie, a bocajarro y sin lindezas. Y cómo te cuento que su gesto empezó a deformarse, su boca a retorcerse, su nariz a fruncirse, su frente construyó mohínos constantes, su mechón díscolo entró en barrena haciendo la revolución hasta que el conjunto la hizo parecer una curiosa caricatura de sí misma que escuchaba, que dejó de fumar, de golpear la mesa. Oye, tío, deja de escojonarte, te estoy contando, todo esto me jode, joder, me jode, ostias. Y su cara cada vez más deformada dio paso a un nuevo estado funcional de cosas y el jersey volvió a tapar sus hombros. Joder, tío, de repente tenía frío, yo con la calefacción al máximo para rentabilizar la situación y ella tenía frío, qué ostias, la temperatura debía ser de noventa y ocho grados centígrados, más o menos y según el termómetro utilizado. Y cinco minutos después, con Bakunin salvado de la ignominia y sin haber acabado aún mi perorata o intervención expositiva, la estaba despidiendo en la puerta con un par de besos mejillosos y un nos vemos. Y cuando al obseso sexual le dio por volver a su sitio, al sitio que había desatendido sólo un mísero cuarto de hora, lo único que pudo hacer fue masturbarse pensando que quizá el hijoputa de Bakunin tenía una novia rubia y de largas piernas que hasta haciendo calceta podía parecer el culmen humano de la atracción sexual, y pensando en ella mientras trajinaba en sus-mis gónadas le dibujó al muy cabrón de Bakunin unos cuernos desaforados en los que rumiar una venganza torpe, débil y mal dirigida. Como te lo cuento. O paras de reírte o te echo de aquí a la puta calle.
Categoría: hago
teatro de marionetas de sí mismas
ESCENA PRIMERA.
(En mi casa. La luz es tenue, las sombras de las luces tapadas dibujan sombras chinescas en las paredes. Alguien a quien no esperaba vino acompañado y otro alguien se fue al poco rato.)
1.
No dije nada,
no podía decir nada. No
tenía conversación posible,
así que propuse con la mirada:
no hay prisa.
Evidentemente, era mentira.
Me metí en la ducha
y mis besos empezaron a ser como el agua,
a fluir como ella,
a perderse cadera, pierna, pie
abajo para
desaparecer por el desagüe
como si nunca
todo aquello
hubiera sido
alguna vez.
Y yo besar, recuerdo,
besaba. Intentaba infundir
confianza con la mirada.
Intentaba no perder lo ganado,
por poco que me pareciera.
Intentaba llegar a algo
ex nihilo, con mucha fuerza
y sin certeza ninguna,
con la increíble sensación
de estar viviendo mintiendo
o de vivir una gran mentira
que se construía a sí misma
tan sólo por la necesidad
prístina
que alentaba el deseo
de que todo fuera,
de una vez,
verdad.
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2.
De pronto todo estuvo en movimiento.
No me di cuenta,
porque yo también me movía
en la misma cadencia de
(no conozco no sé dónde prefiere
las manos así que las pongo
aquí mismo y pulso, toco,
llamo,
si noto incomodidad gesto
torcido en su rostro
cambio, abro otro camino,
miro a ver si por aquí mejor
o si es mejor no retorcer un
segundo ya de por sí retorcido)
las manos revolviendo las manos
entrelazando los dedos,
rumiando el silencio que no
sabemos todavía si vendrá
o si no se ha ido nunca
porque ahora hay fuego y
veo fuego en sus ojos y
probablemente
tengo fuego en los míos
y así es muy difícil,
juro que es terriblemente
complicado saber
si después o antes o ahora
está quedando algo
para la memoria, para el
rutilante invento del recuerdo.
Y me muevo de acuerdo a un ritmo
fuera-dentro
en el que soy recibido
y me pierdo y ya no sé
y no estoy
porque de repente me he perdido
y vuelvo y miro
y en su frente, fijado en el sudor,
un mechón de su pelo tiene forma
de «o» mayúscula
mientras
me tiendo
a su lado.
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3.
Nos levantamos cuando todavía es temprano
y abrimos unas cervezas
que chascan y saben bien
por el esfuerzo y ella sonríe
hacía mí y yo sonrío hacia ella
y me parece preciosa o
presumiblemente perfecta
y me parece que hoy
la tierra
ha hablado
y ha dicho cientos de cosas que yo pensé
ya no estaba dispuesto a escuchar.
Es fácil cuando uno se pierde.
Cientos de gestos inopinados
dibujan una escena roja luz
de velas
confianza y secretos que desvelamos
con o sin luz o
con o sin sentido o
con o sin razón alguna
y en el sofá su cuerpo se pliega
y se adapta a mi pecho y mis
caderas
y ya no veo sus ojos y le hablo a su nuca
y ella ya no ve mis ojos y le habla a la mesa
y me parece una metáfora perfecta
de lo que tarde o temprano sucedería.
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4.
La nuca que estoy mirando
tiene una arruga, un dibujo lineal
con forma de espera,
y en ello estoy concentrado cuando
se da la vuelta y me ofrece de
nuevo sus ojos y en ellos veo
en ellos veo
en ellos entiendo lo que
no me va a decir nunca
con palabras,
lo que jamás verbalizará por miedo
a las mías
por incomprensión absoluta
preñada de necesidad
y veo que sus ojos han abandonado
el salón,
se han ido y han vuelto su foco
hacia un mañana que no ha llegado
y al que no hacía falta llamar aún,
y han estado allí y han comprendido
algo y
han estado allí y han deseado algo
y me han vencido en un sólo fracaso
en ellos veo
«dependeré de ti mañana»
y en ese sentido y en ese momento y
en ese segundo en el que yo también comprendo
me doy cuenta de que de nuevo ha sucedido
el estúpido prodigio y de qué
aunque aún la esté abrazando con fuerza indiscutible
y acariciando los mechones de cabello instalados
en su cuello y de que aunque aún abriré algunas
latas de cerveza y las reiré con ella
en realidad yo también me he ido ya
he salido corriendo
me he largado
y la he dejado sola en este salón en el que
me mira dependiendo de mí mañana
y estoy en el bar saludando a alguien
o en cualquier otra parte más mundana
y menos severa, menos llena de ella
y la tengo confundida,
porque aunque mis brazos la rodean
es incapaz de encontrar mis ojos
en sus cuencas.
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5.
Ventana de luna de fresa
pierdo el sentido de nuevo en la misma escena
después de oír
«hazme el amor»
porque está triste y quiere abandonarse
y después de decir
«para ser una razón suficiente, es bastante fea»
y después de acatar su deseo pese a saber
estar equivocado me mezo de nuevo en sus
labios ventana de luna de fresa
con sabor a cerveza, tabaco y desilusión
a partes iguales
y busco otras bocas con otros sabores
en geografías diferentes de su anatomía
y descubro que sienten más, pero hablan menos
y por eso mi solaz en otras bocas de
geometrías diferentes de su anatomía,
me demoro en otros labios con un cariño
y una ternura reales,
pero efímeras,
con el tiempo contado,
y de su otra boca nacen sonidos guturales
que a veces conforman palabras
como «mi vida» o «sigue» o «no me dejes nunca»
y es está última combinación la que me excentra
y me obliga a concentrarme en mi tarea,
que es lo que hay y lo que queda
y
que será todo lo que quede en ese saturnino
momento en el que ya no quede nada.
Cuando busco de nuevo su boca
está extenuada y las velas se han apagado,
en sinergia pavorosa,
y, como ya dije, todo sigue allí
aunque de forma cruel e ignominiosa
nada queda nada queda nada queda
y es ver una realidad fantasmal
realidad de ilusionista un teatro de marionetas
de sí mismas
en el que yo, y ella y ambos
movemos los hilos cada uno a cada cual
esforzándonos por compartir un espacio
coincidente
situados uno del otro a cien mil kilómetros de distancia
comprendo que es triste no haber vivido,
comprendo la pena y el pesar de quien no ha vivido
pero a veces,
sólo a veces,
uno se pregunta si mereció la pena tanta divergencia,
tanta incomprensión.
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6.
La mañana me sobrecogió de tanto y tanto
frío
y pensé que mejor una ducha solo,
conmigo mismo,
pero las cosas estaban como estaban
y ambos cabíamos
y nos pasábamos los botes de gel y champú
como si nos conociéramos de toda la vida
como si siempre hubiéramos estado amándonos
en este mismo sitio
como si fuéramos algo más que nadas
jugando a serlo todo en este punto concreto
del espacio-tiempo.
Y después de todo
enfilamos hacia la parada de taxis
esperando quizá un gran recibimiento
para la ocasión
y nos encontramos a un tipo
dormido sobre el volante
encogido en su asiento
que al despertar preguntó
¿a dónde?
y fue el momento en el que ella preguntó
¿cuándo?
y yo no supe que responder, así que me arrebujé
en el abrigo, miré a otro lugar
y caminé
lejos.
2005. De Cuatro litros de cerveza y un paquete de tabaco
(teatro de marionetas de sí mismas).
Acto primero. Escena primera.
